viernes, 2 de enero de 2015

2014, el año en que no combatimos la desigualdad

El final del año, por eso de los ciclos y de la imperiosa necesidad que tenemos los humanos de disponer de oportunidades para volver a empezar, es época de revisiones, de análisis y evaluaciones. Siempre ha sido así y el 2014 no es la excepción. Lea, si no, la prensa de los últimos días.

Con las mencionadas herramientas (eso son las revisiones, análisis y evaluaciones: herramientas de diagnóstico) pretendemos, al menos en el papel, reconocer nuestras omisiones, nuestras acciones inconducentes y nuestros errores, con el sano propósito de corregirlos. ¿Para qué? Pues, para mejorar nuestros futuros desempeños o, lo que viene a ser más o menos lo mismo, para acercarnos a nuestros objetivos y, en lo posible, alcanzarlos.

Dicho método funciona para cualquier tema (educación, salud, negocios, su propia vida personal; en fin, el que usted quiera) y, en particular, para la desigualdad.

Por cierto, siendo ésta una materia tan relevante, no puede quedar excluida de ese sano ejercicio. No se olvide que la campaña presidencial giró, íntegra, en torno a ella. Fue, de hecho, el caballito de batalla, la afilada punta de lanza que Michelle Bachelet utilizó para hacer estragos en las filas enemigas (en las propias, según parece, también, pero eso es otra historia). Es preciso, pues, indispensable más bien, evaluar: ¿qué ocurrió durante el 2014 con la desigualdad? Lo invito a averiguarlo.

Lo primero que habría que revisar es qué pasó con el concepto propiamente tal. ¿Se esclareció durante este año? ¿Se determinaron sus reales alcances? ¿Se identificaron sus causas? ¿Se estableció su correcto significado?

Para nuestra desgracia, no.

La muestra patente de que ello no ocurrió está disponible en algunos artículos, escritos por connotados personajes de nuestra vida pública, provenientes de todos los sectores, que se refieren al tema. Ninguno lo hace desde la óptica correcta, esto es que la excesiva desigualdad (y la inequidad que conlleva) es una forma de explotación situada sólo un peldaño más arriba que la esclavitud y, como tal, una violación lisa y llana de los derechos humanos.

Por el contrario, hay quien habla de “equilibrios”, pese a que sabemos desde hace mucho tiempo que los derechos humanos no son relativos, por lo que no deben equilibrarse con nada (sólo deben respetarse a rajatabla lo cual es, además, un muy buen negocio, como lo comprueba el nivel de desarrollo y bienestar alcanzado en las sociedades donde el combate contra la desigualdad es una política de Estado). Y hay, también, quien habla de preferencias sociales y de concepciones erróneas acerca de cómo ellas se manifiestan, olvidando que los mencionados derechos no están sujetos a los vaivenes de la opinión pública, ni menos a los efectos de las graves carencias de que adolecen algunas sociedades (la desinformación, por ejemplo, generada por el bajo nivel educacional promedio y la brutal concentración de la propiedad de los medios de comunicación en manos de grupos interesados en mantener el statu quo).

La magnitud de las falacias mencionadas puede apreciarse con un sencillo ejemplo. Imagine una sociedad esclavista donde alguien plantee que la libertad debe otorgarse a los esclavos de manera paulatina, ya que compromete el crecimiento económico. O donde se alcen otras voces manifestando que los esclavos no están interesados en obtenerla, sino más bien en mejorar sus condiciones de trabajo (con encuestas serias de respaldo, desde luego). ¿Le parecen aberrantes estos planteamientos? Eso es porque efectivamente lo son, tal como los dos mencionados más arriba.

En segundo término, deberíamos indagar acerca de los objetivos. Éstos, como usted bien sabe, son insoslayables en las evaluaciones. Si usted quiere saber cómo lo hizo durante el año que termina, bien o mal, debe necesariamente disponer de una definición previa de qué se considera, en su caso específico, “hacerlo bien” y “hacerlo mal”. Como “bien” y “mal” son conceptos relativos, no hay otra manera. Tendríamos, pues, que hacer preguntas tales como, ¿qué ocurrió con los objetivos definidos por el actual gobierno para enfrentar al flagelo? ¿Se lograron durante el año que termina, aunque sea parcialmente? ¿Cuánto avance se registró? ¿Fue razonable?

