lunes, 4 de noviembre de 2013

La caridad y el abandono

Si usted, estimado lector, desea saber en qué clase de sociedad vive ―si en una inclusiva, justa, equitativa y solidaria, o en una egoísta, injusta, inequitativa y abusadora―, tiene una forma muy simple de averiguarlo: fíjese en cómo ella trata a sus viejos, en especial cuando están pobres y solos.

No hay nada más inerme que un anciano desamparado. Al igual que los bebés, necesita compañía; al revés de ellos, sin embargo, casi nadie está dispuesto a dársela. Tal como los infantes, depende de terceros para poder alimentarse, vestirse, asearse, desplazarse, medicinarse, incluso para satisfacer sus necesidades fisiológicas; al contrario de ellos, no obstante, casi nadie está dispuesto a atenderlo. Un anciano menesteroso y solitario es el más desvalido de los desvalidos.

Una sociedad inclusiva y equitativa se preocupa por sus viejos. Les garantiza la salud, el alojamiento, el diario sustento y, sobretodo, la necesaria atención que requieren cuando ya no pueden valerse por sí mismos. Una sociedad egoísta y abusadora, en cambio, los desecha. Como dejaron de ser útiles, los abandona. Para subsistir dignamente, en una sociedad inclusiva a los ancianos les basta con ejercer sus derechos; en una sociedad egoísta, como no los tienen, deben recurrir a la caridad.

¿Qué derechos tiene en Chile un anciano desamparado?

Casi ninguno, en verdad. Si en nuestro país una persona, después de toda una vida de trabajo y sacrificio, llega a la vejez sin dinero y compañía, pasa directamente a la categoría de estorbo. No tendrá un ingreso que le permita satisfacer sus necesidades mínimas y subsistir con dignidad y decoro (los connotados profesionales del duopolio, y también nuestros congresistas, harían bien en probar en carne propia, aunque sea por un mes, lo que es vivir con una pensión de $ 80.000 mensuales); tampoco atención médica especializada (¿cuántos gerontólogos habrá, en total, entre todos los consultorios del país? Y, lo más importante, no tendrá quién lo atienda cuando ya sus limitadas capacidades le impidan valerse por sí mismo (¿habrá algún organismo gubernamental más inútil que el Senama?).

El asunto en nuestro querido Chile es claro: si usted, adulto mayor, puede pagar, bienvenido a una casa de reposo privada (no hay ninguna por $ 80.000 mensuales, en todo caso). Si no, púdrase.

Salvo, como ya dijimos, que usted recurra a la caridad.

Para fortuna de quienes pueden acceder a ella (su capacidad es limitada y la lista de espera, muy larga), hay en Chile una institución de caridad orientada a los adultos mayores en situación de pobreza. Es una organización de primera, que entrega atención de excelencia, y está dotada de una nutrida planta de profesionales a tiempo completo, cuyo objetivo fundamental es mantenerlos saludables y agradados. Me refiero, desde luego, a la Fundación Las Rosas.

La Fundación Las Rosas es una organización de profunda raigambre cristiana. Está aquí para cumplir el mandato de Cristo: ama a tu prójimo como a ti mismo, en especial, al más necesitado. Por dicha razón, transita por la misma vereda que San Alberto Hurtado, que Baldo Santi, que Renato Poblete, que Pierre Dubois, y tantos otros cristianos que dedicaron su existencia a trabajar por los más desvalidos. Forma parte del lado luminoso de la Iglesia Católica. Es, qué duda cabe, una gran institución.

Su existencia, sin embargo, es evidencia irrefutable de una dramática falencia social: sólo es necesaria la caridad cuando existe el abandono.

Necesitamos una Fundación Las Rosas porque nuestra sociedad, representada por el Estado, abandonó a su suerte, sin asco, a nuestros adultos mayores.

¿Y por qué ocurrió eso? ¿Cómo fuimos capaces de hacer algo semejante? ¿Tan desnaturalizados somos?

Ocurre, estimado lector, que el abandono de nuestros ancianos es una más de las tantas consecuencias de la aplicación de un modelo de desarrollo que fomenta el egoísmo y el abuso: el neoliberalismo. Ya que éste predica que cada quien debe ser remunerado según su productividad, quienes dejaron de ser productivos están liquidados. Como carecen de poder negociador (no hay ninguna entidad gremial que los agrupe) son dejados de lado. Se transforman en marginales.

Así las cosas, mientras el duopolio siga manteniéndonos bajo el yugo de tan inmoral sistema, nuestros mayores seguirán en situación de abandono y deberán seguir recurriendo a la Fundación Las Rosas. Hasta el día del Juicio, probablemente.

No puedo dejar de mencionar lo paradojal que resulta que en la Iglesia conviva una institución tan admirable como la Fundación, con aquélla donde se gestaron las bases del neoliberalismo, y donde hasta el día de hoy, pese a ser tan contrarias a la doctrina de Cristo, éstas se siguen predicando: la Universidad Católica.

Aunque en realidad no debería llamarme tanto la atención. Mal que mal, por allí transitan también (aunque por distinta vereda que los mencionados más arriba) apóstoles como Karadima, Errázuriz, Cox, los Legionarios de Cristo y el Opus Dei.


Será porque, en una de ésas, la Iglesia es nada más que una obra humana y, como nosotros, es capaz de los mayores actos de bondad, pero también de las peores canalladas.