lunes, 30 de septiembre de 2013

¿Cuál es la reforma tributaria que necesitamos?

La campaña presidencial está lanzada y las propuestas de los nueve candidatos ya circulan por internet, algunas más elaboradas que otras. Todos hablan de cambios, con mucha razón. Son demasiados los que se requieren para convertir el Chile de hoy, uno de los países más desiguales, inequitativos y segregados del mundo, en un país más equitativo, amable e inclusivo.

Sin embargo, el abanico de propuestas acerca de cómo financiar esos cambios es, hasta hoy al menos, deplorable. Casi todos hablan de reforma tributaria (Evelyn es la única que no la considera entre sus prioridades), pero Roxana, Ricardo, Marcelo, Tomás y Marcel se limitan a esbozar el tema, mientras Marco y Franco plantean un par de ideas algo más elaboradas y sería todo (dejo constancia que revisé sus webs ayer domingo por la tarde, mientras escribía este artículo). Sólo Michelle tiene una propuesta concreta al respecto; con claras falencias, pero propuesta al fin y al cabo.

El punto es que la reforma tributaria, aunque Evelyn diga lo contrario, es indispensable. Llevar la educación, la salud, la vivienda, la justicia, la previsión, la seguridad y la defensa del consumidor al nivel que nos merecemos como ciudadanos, y el que tenemos (aunque los neoliberales digan lo contrario) derecho a exigir, cuesta dinero, mucho dinero, y hay que obtenerlo de alguna parte. Además, nuestro actual sistema tributario no escapa a la bárbara inequidad que permea todas nuestras instituciones ―de hecho, parece que lo hubieran diseñado a propósito para generar concentración de la riqueza―, por lo que debe ser modificado también en ese sentido: buscando incorporarle una mayor equidad.

La pregunta pertinente entonces no es si necesitamos o no reforma tributaria, sino ¿cuál es la reforma tributaria que requerimos? A continuación, me permito exponer algunas ideas al respecto.

Partiré señalando que, aunque la mayor recaudación fiscal proviene de allí, el IVA hay que dejarlo para segunda discusión. Coincido con Marco que es un tema a analizar, pero intervenirlo no es tan sencillo como él lo plantea (IVAS diferenciados para distintos productos). Para ejemplificar, supongamos que hoy un kilo de pan cuesta $ 1.000. Si su tasa de IVA, como propone Marco, baja a 5%, según su idea el kilo debería bajar a $ 882. Sin embargo, ¿qué garantiza que esa rebaja se produzca? Puede que algunos, muy pocos, decidan efectuarla, pero, habiendo ya un hábito, lo más probable es que el precio siga siendo el mismo o varíe muy ligeramente. El comerciante (especialmente el pequeño, que se caracteriza por vivir ahogado financieramente) agradecerá de corazón ese mayor margen que le da la modificación legal, pero seguramente lo destinará, al menos en gran parte, a su bolsillo.

Las modificaciones que se caen de maduras están en la otra gran fuente de ingresos fiscales, el impuesto a la renta.

Hagamos un poco de teoría. Dos son las principales razones que justifican el cobro de impuestos: financiar el aparato estatal, y con él de todos los servicios que éste otorga, y redistribuir ingresos.

La primera se fundamenta en que todos, cuál más cuál menos, recibimos servicios del Estado, por lo que debemos contribuir a su financiamiento. Más claro, ponerle un foco delante.

Un caso particular a este respecto son las empresas y organizaciones sin fines de lucro. Ellas son consumidoras intensivas de servicios estatales. Sólo a manera de ejemplo, pueden mencionarse: iluminación, vialidad, urbanismo y seguridad públicas; un marco normativo que les permite operar (comprar, vender, financiar, cobrar), competir y resolver sus conflictos; acceso irrestricto a un mercado de bienes y servicios donde colocar sus productos y adquirir sus insumos, y a un mercado laboral donde contratar a sus trabajadores; un sistema económico que les permite crecer y desarrollarse; una infraestructura comunicacional; un sistema monetario para efectuar sus transacciones; un sistema judicial para resolver sus contrariedades; acceso a enormes volúmenes de información; convenios bilaterales de comercio, oportunidades comerciales tanto en Chile como en el extranjero, etc.

El asunto es que estos servicios son indispensables para generar la renta (empresas), y para alcanzar los objetivos planteados (organizaciones sin fines de lucro). Sin ellos, las utilidades no podrían generarse ni los objetivos alcanzarse. Imagine usted un banco sin normativa civil: no podría hacer contratos, por lo que estaría impedido de captar y colocar recursos (salvo que volviéramos a los tiempos de la mafia, que puede darse el lujo hacer ambas operaciones sin contar con legislación ad-hoc).

Una consecuencia evidente de este hecho es que NO TODAS las utilidades antes de impuestos son rentas del capital, vale decir, no todas pertenecen a los propietarios de las empresas. Antes de que ello ocurra, deben rebajárseles los costos asociados a los servicios que reciben del Estado. De no hacerse así, se estaría en presencia de un subsidio (que se produce, no olvidemos, cuando el Estado entrega bienes o servicios a las personas, naturales o jurídicas, y éstas no los retribuyen)

El problema de cómo cobrar estos servicios, lo han resuelto la mayoría de las naciones del mundo (entre ellas, todas las desarrolladas) mediante un expediente muy simple: el impuesto a las utilidades de las empresas. En este enfoque, dicho impuesto corresponde al pago que efectúan las empresas por los servicios recibidos de parte del Estado, y en ningún caso es un gravamen a las ganancias de capital.

Como nada en la vida es perfecto, con este mecanismo quedan preguntas sin respuesta: ¿qué ocurre con las organizaciones sin fines de lucro? ¿Deben ser subsidiadas? ¿Y qué pasa con las empresas con pérdida acumulada? ¿Y con las que, como consecuencia de la depreciación instantánea que pretende introducir Michelle, presentan pérdidas en el ejercicio? Siguen consumiendo servicios del Estado. ¿Cómo deberían pagarlos? ¿Y qué ocurre si estas empresas cambian de dueño? ¿Es razonable que éste utilice la pérdida acumulada para rebajar sus propios impuestos, a pesar de que sigue consumiendo servicios estatales? Un estudio intensivo al caso Johnson´s y su relación con el holding Cencosud podría dar más luces acerca de este espinoso tema.

Nuestra reforma tributaria en ciernes debería considerar, entonces, que tanto personas naturales como empresas tributen por separado, como retribución de los servicios que reciben del Estado. En ningún caso se debería pretender que todas las utilidades antes de impuesto son ganancias de capital. Sólo las utilidades después de impuesto poseen tal condición.

La segunda razón relevante por la que se cobra impuestos es para redistribuir ingresos. Aquí los argumentos que la respaldan nacen de la misma concepción de sociedad. La RAE, en su segunda acepción, la define como una “agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida”.

Como en todas las definiciones potentes, se desprenden de ésta muchos corolarios. Destaquemos dos:

Las sociedades son de mutuo beneficio, esto es, nadie entra a una sociedad para ser perjudicado, o para ser sometido, o para ser explotado; por el contrario, todos buscan alcanzar, con el apoyo de los demás, sus propios objetivos.

Las sociedades son interdependientes: todos necesitamos de todos. Los grandes empresarios, los profesionales, los funcionarios públicos son tan necesarios como los albañiles, los recogedores de basura y los dependientes de los supermercados; como los policías, los soldados y los gendarmes; como los operarios de call center, los obreros de la construcción y los pescadores artesanales. Imagine usted cómo sería vivir en un lugar donde nadie recogiera la basura o donde nadie vigilara las calles.

Como consecuencia de lo anterior, nace el problema de la redistribución de los ingresos.

Es la concentración de poder, tanto político como económico, la que provoca la mala distribución del ingreso. Para comprobarlo, es cosa de revisar la historia. Ya sea por una condición humana instintiva, o por otro origen difícil de precisar, lo concreto es que cuando alguien dispone de poder, tiende a usarlo en beneficio propio. Haga usted el ejercicio: analice los países con mala distribución del ingreso, como el nuestro, y le aseguro que encontrará varias características comunes: una brutal concentración de poder político y económico; una institucionalidad construida a propósito para mantener el statu-quo; el papel del Estado disminuido a su mínima expresión; ausencia de organizaciones poderosas de defensa del ciudadano común; sindicalismo precario; ausencia de educación cívica, sistemas tributarios que favorecen a los más acomodados; autorización implícita para explotar al más débil (intereses usurarios, sueldos mínimos exiguos), etc.

En los países desarrollados, aparte de todas las medidas orientadas a desconcentrar el poder, esta situación de inequidad se corrige mediante los impuestos. El argumento que sustenta tal posición es que un excesivo desnivel de ingresos (en Chile el decil más acomodado gana más de 30 veces lo que percibe el más necesitado) revela un mal funcionamiento de la sociedad. Una sociedad con esos niveles de desigualdad es una sociedad enferma. Nadie, salvo los que sacan provecho de esa situación, querría pertenecer a una sociedad así. ¿Cómo aquellos menos favorecidos pueden, en semejante escenario, siquiera pensar en conseguir sus objetivos de vida?

