jueves, 14 de noviembre de 2013

La gran falacia de la educación

Quienes defienden al modelo neoliberal vigente, tanto en la Derecha como en la Nueva Mayoría (aunque usted no lo crea, hay bastantes allí), sostienen que la educación es el único vehículo viable para superar la enorme desigualdad que existe en nuestra sociedad. Argumentan que sólo por su intermedio, en el largo plazo ―no establecen, eso sí, cuál es la real dimensión de éste―, las diferencias individuales tienden a reducirse y las brechas económicas que éstas provocan, por lógica consecuencia, a estrecharse.

¿Están en lo correcto?

Lamentablemente (para nosotros, que sufrimos las consecuencias de sus decisiones), no. Están equivocados.

En el mundo, las estructuras ocupacionales de los países tienden a ser similares. Todos cuentan con profesionales (médicos, ingenieros, abogados, periodistas, arquitectos, etc.), pero también con técnicos, estafetas y operarios. Hay grandes, medianos y pequeños empresarios, pero también albañiles, gasfíteres y electricistas. Existen profesores, artistas, deportistas, diseñadores, secretarias, pero también operarios de call center, cajeros, dependientes y recogedores de basura. Tal vez varíe la importancia relativa de cada profesión u oficio (dependiendo de las especializaciones de las economías), pero necesariamente todos deben estar presentes.

Si la educación fuese al responsable más relevante de la desigualdad, todos los países del mundo deberían tener distribuciones del ingreso similares. Si sus estructuras laborales son parecidas, también deberían serlo las de remuneraciones. ¿No le parece? Mal que mal, un albañil sigue siendo un albañil, sea en Chile o en Alemania; un estafeta sigue siendo un estafeta, esté en Bolivia o en Suiza; y un recogedor de basura sigue siendo un recogedor de basura, tanto en Namibia como en Noruega.

Pese a ello, sin embargo, las distribuciones de ingresos de dichos países son muy distintas entre sí. Mientras en Chile el 10% más rico gana 30 veces más que el más pobre, en Alemania gana sólo 7; mientras en Bolivia gana 96 veces, en Suiza sólo 9; mientras en Namibia gana 40 veces, en Noruega, sólo 6.

De manera que no es la educación la responsable de los enormes desniveles de ingreso que existen hoy en nuestro país. Y no tenemos que esperar que transcurra el largo plazo (me sigo preguntando cuánto dura realmente ese período) para comenzar a corregirlos.

La educación ―la buena educación― es indispensable en un país, por cierto. Una sociedad sana no puede prescindir de ella. Su importancia fundamental no radica, no obstante, en ser la única herramienta apropiada para combatir la desigualdad (no lo es, de hecho), sino en el papel que juega en igualar las oportunidades. Ahí sí que tiene una importancia crucial. Y para comprenderla en toda su dimensión, es preciso identificar la causa primordial de la desigualdad.

Es la concentración del poder el factor que explica la mayor parte de la brecha de ingresos en los países. Para comprobarlo, basta con observar la situación particular que, al respecto, presenta cada uno de ellos.

En las naciones con buenas distribuciones, usted encontrará sindicatos fuertes, poderosas organizaciones de defensa del consumidor, drásticas leyes que regulan y penalizan los abusos, y Estados paternalistas, que garantizan a todos los ciudadanos un elevado nivel mínimo de servicios en forma gratuita. En los países más inequitativos, de seguro hallará sindicalización débil, organismos de defensa del consumidor sin poder alguno, legislación blanda y permisiva, y Estados ausentes (subsidiarios, como se los denomina).

Sin embargo, es en la educación donde hallará la principal diferencia. Porque ésta, aunque no garantiza por sí sola una mayor equidad, sí entrega poder. Y lo entrega en el corto plazo. Una sociedad con un nivel educacional alto, es una sociedad que no es pasada a llevar tan fácilmente. Es una sociedad que conoce sus derechos, que está dispuesta a defenderlos, y que dispone para ello de argumentos sólidos y contundentes. Una sociedad con elevado nivel educacional, es una sociedad que exigirá equidad, y hará lo necesario para lograrla. Por eso es indispensable que Chile tenga, a la mayor brevedad, un sistema educacional gratuito de excelencia, ya que por medio de él  quienes tienen menores ingresos podrán nivelarse, y hablar de tú a tú con quienes hoy abusan de ellos.

Para muestra, un botón: en Suiza se discute actualmente limitar las diferencias de sueldos en las empresas y organizaciones. El criterio sería que ningún empleado, ocupe el cargo que sea, gane más en un mes que lo que gana otro en un año. En otras palabras, la relación entre los sueldos más altos y los más exiguos no debería exceder a doce. Y esta disposición se someterá próximamente a referendo.

¿Se imagina algo así en Chile? Para acercarse a ello, es indispensable subir por parejo el nivel educacional de los ciudadanos. Sólo quienes disponen de educación, de conocimientos, de información, son capaces de golpear la mesa y plantear con fuerza sus exigencias. Los que no, agachan el moño.

Sea cual sea, en todo caso, nuestra situación actual, la idea de los suizos es demasiado buena como para dejarla pasar así sin más. ¿Qué le parecería limitar en Chile los sueldos y honorarios del sector público, incluyendo a diputados, senadores, ministros, subsecretarios, jefes de servicio, intendentes, alcaldes  y asesores, a un máximo de doce veces el sueldo mínimo? Para partir reduciendo la desigualdad de una vez por todas, digo.


Dejo planteada la moción y espero su apoyo para hacer la crecer y, en una de ésas, lograr implementarla. Sería de toda justicia, ¿no cree?