Si así lo hiciéramos, no obstante,  recibiríamos un golpe brutal, ya que descubriríamos que ¡no hay objetivos! No sólo eso, sino que tampoco existen herramientas sistemáticamente utilizadas para medir los avances registrados en su procura, ni menos procedimientos orientados a difundir la información generada mediante su aplicación.

Así que no tenemos conceptos claros, ni causas conocidas, ni objetivos definidos ni herramientas de medición. Es una buena batalla la que estamos librando, ¿no le parece?

Ok, el escenario es devastador, aceptémoslo. Sin embargo, no todo tiene que ser tan deprimente, ¿verdad? Deberían, al menos, existir ideas acerca de cómo enfrentar el azote, e iniciativas concretas derivadas de ellas.

A ver, ¿las conoce usted? Yo no, pero tal vez usted está mejor informado. ¿Cuáles son las ideas que generó el actual gobierno para enfrentar, por ejemplo, la desigualdad en el ámbito de la vivienda? ¿Y en el de la justicia? ¿Y en el de las finanzas familiares? Es un misterio, ¿no es cierto? Y en ningún caso glorioso (más bien doloroso y vergonzoso).

Conocemos, por cierto, las iniciativas promovidas en materia tributaria y educacional y ambas son, como usted bien sabe, lamentables. Respecto de la primera, el proyecto finalmente aprobado mantuvo la principal causa de inequidad de la que adolecía su predecesor: el sistema integrado de impuesto a la renta. Le recuerdo: en este tipo de sistemas, son las personas naturales quienes financian la totalidad de los servicios públicos que consumen las empresas (¿le parece equitativo que entre todos costeemos servicios consumidos por terceros que, además, persiguen fines de lucro?; por si no se ha percatado, eso es un subsidio), con el objeto de que éstas les paguen sus impuestos personales a sus propietarios. Es un sistema inequitativo por definición y, pese a ello, no se hizo nada por eliminarlo.

Respecto de la segunda, como usted sabe, la única forma de reducir la inequidad es mejorando el nivel de la educación pública. ¿Cuál de las iniciativas mencionadas (la no selección tiene sus méritos, lo reconozco), le parece a usted, apunta en ese sentido? ¿Cuál mejora la infraestructura, el nivel del profesorado, la dirección de los colegios, la administración del sistema público de educación, los métodos de enseñanza, las materias que deben impartirse (que son, según tengo entendido, los factores que definen la calidad de la educación)? Ya sé lo que va a decirme: ninguna. Reducir la inequidad en materia de educación no tenía ninguna premura para este gobierno.

Y respecto de acortar la brecha de ingresos entre los sectores más acomodados y los menos favorecidos, ¿conoce usted alguna iniciativa? ¿Aunque sea una? Pues no, porque no las hay. O, al menos, no se conocen. Si existen, son secretas y están muy bien escondidas.

De manera que no sólo no hay conceptos claros, ni causas identificadas, ni objetivos definidos ni herramientas de medición implementadas. Tampoco ideas ni menos, por consiguientes, iniciativas derivadas de éstas. El problema es grave, ¿no encuentra usted?

Leí el programa de Michelle Bachelet y puedo asegurarle que hablaba de desigualdad. No lo estoy inventando, se lo juro. De hecho, era una de las palabras que más se repetía  en su texto. ¿Qué fue lo que ocurrió para que todo ese discurso (que a estas alturas más parece cháchara) no se haya manifestado en ningún hecho concreto durante el 2014? Bueno… tal parece que eran sólo palabras, y éstas, como lo tenemos muy claro, se disuelven a la más leve brisa.

Ésa es la razón que explicaría, entonces, por qué el 2014 se transformó, pese a todo lo que se habló al respecto, en un año perdido. La causa por la que se convirtió, por increíble que parezca, en el año en que no combatimos la desigualdad.