De ahí la necesidad de que quienes más reciben, más aporten, devolviendo así, al menos en parte,  el sobreprecio que han cobrado a la sociedad por sus actuaciones en ella. Tal es el sustento de las tasas crecientes de impuesto a la renta para quienes superan ciertos tramos de ingreso. Y por ello es que éstas deberían estar muy presentes en un sistema de impuesto a la renta equitativo (ojo, Michelle, no es llegar y bajar las tasas topes del global complementario y del impuesto único).

Éstos serían los lineamientos generales que deberían enmarcar una futura reforma tributaria. Permítanme ahora proponer algunas medidas que los cumplen, y que, a mi juicio, deberían estar presentes en cualquier propuesta de reforma tributaria que pretenda ser más justa y equitativa:

Establecer que el impuesto de Primera Categoría que pagan las empresas, pase a ser de beneficio fiscal, eliminando la posibilidad (establecida en el artículo 21 de la Ley de la Renta) de imputar contra él los impuestos personales (global complementario y adicional) de sus propietarios. Este cambio permitiría que las empresas volvieran a pagar por los servicios que reciben de parte del Estado y de la sociedad toda, y que les fueron regalados durante los últimos 30 años. Con él, los empresarios deberían comenzar a pagar de su bolsillo sus impuestos personales, lo que los dejaría en condiciones similares a quienes realizan trabajos remunerados. Para dimensionar la mayor recaudación tributaria que este cambio traería consigo, cabe mencionar que en la declaración de renta 2012, entre global complementario y adicional, se usaron como crédito aproximadamente US$ 2.740 millones de dólares.

Seguir gravando, como hasta ahora, a los empresarios por sus retiros y dividendos recibidos.

Incrementar el tributo de primera categoría a un 25%.

Eliminar sin más trámite el FUT, ya que los valores allí registrados debieron pagarse en su momento al Estado como tributos de beneficio fiscal, no como meros anticipos de los impuestos personales de sus propietarios. Ello significaría que, a partir de la modificación legal correspondiente, quienes no hicieron uso de esa franquicia pierden definitivamente la posibilidad de hacerlo.

Prohibir que quienes prestan servicios en forma personal (profesionales, artistas, deportistas, etc.), lo hagan mediante sociedades creadas con el exclusivo propósito de minimizar la carga tributaria.

Eliminar la posibilidad de que las pérdidas de una empresa puedan ser utilizadas por otra distinta a ella (vale decir, la posibilidad de comprar pérdidas tributarias).

Eliminar una serie de franquicias que no son razonables en los tiempos actuales (algunas nunca lo han sido, de hecho), tales como, entre otras: el crédito especial de IVA para empresas constructoras, las rebajas por concepto de intereses de créditos hipotecarios, gastos educacionales y adquisición de cuotas de Fondos de Inversión, y las exenciones de tributación por sobreprecios en ventas de inversiones financieras y ganancias en la venta de bienes inmuebles.

Incrementar las tasas marginales para las rentas más altas (exclusivamente para las más altas), de manera de que se produzca efectivamente, una redistribución del ingreso. En ningún caso, como propone Michelle, rebajarlas (¿de qué redistribución hablamos si se parte rebajando las tasas marginales que gravan, justamente, a quienes mayores beneficios obtienen de este inmoral sistema?).

Y como no se trata sólo de pedir, concordando con Franco, me parece indispensable corregir en esta pasada la discriminación tributaria que se comete contra las familias que optan por que uno de los dos cónyuges permanezca en el hogar al cuidado de los hijos.

Una reforma tributaria como la descrita, aparte de hacer más equitativo nuestro sistema tributario, podría generar, unida a una mejor fiscalización, ingresos fiscales adicionales del orden de US$ 10.000 millones anuales, los que permitirían abordar como corresponde los urgentes cambios que deben efectuarse en casi todas las áreas de acción del Estado.


Dejo planteada esta propuesta como base de discusión. Al menos para confrontarla con la única otra que hasta el momento existe, la neoliberal de Michelle. Tal vez sirva para crear conciencia de cuán inequitativo seguirá siendo nuestro sistema tributario si ésta llega a implementarse. 

Los pilares del modelo

El gobierno militar, dicen sus partidarios, fue un gobierno ambivalente. Algo así como el doctor Jekill y Mr. Hyde; o como Dos caras, el atormentado enemigo de Batman. Tuvo un rostro horrendo, cierto: fue una dictadura sanguinaria, abusadora, implacable y cínica; pero también tuvo uno amable, destacable incluso: creó un sistema económico ejemplar, moderno, un verdadero paradigma, que nos tiene, así como vamos y si el proceso no se interrumpe (ojo, Michelle), muy cerca del desarrollo.

¿Es tan así?

Si se examinan fríamente sus resultados, las cifras duras como los llaman ahora, tendríamos que convenir que no. Ellas muestran que durante los 40 años de vigencia del modelo, nos hemos mantenido entre los 15 países con peor distribución del ingreso del mundo; que mientras en las naciones desarrolladas el decil más acomodado gana menos de 10 veces lo que gana el menos favorecido, en Chile gana 30 veces; que en todo ámbito de la sociedad ―educación, salud, vivienda, urbanismo, etc., (el que usted elija, no se salva ninguno),― se ha generado un verdadero abismo entre el decil más acomodado y el resto de la población.
En lo que respecta a igualdad, entonces, tendríamos que reconocer que el modelo fracasó. Rotundamente. De la manera más categórica.

Siempre y cuando “disminuir la desigualdad” fuese uno de sus objetivos, desde luego.

Pero, ¿qué pasa si no lo es? ¿Si nunca lo ha sido? ¿Si ocurre que el modelo neoliberal imperante no contempla, entre los beneficios de su implementación, el que todos los habitantes de un país reciban los frutos del crecimiento? En tal caso estaríamos siendo injustos. No puede usted culpar a alguien por no cumplir compromisos que nunca adquirió. Es como pedirle peras al olmo; o sandías a una zarzamora. Usted puede estar siglos en eso, sin obtener resultados.

Hagamos la pregunta pertinente, entonces: ¿es “disminuir la desigualdad” uno de los objetivos de un modelo neoliberal?

Difícil interrogante, ¿no es verdad? Para contestarla con propiedad tenemos sólo un camino: examinar los pilares, los fundamentos, del sistema neoliberal.

El neoliberalismo descansa en la idea de que los individuos son anteriores a la sociedad y, por ende, que sus derechos individuales también son anteriores a los que emanan de su condición de miembro de ella. La actividad privada ―el motor básico del desarrollo― debe ser, en consecuencia, lo más irrestricta posible, y las obligaciones sociales, en lo posible inexistentes. El Estado es, según esta visión, un mal necesario, y los impuestos, una expropiación que, como tal, debe ser reducida a su mínima expresión.

Los conceptos de igualdad o equidad no son aplicables aquí. Los individuos compiten entre sí y el resultado de esa competencia es el que determina su éxito o fracaso en la vida. Por eso, se reconoce, hay que igualar la cancha. Debe existir igualdad de oportunidades, esto es, todos deben llegar en similares condiciones al punto de partida. Desde allí, lo que logren dependerá de su esfuerzo y de sus capacidades. Cada uno debe ser remunerado según su productividad. Si la suya es baja, su ingreso debe ser bajo. Es la ley de la vida. Los subsidios deben evitarse, porque incentivan la flojera y el aprovechamiento del esfuerzo de los demás. La educación es el único vehículo que puede permitir a las personas (en el largo plazo, eso sí), elevar sus capacidades y mejorar su posición relativa. Pero ricos y pobres habrá siempre, aunque es aceptable que, como excepción, el Estado intervenga para disminuir, y ojalá eliminar, la extrema pobreza.

Mirado así, no cabe duda, el neoliberalismo no ha fracasado en conseguir mayor igualdad. Nunca la ha perseguido, de hecho. Es inocente de semejante acusación. El problema para quienes lo defienden, no obstante, es que no ha logrado siquiera conseguir igualdad de oportunidades. Como lo comprueban todos los análisis del sistema educacional que conocemos, está lejísimos de eso. Ha fracasado, aunque no por las razones que normalmente esgrimimos en su contra.

Si usted, entonces, busca mayor equidad, menor desigualdad, no puede contar con el neoliberalismo. Nunca la obtendrá. Tiene que buscarse otro modelo de desarrollo como, por ejemplo, el social demócrata.
Es ese tipo de modelos, la concepción básica, el fundamento, es distinto. No es relevante si el individuo es o no anterior a la sociedad, sino el hecho de que todos pertenecemos a una, lo que genera consecuencias importantes. Destaquemos dos:

Las sociedades son de mutuo beneficio, esto es, nadie entra a una sociedad para ser perjudicado, sometido, abusado o explotado; por el contrario, todos lo hacen (consciente o inconscientemente) para alcanzar, con el apoyo de los demás, sus propios objetivos.

Las sociedades son interdependientes, por lo que no podemos lograr nuestros propósitos sin ayuda. Dependemos de los demás para hacerlo. Todos  dependemos de todos. Los empresarios necesitan clientes, proveedores y empleados; los médicos, pacientes, enfermeras y auxiliares; todos requerimos recogedores de basura, policías, funcionarios públicos, dependientes de supermercados, obreros de la construcción y pescadores artesanales. Imagine usted cómo sería vivir en un lugar donde nadie recogiera la basura o donde el lumpen hiciera de las suyas por las calles sin control alguno. O cómo desarrollaría su negocio el dueño de un banco, solo en medio del desierto de Atacama.

El concepto básico para este tipo de modelos, es que si todos contribuimos a elaborar la torta, todos tenemos derecho a recibir un trozo significativo de ésta. No igual, por cierto, porque los aportes son distintos, pero sí suficiente como para vivir una vida digna. En palabras de Kofi Annan “un país desarrollado es aquél que permite a todos sus habitantes (a todos, no sólo a unos pocos) disfrutar de una vida libre y saludable en un entorno seguro”.

En las sociedades que utilizan este tipo de modelos de desarrollo, no basta con la igualdad de oportunidades. Ella es importante, por cierto, pero no suficiente. Aunque usted iguale las oportunidades, siempre habrá desigualdad. En todos los países desarrollados, existen recogedores de basura, estafetas y obreros de la construcción. Sin embargo el criterio es distinto: ya que no podemos vivir sin ellos, remunerémoslos como corresponde. Como ya señalé, en esos países (que extrañamente utilizan, sin excepción, modelos socialdemócratas de desarrollo), la relación entre los ingresos del decil más acomodado y el menos favorecido es siempre menor que 10, y eso no es un accidente, sino la consecuencia de una política explícita. Para ellos, la desigualdad es importante, y trabajan para reducirla.

Por eso en este tipo de modelos el Estado es relevante: es el que se preocupa de planificar y poner en práctica las medidas necesarias para, sin comprometer el crecimiento, generar mayor igualdad. Además, es el que garantiza a todos los ciudadanos derechos sociales mínimos elevados. Los impuestos son aquí un vehículo para redistribuir, y no una expropiación como en el neoliberalismo. Y la sociedad en sí es más integrada, más receptiva y más acogedora.

No se llega a esos logros de la noche a la mañana, desde luego. Es largo el camino. Están las idiosincrasias involucradas, también. Pero nunca se llegará si uno no se acerca al punto de partida siquiera. Por eso, en estos tiempos de elecciones, donde todos los candidatos nos ofrecen el oro y el moro, sería gratificante poder discutir el tipo de sociedad que queremos y, en consecuencia, el tipo de modelo más adecuado para conseguirla.

En una de ésas, conseguimos que la desigualdad pase a ser importante, y que disminuirla llegue a ser, ahora sí, un objetivo prioritario.

Total, soñar no cuesta nada.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La propuesta tributaria de Michelle: esas cifras que no cuadran.

Me referí en un artículo anterior a las incoherencias de la propuesta tributaria de Michelle. En éste analizaré su meta cuantitativa, para determinar si las cifras allí expuestas son factibles de obtenerse con los cambios planteados en ella.

La propuesta global de mayor recaudación de Michelle (3,01% del PIB) asciende a US$ 8.072 millones, siendo su componente más relevante las modificaciones introducidas al sistema de impuesto a la renta, donde se pretenden recaudar US$ 5.149 millones (64% del total).

Según datos del SII, la recaudación por concepto de primera categoría en el 2012 ascendió, con una tasa del 20%, a poco más de US$ 11.020 millones de dólares. Si dicha tasa se eleva al 25% y se supone un crecimiento del PIB de un 4% promedio anual, al cabo de 4 años ―céteris páribus, como dicen nuestros amigos economistas― se debería recaudar alrededor de US$ 3.225 millones adicionales por este concepto. Para alcanzar la meta planteada, faltarían entonces US$ 1.924 millones, los que deberían provenir del otro gran cambio propuesto: el pago de impuestos personales sobre base devengada.

Aquí, sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Y nada mejor que un ejemplo para ilustrarlo.

Imaginemos una empresa A con una utilidad de $ 180 millones y con un solo propietario, el señor Z, que retira $ 5 millones mensuales para sus gastos personales. En el esquema actual habría pagado al Fisco un 20% por concepto de primera categoría, $ 36 millones, a título de anticipo del global complementario. Este último, por su parte, se calcularía sobre los retiros, y ascendería, según la tabla vigente, a $ 10.632.734. Y como tendría un crédito de 12 millones (el 20% de sus retiros), terminaría su declaración de renta pidiendo una devolución de $ 1.367.266. En las arcas fiscales quedarían entonces $ 34.632.734 (los $ 36 millones de anticipo menos la devolución) que el Estado destinaría a financiar parte de sus gastos corrientes.

Con la propuesta de Michelle, al cuarto año de vigencia del sistema este mismo señor Z pagaría $ 45 millones por concepto de primera categoría (no olvidemos, como anticipo de impuestos personales) y su global complementario, ajustando la tasa tope a un 35%, sería de $ 51.432.734, por lo que en su declaración de renta tendría que pagar al fisco una diferencia de $ 6.432.734. En las arcas fiscales quedarían entonces $ 16.800.000 más que en la alternativa anterior ($ 51.432.734 - $ 34.632.734).

Hasta aquí, entonces, todo perfecto. De esas diferencias provendrían, entonces, los millones que faltan.

Pero supongamos que esos $ 16,8 millones adicionales le resultan incómodos al señor Z, y éste llama a un contador avezado para consultarle si existe alguna forma de eludirlos. Éste podría sugerirle, por ejemplo, que incorporara a la empresa a su amada esposa y a sus tres hijos (manteniendo el control, desde luego), cada uno con un 20% de la propiedad (aunque usted no lo crea, hay asesores tributarios que sugieren ese tipo de medidas y abogados que les dan forma legal). En ese caso, los socios en conjunto pagarían, según la tabla vigente, sólo $ 16.835.695 de global complementario. Como el anticipo pagado por la empresa habría sido de $ 45 millones, habría que registrar en la cuenta FUT ―¡Pero cómo! ¿No quedamos en que se iba a eliminar?― $ 28.164.305 de anticipos pendientes de aplicar a impuestos personales. Dada la decisión de Michelle de eliminar el FUT, el Estado tendría que devolver ese dinero, por lo que su recaudación neta final sería $ 34.597.039 menor que en el caso anterior ($ 51.432.734 – 16.835.695). En este caso, entonces, el Estado no sólo no recaudaría recursos adicionales pese a los cambios introducidos en el sistema, sino que además recaudaría $ 17,8 millones menos que con el sistema actual ($ 34.632.734 – 16.835.695).

Preste mucha atención a esto, estimado lector, porque es demasiado relevante: la misma empresa, con el mismo dueño, con la misma utilidad, con el mismo sistema tributario, puede estar sujeta a tributos diametralmente diferentes dependiendo de la composición de su propiedad. Usted puede seguir haciendo ejercicios incorporando a los papás del dueño, y el pago efectivo final de impuesto a la renta será aún menor. Concuerdo en que no todos podrán aprovechar de esta forma los vericuetos legales para eludir el pago de impuestos, pero no le quepa duda que todos, salvo que sean muy poco avispados, al menos lo intentarán. ¿Le parece a usted “equitativo” un sistema semejante?

Se lo repito para que quede claro: con el sistema propuesto por Michelle, usted puede conseguir, haciendo algunos cambios completamente legales, pagar incluso menos impuestos que los que paga con el sistema vigente hasta hoy. Las posibilidades son muchas: incorporar nuevos socios, cambiar porcentajes de propiedad, usar sociedades de inversión, comprar empresas con pérdidas, etc. Agréguele a este escenario los beneficios tributarios al ahorro y la depreciación instantánea y tendrá mucho, pero mucho, a lo que echar mano. Los expertos tributarios, se lo firmo, estarán eternamente agradecidos (seguramente habrá en internet numerosos mensajes del tenor “gracias a Santa Michelle por favor concedido). Y lo interesante del tema es que, si antes la elusión era un asunto que sólo se daba en las grandes empresas, con este cambio tenderá a democratizarse. Todas las pymes comenzarán, primero, a mirarlo con interés, y segundo, a usarlo sin asco.

¿Y por qué ocurrirá eso? Por una razón muy simple: por los incentivos perversos que el sistema vigente posee y que la propuesta de Michelle, irreflexivamente, acrecienta. Porque el sistema vigente, al darle al impuesto de primera categoría el carácter de “anticipo”, incentiva a contribuyente a buscar formas de no pagar más, de conseguir que el anticipo efectuado cubra en su totalidad los impuestos personales. Si queda un remanente, bienvenido sea, aunque no es el objetivo primordial. Con el cambio propuesto por Michelle, el incentivo deja de ser “no pagar más” y pasa convertirse en “maximizar la devolución”. Todos estarán analizando cómo recuperar el máximo posible de esos recursos que se vieron obligados a poner en manos del Estado. Y si hay algo en que los privados son eximios, estimados asesores de Michelle, es en sacarle punta al lápiz, en buscarle las cinco patas al gato. Ni les cuento la cantidad de maneras que inventarán para maximizar la elusión.

Vamos entonces a la pregunta del millón: ¿en qué escenario los asesores de Michelle calcularon los US$ 1.924 millones que faltan? ¿Cuáles son los supuestos que les permiten asegurar que con los cambios propuestos se producirá ese incremento en la recaudación? ¿Sería factible conocerlos ahora mismo?

El problema es que cuando usted abre la puerta a la elusión, tiene que afirmarse los pantalones. Hasta ahora estaba medio abierta. Con los cambios que Michelle propone, se abre por completo. ¿Cuál es la razón de complicarse así la vida (y de complicársela, de paso, al SII)?

Le complemento el ejemplo anterior con la tasa final que paga el señor Z, tras los cambios legales que, ladinamente, introdujo con la ayuda de sus asesores: sólo un 9,35% sobre su utilidad total. La mezcla de expertos tributarios y abogados es explosiva. Casi, diría yo, perversa.

Compliquemos un poco más el tema y supongamos que el señor Z tenía, al cuarto año de vigencia de la modificación, en su registro FUT, utilidades pendientes de tributación por $ 300 millones, y anticipos a descontar de los impuestos personales por $ 60 millones. ¿Qué ocurriría en ese caso con los $ 180 millones de utilidad y los $ 45 millones de impuesto de primera categoría del ejemplo? ¿Se sumarían a las cantidades restantes para rebajar desde allí los correspondientes tributos personales y las utilidades tributadas correspondientes? ¿Cómo funcionaría semejante esperpento? Porque, siguiendo con el ejemplo y asumiendo que la decisión de terminar con el FUT va, las cantidades que entren y las que salgan deberían, necesariamente, ser iguales (como no debería acumularse más FUT, si yo le sumo $ 180 millones de utilidad, tengo que sacarle los mismos $ 180 millones; lo mismo para los anticipos). ¿Qué ocurrirá entonces con los saldos anteriores? ¿Cómo se extinguirán? Sería muy interesante conocer la respuesta.

Insisto. Algo no anda del todo bien con esta propuesta. Diría yo que mantiene, incluso acrecentados, todos los vicios del sistema vigente. ¿Será que Michelle se está volviendo neoliberal? ¿Que el repugnante bicho del egoísmo individualista que empapa ese inmoral sistema se está haciendo un nido en el corazón de nuestra casi segura futura presidenta? ¿Qué ocurre, Michelle? ¿Será también así en las demás propuestas?

Las otras medidas propuestas están demasiado en pañales aún como para analizarles en profundidad. Echo de menos, por ejemplo, la eliminación total del llamado “impuesto a las constructoras”, una verdadera aberración tributaria que ha durado demasiado tiempo (no deberíamos extrañarnos por ello, sin embargo, si una medida tan inmoral como que las empresas no paguen impuestos de beneficio fiscal, lleva ya 30 años y Michelle pretende que siga así por otros 30 más).

Noto, eso sí, que en el combate contra la evasión falta más uso de las actuales tecnologías y de los controles que, por sus especiales características, provee la propia contabilidad. El principio de la partida doble es una herramienta muy potente que no ha sido usada como corresponde en el control de la evasión.

En una próxima columna me comprometo a proponer un sistema de impuesto a la renta bastante más equitativo y simple, así como algunas interesantes medidas para combatir la evasión. Mientras tanto, quiero hacer un llamado a la cordura. Estimada Michelle, no siga con esto. Si no es casualidad que en ningún otro país del mundo exista un sistema semejante. Algo sabrán de tributación en Europa, en Norteamérica y en Asia. ¿Por qué, si lo que tenemos es tan bueno, en 30 años nadie nos ha copiado? ¿Se lo ha preguntado usted? Y si lo ha hecho, ¿por qué insiste en más de lo mismo?

Nuestro criollo Condorito le exigiría una explicación. Yo, con todo respeto, humildemente se la pido.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El hijo de Teresa: ¿un pequeño socialista o un futuro esquilmador?

Una columna de opinión repleta de argumentos falaces, como la última de Teresa Marinovic, provoca indignación, es cierto. Ya sea porque quien la escribe miente a sabiendas o porque, más probablemente, no conoce en profundidad el tema del que está hablando (por no decir que lo desconoce por completo), lo concreto es que uno no puede permanecer impávido cuando la lee (lo peor es que uno, en una suerte de actitud masoquista, siempre lo hace).

Sin embargo, este tipo de artículos son necesarios. Por dos razones:

Primero, porque la concepción de la sociedad que delatan, es representativa. No es privativa de doña Teresa. Hay un alto porcentaje de la derecha chilena (la UDI entera y gran parte de RN) que la comparte. También, algunos sectores de la Nueva Mayoría (muy bien enquistados en el comando de Michelle; revise su propuesta de reforma tributaria, si no me cree). Y siempre es importante conocer, sin dobleces, lo que piensan quienes concentran hoy el poder, ya sea político o económico.

Y segundo, porque hacer públicos, implícita o explícitamente,  los argumentos que respaldan dicha concepción, permite identificarlos y, por supuesto, combatirlos y refutarlos.

Es lo que pretendo hacer en este artículo.

¿Cuáles son las falacias que, a propósito de la inocente propuesta de su hijo, postula y difunde doña Teresa?

Básicamente, dos: que los países peyorativamente denominados “de bienestar” (yo prefiero llamarlos desarrollados), como consecuencia del grave colapso que están sufriendo, están condenados a la extinción; y que en un sistema neoliberal, cada quien recibe lo que en justicia se merece, por lo que nuestra actual distribución del ingreso, que como sabemos es una de las peores del mundo, es sólo un fiel reflejo de la enorme diferencia de talentos, capacidades y esfuerzo que existe entre el 20% más acomodado ―trabajador, responsable y diligente―, y el 80% restante ―una manga de flojos y aprovechadores que sólo buscan esquilmar a los primeros. Por cierto, según esta visión, el Estado, al apoyar a los más necesitados, les estaría entregando más de lo que pueden obtener con sus propios medios, por lo que debería  abstenerse de semejante conducta.

Para refutar la primera, partamos constatando que todos los países desarrollados ―los que poseen ingresos per cápita superiores a US$ 30.000, coeficientes de Gini iguales o menores que 0,30 y relaciones entre el décimo y el primer decil de sólo un dígito― califican dentro del concepto de “Estados de bienestar”. No se escapa ninguno. Qué raro, ¿no? Con ese antecedente, algún mal pensado podría incluso llegar a pensar que tal condición es requisito indispensable para alcanzar el desarrollo. Pero no insistamos en el tema y vayamos a lo que nos ocupa.

Es falso que el sistema “de bienestar” esté colapsado. De hecho, todos los países desarrollados han soportado la crisis que ha golpeado al mundo durante los últimos cinco años, en muy buen pie. Han vivido estrecheces, es cierto: sus economías han crecido poco ―Australia lidera este ítem, con un 3,4% para el 2012― y algunas incluso han caído levemente ―la más damnificada a este respecto es Holanda, con menos 0,96%―, pero sus tasas de desempleo siguen siendo de un dígito (Suecia registra la más alta, con un 8%) y sus índices de desigualdad se mantienen estables.

Son economías sólidas y solventes, por lo que, tal como ha ocurrido en oportunidades anteriores ―la economía mundial se caracteriza por ser cíclica― no tardarán, sin necesidad de cambiar sus exitosos modelos, en recuperarse y retomar sus niveles normales de crecimiento. Es cosa de leer las noticias para comprobarlo.

Ahora bien, es efectivo que España. Grecia, Portugal, Chipre e Irlanda, países que aún no han alcanzado la categoría de desarrollados (porque no cumplen con alguno de los criterios mencionados más arriba), tienen problemas serios, pero ellos no obedecen al sistema que han tratado de implementar (de hecho, son mucho menos “asistenciales” que los anteriores), sino a que, lisa y llanamente, han hecho mal las cosas. Hay ahí un potpurrí: inversiones demasiado riesgosas, incentivos tributarios mal diseñados, rebajas de impuestos improcedentes, gastos carentes de financiamiento, etc. De cualquier forma, pretender que un sistema ha colapsado cuando la mayor parte de los países que lo han implementado no sólo goza de muy buena salud, sino además presenta, por lejos, los mejores estándares de vida del mundo entero, no sólo es ilógico. Cae ya en la categoría de absurdo.

Sigamos con la segunda. Quienes defienden a rajatabla el modelo neoliberal, como la articulista, argumentan que los ingresos de las personas deben estar ligados a su productividad. Suena lógico: tanto produces, tanto ganas. Sin embargo, el asunto se torna más complejo cuando entramos al detalle, porque ¿cómo se determina la productividad de una persona? ¿Y cómo se determinan las diferencias relativas de productividad? ¿Y por qué ellas son tan diferentes entre los distintos países?

Analicemos los casos de Alemania y de nuestro país. En el primero, el décimo decil recibe, en promedio, 6,85 veces más ingresos que el primero. En Chile, 28 veces. ¿Cuál es la razón de esa brutal diferencia? ¿Son tanto más productivos los alemanes? ¿Somos en realidad, como afirma entre líneas doña Teresa, tan flojos los chilenos?

Tomemos el caso de los recogedores de basura para ilustrarnos. Existen en ambos países, y su productividad es similar: todos se levantan muy temprano y se esfuerzan el día entero ejecutando tan desagradable pero necesaria función. Si pudiese medirse, seguramente la cantidad per cápita de basura recogida en ambas naciones resultaría similar. ¿Por qué entonces en Alemania sus remuneraciones equivalen a un séptimo de las de un gerente y en Chile a la trigésima parte?

La misma situación se da en todos los demás oficios que requieren menor capacitación: albañiles, estafetas, mensajeros, choferes, vigilantes, dependientes de comercio, operarios de call centers, etc. ¿Qué ocurre aquí? ¿Están equivocados los alemanes? Doña Teresa opinaría seguramente que sí, pero no. No están equivocados. Lo que ocurre es que su concepto de sociedad es distinto al nuestro.

En Alemania, y en todos los países desarrollados, existen sociedades más evolucionadas que la nuestra. Mientras aquí imperan aún, en pleno siglo XXI, prácticas primitivas como la ley del más fuerte y la del gallinero, en dichos países hace ya tiempo se reconoce que somos socios, y como tales, todos tenemos que beneficiarnos de lo que construimos en conjunto. Porque las sociedades son interdependientes. No podemos lograr nuestros objetivos sin la ayuda y el aporte de los demás. No somos, como pretende doña Teresa, autosuficientes.

De manera que, en una sociedad con tan alto nivel de desigualdad como la nuestra, los sinvergüenzas aprovechadores que buscan esquilmar a sus semejantes no son quienes conforman el 80% menos favorecido, sino quienes, sin merecerlo, se apropian de porcentajes muy superiores del ingreso nacional que los que, equitativamente, les corresponden. Son aquéllos que, además, crean modelos de desarrollo destinados a mantener de manera permanente esta inmoral situación. También los que, pudiendo hacer mucho para cambiar esta realidad, optan por mantenerla tal como está (les repito: revisen la propuesta tributaria de Michelle). Y son, desde luego, quienes se encargan de difundir, propalando falsedades que no resisten el menor análisis, las supuestas virtudes del sistema vigente.

Teresa Marinovic no tiene que preocuparse de tener un hijo socialista. Con los antivalores que le está trasmitiendo, seguramente llegará a ser como ella: un ser egoísta, que desprecia el trabajo de sus semejantes y que considera legítima y plausible la explotación del hombre por el hombre.

Un futuro esquilmador. Qué lástima por él.

martes, 24 de septiembre de 2013

Acerca de la verdad, la misericordia, la justicia y los estadistas

Hasta donde sabemos, los escuetos hechos son los siguientes: la madrugada del 18 del presente, volviendo de una fiesta en compañía de dos amigos, el ciudadano Martín Larraín, mayor de edad, atropelló con el todo terreno de color amarillo que conducía, al ciudadano Héctor Canales, mientras éste transitaba por la berma de un camino vecinal. Como consecuencia del impacto, Héctor Canales murió. Sin detenerse a prestarle auxilio, Martín huyó con sus acompañantes del lugar. Éstos, Sebastián Edwards y Sofía Gaete, concurrieron a una comisaría alrededor de una hora más tarde y dieron una versión falsa de los hechos, culpando de ellos a un vehículo inexistente. Por último, tras pesquisas de la SIAT, Martín fue detenido 24 horas después en un control policial y, ante la evidencia acumulada en su contra, reconoció a regañadientes su autoría en el atropello, aunque intentó exculparse y culpar a Canales del mismo (adujo que éste transitaba por la calzada cuando lo impactó). El resultado del alcotest que le practicaron, que no tiene validez alguna, dio cero, y el de la correspondiente alcoholemia, que tampoco la tiene, aún está pendiente.

La verdad de tan lamentable suceso parece estar muy cercana. La versión de los ahora inculpados ―Larraín, por cuasidelito de homicidio; Gaete y Edwards, por obstrucción a la justicia― tiene menos consistencia que una torre de mantequilla en un mediodía veraniego; o que un castillo de naipes a la intemperie en un día ventoso. Según la Fiscalía, los peritajes en el sitio del suceso prueban que Héctor Canales no habría sido atropellado cruzando la calzada, sino mientras se desplazaba por la berma. Además, los tres inculpados habrían huido como conejos asustados tras el impacto; los tres habrían denegado auxilio a la víctima, abandonándola a su suerte sin siquiera preocuparse del estado en que se encontraba; los tres habrían mentido, para tratar de encubrir su participación en el hecho; en fin, los tres se habrían coludido para intentar obstruir a la justicia. No debería ser necesario acreditar si Larraín se hallaba o no bajo los efectos del alcohol, o si conducía su vehículo en forma temeraria, en zigzag y a exceso de velocidad por un camino no apto para ello. La circunstancia de su huída, que según la normativa vigente constituye presunción de culpabilidad, debería bastar para acreditar ambos agravantes.

La misericordia, así como el perdón, son virtudes que sólo pueden ejercerse cuando se conoce la verdad, y cuando el responsable de la acción punible reconoce su culpa. Hace mal el senador Larraín en solicitarla tan temprano, menos aún si su hijo persiste en su insostenible versión de los hechos, y si él mismo avala esta última en sus declaraciones. No se puede pedir misericordia sobre la base de un engaño. Menos aún, sobre la de un falso arrepentimiento.

La justicia, está por verse. ¿Qué penalidad debería recibir, no importa su posición social, un individuo que, producto de su irresponsabilidad y su falta de consideración para con sus semejantes, siega la vida de uno de ellos, destruyendo de paso a su familia? ¿Cuál va a ser la respuesta de nuestro sistema judicial? Habrá que observar con especial atención el desarrollo de este proceso. Será una muy buena experiencia para determinar si en nuestro país las instituciones funcionan como corresponde o si, como una de las tantas consecuencias de nuestra atroz desigualdad, hay una clase de justicia para el Chile A y otra distinta para el Chile B.

Finalmente, está la situación de don Carlos Larraín. Él es, no olvidemos, un senador de la república, y quienes llegan a ocupar tales cargos (se supone, al menos), deben ser personas que reúnen requisitos superiores al chileno común. Aceptemos que, como ser humano, tiene que estar devastado con esta tragedia. También, que debe apoyar a su hijo. ¿Para qué otra cosa, si no, están los padres? Sin embargo, a nuestros senadores tenemos que exigirles un comportamiento más elevado, más exigente consigo mismos,  que a las personas comunes. Ellos están obligados, por el cargo que detentan, a situarse sobre la contingencia, aunque ésta les afecte directamente. Y además, deben demostrar un compromiso estricto con la verdad y con la justicia. ¿Estará don Carlos, en este caso que lo toca tan directamente, a la altura de las circunstancias? ¿O permitirá que sus emociones, que sus sentimientos, se interpongan entre sus acciones y las estrictas exigencias que su investidura le impone?

Habrá que verlo.                               

En todo caso, lamentablemente, ya partió mal. En sus primeras declaraciones tomó partido, y no precisamente por la verdad y la justicia. No actuó como estadista, sino como un hombre común y corriente. Bastante común y bastante corriente, hay que decir. Con todas sus limitaciones, y con todas sus imperfecciones.


Tengámoslo presente, por si no enmienda el rumbo. Ésta es una prueba dura. Una valla muy alta. Si es capaz de salvarla, si se comporta como un verdadero estadista, tendremos que decirle Don Carlos, Senador de la República. Si no es capaz de superarla, si sucumbe a sus propias miserias, será simplemente Carlitos, alguien que ocupó sin merecerla, una de las más altas investiduras de nuestra nación.

El país de los huevones 2

En un artículo anterior me referí al País de los huevones. Describí en esa oportunidad una serie de circunstancias, creencias y conductas (sólo a modo de ejemplo; hay muchísimas más) que son allí de común ocurrencia y que parecen sacadas de un manual avanzado de “Cómo ser huevón y no morir en el intento”. En esa oportunidad no recordaba el gentilicio, pero los sufridos lectores se encargaron de hacérmelo presente (algunos, amablemente, incluso me atribuyeron tan noble condición): es “huevón”, con hache, uve y tilde en la o.

Comprenderá usted, apreciado lector, que no todos los habitantes de un país se comportan de igual manera. Sus características personales, sus valores, sus creencias, sus motivaciones, su ubicación específica en la sociedad, afectan su posición frente a la vida y, desde luego, su conducta. El País de los huevones no es una excepción en esta suerte de regla. Sus habitantes siguen siendo huevones, pero son huevones con matices. Hay factores que claramente los diferencian, y que permiten, para quien desea escudriñarlos con mayor detención, establecer una tipología.

En este segundo artículo me ha parecido conveniente indagar este tema: ¿cuáles son los distintos tipos de huevones que podemos hallar en el mencionado país? A continuación, mi visión al respecto.

En primer lugar, está el huevón sufrido. Es el huevón más numeroso, el más común, el más habitual (me agrada ese estilo de emplear tres calificativos para los sustantivos; como que le da un énfasis especial a la frase). Es, podríamos decir, el huevón típico: el que recibió una educación pública que lo dejó, con casi total certeza, fuera del sistema universitario sin fines de lucro; el que tuvo que endeudarse hasta más allá de sus posibilidades, soportando tasas expropiatorias, para que sus hijos sacaran títulos que no les sirven para nada; el que tuvo que atenderse en hospitales y consultorios públicos, soportando el pésimo servicio de las ambulancias, aceptando cabizbajo que le den hora para un mes más tarde por una simple consulta de medicina general, y sufriendo los efectos de la absoluta carencia de especialistas en el sistema público, porque éstos, pese a que estudiaron con becas estatales (pagadas por los mismos huevones sufridos), se las arreglan para destinar el mínimo de su tiempo a devolver dichos aportes y el máximo a obtener pingües beneficios en el sistema de salud privada; el que postuló a un subsidio de vivienda y fue “beneficiado” con una “vivienda social” de 48 m2 en 80 m2 de terreno, situada en un entorno siniestro y carente de servicios; el que vive sobre endeudado, a tasas expropiatorias, en las grandes tiendas de retail; el que empeña sus joyas en entidades usureras que operan a vista y paciencia de la autoridad (con la silenciosa complicidad de ésta, podríamos decir), porque la entidad gubernamental que se dedica a las prendas, y que cobra más barato, le pasa la mitad del monto que la primera por la misma joya (algunos dicen por ahí que es porque tiene montado un negocio con los joyeros, pero eso podrían ser sólo habladurías); que soporta uno de los sistemas tributarios más inmorales del mundo, que se lleva religiosamente más del 20% de su ingreso mensual, y que es causante directo de que el precio de la bencina sea uno de los más caros del planeta; en fin, que tolera un sistema de transporte ―un engendro público–privado donde el Estado se lleva las pérdidas y los privados (bancos, empresas informáticas y líneas de buses), todos los beneficios― casi inhumano, un Congreso que legisla de preferencia en beneficio propio y de los grandes grupos económicos que existen en el país, y un largo, larguísimo, etcétera. Usted, si le parece apropiado, podría intentar completar este desglose, aunque dudo que lo consiga: son demasiadas las aberraciones que debe soportar el pobre huevón sufrido.

Dependiendo de su posición frente a tan brutal escenario, podemos clasificar a los huevones sufridos en cuatro grupos: los huevones inocentes, que son aquéllos que deambulan por la vida con la cabeza gacha sin cuestionarse lo que les ocurre; los huevones resignados, que son los que entienden el asunto, saben que se están aprovechando de ellos, pero asumen que eso no tiene remedio, y que cualquier cosa que hagan no conseguirá mejorar su situación; los huevones masoquistas, que son huevones que se percatan perfectamente de lo que ocurre, que tienen plena conciencia del grado de explotación implícita en el sistema, pero aún así tienden a justificarlo; y los huevones indignados, que son huevones más ilustrados, más cultos y más combativos, que salen a marchar por las calles, paralizan actividades y procuran, cándidamente, ingenuamente, hacer escuchar su voz por medio de cartas al director, blogs que nadie visita o columnas de opinión que nadie lee.

En segundo lugar, está el huevón egoísta. Éste es un tipo de huevón muy competitivo, que tiene un buen pasar ―educación y salud privada, una casa en un sector de alta plusvalía,  sus buenas lucas en el banco y en fondos mutuos―, y que jura que todo ello es producto exclusivo de su esfuerzo (es una suerte de huevón autosuficiente). Este tipo de huevón está convencido que todos los demás huevones, que desempeñan actividades básicas para que él pueda hallarse en el sitial en donde se encuentra, son unos flojos de remate, y que si son pobres, sólo están cosechando lo que sembraron; que la vida es una competencia, y que sólo los más capaces pueden sobresalir y conseguir sus metas; que el otorgar subsidios y beneficios por el estilo, es una pérdida de recursos públicos, pues sólo incentiva la flojera y el aprovechamiento del esfuerzo de los demás; y que los impuestos deberían reducirse al mínimo necesario y el Estado a su mínima expresión, para que todos pudieran disfrutar libremente el fruto de sus capacidades y de su productividad, nunca más que eso. Son los típicos huevones que comulgan a ojos cerrados con el inmoral sistema de desarrollo vigente, que encuentran natural que el país se encuentre entre las quince peores distribuciones del ingreso del mundo, y que tildan por parejo a los críticos del sistema de comunistas o marxistas.

Un subgrupo especial del anterior, es el huevón negligente (o huevón cómodo, como también se le conoce). Éste es un caso particular de huevón que sabe que las cosas no funcionan como deberían, que la desigualdad excesiva que afecta al país no es tolerable, que son demasiados los cambios por efectuar, y que si él quisiera, podría hacer algo para modificar esa situación. Sin embargo, como está satisfecho con su vida y no tiene intención alguna de llenarse de problemas ajenos, no hace nada. Este caso se da en especial en algunos líderes de opinión y en ciertos congresistas del país de los huevones.

Por último, en tercer lugar, están los huevones aprovechadores. Éstos son los que obtienen contundentes beneficios con la situación actual del país de los huevones, y que, por ello, no están dispuestos a tolerar que se introduzcan cambios que puedan alterarla en demasía. Al igual que en los casos anteriores, también aquí podemos identificar algunos subgrupos, como los siguientes:

Los huevones ambiciosos (o huevones codiciosos, como también se les conoce) son los que concentran la mayor parte del poder político y económico en el país de los huevones. Favorecidos por el modelo “de desarrollo” imperante ―que les permite pagar mínimos impuestos, obtener anormales rentabilidades y utilizar, sin control alguno, equipos de lobby que convierten sus intereses prácticamente en inexpugnables―, lo defienden a ultranza. Sin ningún de cargo de conciencia, se embarcan en un permanente proceso de acumulación de poder sin propósito conocido ni lógica que lo respalde. Tal vez los mueve, primero, el figurar en los listados de Forbes, y segundo, hacerlo cada vez más arriba; tal vez, la sensación de poder hacer lo que se les dé la gana sin que nadie pueda oponérseles; tal vez, todas las anteriores. Son huevones inescrupulosos. Ninguna barrera moral los contiene. Les da lo mismo que la gran mayoría de los huevones vivan en condiciones deplorables. Dios, seguramente piensan, tiene sus favoritos. En un país de esclavos, con toda certeza  ellos habrían sido los esclavistas.

Un segundo subgrupo, son los huevones pillos (o huevones cínicos, como también se les denomina). Ubicados en alguno de los escaños de la escala de poder político en el país de los huevones, buscan proyectar una imagen de benevolencia y de interés por sus semejantes pero, apenas pueden, se aprovechan del sistema de la forma más descarada. Son los que se promueven como defensores de la educación pública de alta calidad, mientras lucran con colegios y universidades; los que se erigen como defensores de los bienes públicos, pero no trepidan en entregar la pesca del país a los grupos económicos por veinte años en forma gratuita; los que, pese a reconocer públicamente que los conflictos de interés son inaceptables, cuando llega el momento no trepidan en hacer uso de su voto ante iniciativas que les favorecen; los que se niegan a legislar en materia de lobbies; los que predican la igualdad ante la ley, pero se asignan pensiones sustancialmente más favorables que el resto de los ciudadanos. En fin, hay tantos ejemplos en este ámbito. Para qué seguir.

Y hay todavía un tercer subgrupo: el de los huevones sinvergüenzas. Éstos son los que aprovechan su posición dominante para abusar del resto de los huevones. A modo de ejemplo, podemos mencionar: los que acomodan sus balances para estafar a los pequeños inversionistas; los representantes y ejecutivos de las cadenas de farmacias, que se coluden para exprimir a los huevones comunes y corrientes; los médicos y representantes de laboratorios, que establecen acuerdos de mutuo beneficio para que los primeros receten remedios más caros a cambio de interesantes incentivos; los médicos que se aprovechan del sistema público en su propio beneficio; los usureros, que prestan dinero a vista y paciencia de las autoridades a tasas del 10% mensual; los inversionistas que instalan, aprovechando los vacíos de la legislación vigente, universidades que estafan a sus alumnos con educación cara y de pésimo nivel; los empresarios que se adueñan de bienes públicos (pesca, litio, minerales, bosques nativos, agua) a viles precios; etc.

Estos son los tipos que se me vienen a la cabeza en este momento. Habrá, seguramente, más. Le dejo como tarea, estimado lector, intentar completar la lista, como también ampliar el detalle de cada tipo de huevón. La principal tarea que le dejo, sin embargo, es tomar conciencia. Si las situaciones que planteo llegaran a darse, en un supuestísimo caso, en nuestro país, deberíamos concientizarnos en que podemos ponerles atajo. Tenemos las herramientas para eso: nuestro voto. En cambio si, en el supuesto planteado, no hacemos nada, es porque somos muy huevones.

domingo, 22 de septiembre de 2013

La falaz propuesta de reforma tributaria de Michelle

Quedan menos de dos meses para la elección presidencial y la verdad es que, salvo que ocurra un imprevisto de dimensiones colosales, no se ve cómo Michelle (qué cercana resulta cuando uno se refiere a ella sólo con su nombre de pila) podría perderla. Es un hecho de la causa (como dicen los abogados) que, por mucho que sus contendores griten a los cuatro vientos que la competencia no está aún definida, de seguro la tendremos a partir de marzo repitiéndose el plato.

Por dicha razón, es altamente conveniente analizar a fondo sus propuestas, para determinar si los objetivos de las mismas son coherentes con las medidas que se plantean para alcanzarlos, y si las cantidades involucradas están bien calculadas. No vaya a ser que después resulte imposible cumplir los compromisos establecidos porque las cifras, como dicen los contadores, no cuadran.

Con dicho propósito en mente, me di pues a la tarea: leí completa la propuesta de reforma tributaria de Michelle e hice el ejercicio, basándome en datos oficiales, de ponerle números. Debo confesar que, tras revisar los resultados, estoy muy confundido.

Porque resulta que los dos aspectos mencionados fallan: no sólo son incoherentes las medidas a implementar con los objetivos que se pretenden alcanzar por su intermedio, sino que no se ve por dónde podrían llegar a obtenerse, mediante su aplicación, los cuantiosos recursos que en ella se señalan.

Dediquemos este artículo a las incoherencias. Hay al menos tres en los planteamientos de Michelle:

Primero, ella plantea como uno de sus objetivos “avanzar en equidad tributaria”. Sin embargo, en su propuesta mantiene la principal fuente de inequidad del actual sistema de impuesto a la renta: el no pago de tributos de beneficio fiscal por parte de las empresas.

En segundo lugar, Michelle señala que eliminará el FUT, pero en su propuesta lo mantiene, quién sabe por cuánto tiempo.

En tercer lugar, postula que pretende incrementar la recaudación tributaria, y deja caer una verdadera bomba, la depreciación instantánea, que va justamente en sentido contrario.

Analicemos con mayor detalle cada uno de estos puntos:

Una de las premisas fundamentales que uno tiene que tener en cuenta cuando habla de “equidad tributaria”, es que en un sistema tributario equitativo, todos quienes recibimos servicios del Estado debemos contribuir a su financiamiento, en lo posible en proporción a lo que recibimos. Más claro, echarle agua.

En nuestro actual sistema tributario, esa simple premisa no se cumple. Basados en la absurda falacia de que empresas y empresarios son la misma persona ―caso único en el mundo, como señala la propuesta de Michelle―, nuestra normativa de impuesto a la renta establece que los tributos que pagan las empresas por concepto de primera categoría no son de beneficio estatal, sino meros pagos provisionales a cuenta de los impuestos personales de los socios. Por consiguiente, en nuestro país ―repito, caso único en el mundo― las empresas no pagan ni un peso por los sustanciales servicios que reciben de parte del Estado. Los reciben gratis. Es un subsidio estatal que todas las personas, incluso las más necesitadas, financian con sus impuestos.

Hagamos un detalle de los servicios que una empresa, por ejemplo un banco, recibe en forma gratuita de parte del Estado con nuestro actual sistema tributario: un marco normativo que le permite operar (comprar, vender, financiar, cobrar) y competir con reglas claras; acceso irrestricto a un mercado de bienes y servicios donde colocar sus servicios y adquirir sus insumos, y a un mercado laboral donde contratar a sus trabajadores; un sistema judicial que le permite resolver sus conflictos; cuerpos policiales que se encargan de su seguridad y de apoyarlo para lograr el cumplimiento de sus contratos; un sistema económico que le permite crecer y desarrollarse; una infraestructura comunicacional; un sistema monetario para efectuar sus transacciones; acceso a enormes volúmenes de información; convenios bilaterales de comercio, oportunidades comerciales tanto en Chile como en el extranjero, etc. La verdad es que un banco hace un uso intensivo de los servicios estatales, ya que le son indispensables para obtener la renta. Sin ellos, sus utilidades no podrían generarse. Imagine usted a una entidad bancaria sin normativa civil: no podría hacer contratos, por lo que estaría impedida de captar y colocar recursos (salvo que volviéramos a los tiempos de la mafia, que puede darse el lujo hacer ambas operaciones en ausencia de legislación ad-hoc).

Sin embargo, ni el banco ni ninguna empresa pone dinero para financiarlos. Ni siquiera un peso. ¿Puede existir algo más injusto e inequitativo que eso? La propuesta de Michelle mantiene, sin embargo, ese absurdo sistema a rajatabla.

El problema de cómo cobrar estos servicios, lo han resuelto la mayoría de las naciones del mundo mediante un expediente muy simple: el impuesto a las utilidades de las empresas. En este enfoque, dicho impuesto corresponde al pago que efectúan las empresas por los servicios recibidos de parte del Estado, y en ningún caso es un gravamen a las ganancias de capital. No hay, pues, doble tributación cuando los empresarios pagan impuestos después por los retiros o dividendos que sus empresas les entregan. Ésas son, efectivamente, rentas del capital. Las primeras, no.

Nada de esto se ve, sin embargo, en la propuesta de Michelle. Una vez que ella se implemente, nuestro sistema seguirá siendo único en el mundo. ¿Cuál es la razón que nuestra casi segura presidenta tiene para mantener tan inmoral sistema? Sería interesante conocerla.

Ahora bien, el problema se torna más agudo cuando entramos a analizar el FUT. ¿Por qué? Porque resulta que el origen de este registro (el FUT es eso: nada más que un registro), es justamente el peculiar sistema que acabamos de analizar. El FUT es la cuenta contable donde se registran los tributos de primera categoría que las empresas entregan al Estado como anticipos de los impuestos personales de sus propietarios y las utilidades que han dado origen a esos tributos. Si dichos anticipos dejan de existir, adiós FUT. Si permanecen, el FUT seguirá existiendo. Y resulta que en la propuesta de Michelle los benditos anticipos se mantienen, por lo que, aunque se diga que no, aunque se le ponga otro nombre, seguiremos teniendo FUT para rato.

El asunto es más grave cuando se confronta con la disminución de las tasas de impuestos personales que plantea Michelle en su propuesta. En la medida que las tasas personales disminuyen, más tienden a confluir los montos del impuesto de primera categoría con el global complementario. Con las actuales tasas, y asumiendo que la máxima del global complementario disminuye a un 35%, una empresa que tenga una utilidad de $ 200 millones pagará $ 50 millones en primera categoría. Si tiene un solo propietario, este pagará $ 8,4 millones de global complementario. En ese caso, el FUT será cero. Pero si los propietarios son dos, en partes iguales, habrá un FUT  de $ 3,1 millones. Si son cuatro, el FUT será de $ 20,6 millones. Y así sucesivamente. ¿Qué ocurrirá en esos casos?  ¿Se devolverán esos recursos así como así? ¿En la operación renta correspondiente? En tal caso será cuestión de aumentar el número de propietarios de las empresas (esposa, hijos, padres, etc.) y tendremos devolución asegurada. ¿Y qué hay de la pretendida mayor recaudación?

La tercera incoherencia de la propuesta de Michelle tiene que ver con la depreciación acelerada. La depreciación a lo largo de la vida útil de los bienes de capital (construcciones, instalaciones, maquinarias, vehículos, equipos, etc.) está reconocida en la literatura acerca del tema (favor revisar lo que encuentren acerca de evaluación de proyectos) como el mecanismo correcto para llevar a gastos la inversión efectuada en ellos. Es lo recomendable: que las inversiones que se utilizarán por varios períodos, sean amortizadas en ese plazo y no antes. Incluso los mecanismos de financiamiento de dichos bienes se han estructurado en dicho escenario. Hoy las empresas financian sus inversiones en plazos iguales o superiores a las vidas útiles de éstas. Mencionemos algunas de esas vidas útiles: construcciones de acero, 80 años; túneles de minas, 20 años; buques de acero, 36 años; bocatomas y muros de represas, 50 años; y así sucesivamente. La depreciación acelerada permite reducir esas vidas útiles a un tercio. Michelle pretende llevarlas a un año. ¿Se imaginan las pérdidas acumuladas? ¿Empresas que no pagan impuestos por varios años producto de que sus cuantiosas inversiones se depreciaron en un año? ¿Cuánto es el monto que se reducirán las utilidades de las empresas producto de esta medida cuando ella entre en funcionamiento? ¿6, 7, 10 veces la depreciación actual? ¿Pero no quedamos en que se quería incrementar la recaudación tributaria?  Algo no anda bien aquí. ¿De verdad estudiaron bien el tema, Michelle?

Falta ver las cifras, pero hasta aquí mi impresión es que los profesionales que prepararon esta propuesta tenían serias carencias contables, y además no se dieron el trabajo de confrontar el efecto concreto de sus propuestas con la cruda realidad.

Partimos mal Michelle, pero aún es tiempo. Reestudie el tema y propónganos algo más coherente. Por favor. Pero ahora, eso sí, recurra a alguien que se maneje en el tema contable. Y que se maneje bien. Si no es tan complicado.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El arca de Michelle

Hace unos 5.000 años, un señor llamado Noé recibió un encargo de Dios Padre. Debía ocuparse de llevar a la práctica las instrucciones divinas destinadas a salvar a la creación del desastre: construir un arca, reunir una pareja de animales por especie, embarcarlas y luego, una vez que el diluvio lo inundara todo, maniobrar la gran embarcación hasta encallarla, 40 días y 40 noches después, en la cima del monte Ararat.

Convengamos en que no la tuvo fácil. Pese a que contaba con el apoyo celestial, la tarea le resultó titánica. Tuvo, por ejemplo, que conseguir financiamiento (sin preocuparse de las tasas ni de los plazos, por suerte para él, ya que sabía de antemano que sus usureros acreedores morirían ahogados), ubicar a los proveedores de las materias primas necesarias y adquirirlas (desconozco si existía alguna norma de calidad ISO en esa época), contratar trabajadores (lo que lo obligó a negociar condiciones laborales, satisfacer pliegos de peticiones y enfrentar huelgas), contratar a una oficina de arquitectos (sin preocuparse, gracias al cielo, de los honorarios) para que le elaborara los planos del arca (ignoro si había permisos o patentes municipales involucrados), y proceder a construirla (con todos los inconvenientes que se presentan en obras de semejante tamaño: huelgas, accidentes, problemas con la calidad de los materiales, rechazos por inspección, etc.).

Después tuvo que visitar a los animales, convencerlos de apoyar el proyecto (los burros y las mulas deben haber requerido una estrategia especial), preocuparse de su transporte, subirlos al arca, mantenerlos debidamente separados para evitar reyertas o, más grave aún, cacerías internas (no podía dejar juntos, por ejemplo, a los zorzales con las lombrices ni a los gatos con los canarios), y entretenerlos hasta el momento preciso del diluvio (les recuerdo que no había TV en esa época). Por último, ya con la furia divina desencadenada, debió estar pendiente de su alimentación (¿alimentos concentrados de diferente sabor, según la especie?), de su salud (con el clima lluvioso, los resfríos y las gripes andaban a la orden del día), de que hicieran sus necesidades (¿se imagina el medio problemita con los elefantes, hipopótamos y rinocerontes?), y de mantenerlos a raya durante el vendaval completo, con todos los conflictos que el encierro, el hacinamiento, la diversidad natural y las tentaciones, con plena seguridad, provocaron. La asesoría de su Mandante le ayudó, desde luego (no es menor disponer de un asesor con semejante currículo), pero igual Noé envejeció de golpe varios años y terminó con canas verdes tras tan extrema y agotadora vivencia.

Quizás por eso mismo, no se ha vuelto a tener noticias de experiencias similares en los años posteriores.

Hasta ahora, claro.

Porque ocurre que en cierto país llamado Chile, apareció una émula de Noé llamada Michelle. Ella, pese a lo traumático de la bíblica experiencia, valientemente afrontó otra vez la monumental obra de milenios atrás: construir un arca y reunir en su interior a una variopinta masa de seres vivos de orígenes, intereses, creencias, competencias y experiencias (tantas encias juntas, Dios mío) no sólo disímiles, sino derechamente opuestos en algunos casos, para salvarlos del desastre y de la desaparición, y conducirlos, tras una ardua navegación, a la cima del nuevo Ararat.

Hay ciertas diferencias, por cierto, entre Michelle y Noé. Primero, aunque sus seguidores le reconozcan condiciones de santidad, Michelle, hasta donde sabemos, no actúa por mandato divino.  Segundo, pese a que algunos se comportan como tales, su carga no está compuesta por animales, sino por seres humanos. Tercero, no es a la creación a la que tiene que salvar, sino sólo a la concertación. Cuarto, si bien, al igual que su antecesor, requiere de financiamiento, éste le llega con mayor facilidad, tras muy breves trámites y a tasas mucho más convenientes que a ella (lo negativo es que, seguramente, tendrá que pagarlo, ya que no se visualizan posibilidades de que sus acreedores perezcan ahogados). Quinto, ella no ha tenido que andar detrás de sus pasajeros para subirlos al arca; por lo que se conoce, son ellos mismos los que le han pedido, suplicado incluso, que los guíe hasta allí.

La disimilitud más importante, sin embargo, la que podría calificarse de crucial, es el punto de destino del arca. Mientras el de la que conducía Noé, el monte Ararat, se definió en la relación de éste con su Supremo Mandante (desconozco si como fruto de una negociación entre ambos o, lisa y llanamente, de una orden del segundo), el de la que conduce Michelle aún no ha sido definido, y se desconoce si lo será alguna vez.

Como usted, estimado lector, con su natural perspicacia, concluirá fácilmente, este es un punto demasiado relevante. Noé la tenía fácil. El Pulento (así le llamaba, allá por los 80, un predicador del Paseo Ahumada) no sólo era un asesor experto, el mejor disponible en el mercado de esa época, sino que además estaba involucrado en el éxito del proyecto. Mal que mal, la idea de salvar a los animales había sido de su autoría. De manera que hizo todo lo divinamente posible para garantizar su éxito. Michelle, en cambio, tiene que arreglárselas sola. Y si construir el arca ya era una tarea titánica, imagine usted que calificativo merece la de poner de acuerdo, sin ayuda divina, a la tripulación y a los pasajeros acerca de su meta.

Desde luego, no es éste el único punto que Michelle tendrá que resolver. Al igual que su antecesor deberá enfrentar los efectos que el hacinamiento y el prolongado encierro generen en tan disímiles pasajeros, y las tentaciones que a éstos les produzca el contenido del arca. La convivencia será difícil, qué duda cabe. Tanto que en este temprano momento, cuando el proceso de embarque aún no finaliza, ya se advierten signos de inquietud: pequeños roces, incomodidades menores, tímidos salivazos, uno que otro codazo solapado, algunos intercambios de pareceres un poco subidos de tono, hasta unos pocos puntapiés huachos por ahí. Nada grave, en todo caso, al menos por el momento.

Lo complicado, y eso lo debe saber muy bien Michelle, vendrá después, cuando ya todos hayan subido y se desate por fin el diluvio. Ahí, de seguro, las divergencias crecerán en intensidad, y cuando éste llegue a su apogeo, se desencadenarán a todo trapo. No sólo el lugar de destino estará en discusión. Los cargos de la tripulación (oficiales, subalternos, sobrecargos, hasta camareros y aseadores) se disputarán a sangre y fuego. Seguramente los alimentos, abundantes pero no ilimitados, no serán suficientes para todos, y algunos más agresivos intentarán saquear la despensa. Los cuchillos largos saldrán a relucir, y las patadas y zancadillas se volverán pan de cada día. Michelle necesitará entonces toda su hábil muñeca, y mucha voluntad, creatividad y una paciencia a toda prueba, para salir adelante. Primero, para seleccionar su destino (le encargo la batalla campal que se va a armar); segundo, para elegir a su tripulación (aunque Michelle no sea creyente, la trifulca aquí adquirirá proporciones bíblicas); tercero, para ordenar a los pasajeros (en especial a los que no fueron considerados en la repartija); y cuarto, como si lo anterior fuera poco, para maniobrar el timón y, en medio de la tormenta, conducir con éxito la pesada embarcación hacia la anhelada meta.

Echará de menos Michelle, le garantizo, una buena comunicación con el Supremo Hacedor. Lamentará, seguramente, el no poder, en los momentos más álgidos de la travesía, contactarse con Él para pedirle su apoyo, ni su asesoría, ni su guía experta. Tendrá que batirse solita. No le quedará otra. Salvo que algunos de sus oficiales, que tienen línea abierta de manera permanente con la divinidad, se consigan, como por debajo, algunas ayuditas, y tengan la habilidad de trasmitírselas sin que ella se percate de su procedencia.

Compleja tarea le espera a Michelle, qué duda cabe. A los que somos espectadores, en todo caso, sólo nos resta aguardar que ella sortee exitosamente este duro trance que, voluntariamente, eligió enfrentar. Que termine de llenar la nave, que distribuya bien a su tripulación, que acomode sin inconvenientes a sus pasajeros, que defina su derrotero, y que luego sea capaz de sortear con éxito las duras pruebas que éstos y el diluvio le pondrán por delante. Que de verdad consiga maniobrar con destreza su gigantesca embarcación, para hacerla surcar con fluidez por las tempestuosas aguas y encallarla por fin en la cima del monte Ararat.

Y aunque tampoco nos manejemos en íntimo contacto con el Divino Hacedor, no está demás plantearle a Éste que le pegue, de vez en cuando, una apuntalada. Para que mantenga al menos la embarcación a flote y no pierda el rumbo.

Y en especial, para que Michelle no envejezca demasiados años de golpe ni le salgan canas verdes.

Aunque en estos tiempos de la cosmética, si llegaran a aparecerle, no tendríamos cómo comprobarlo.