miércoles, 27 de noviembre de 2013

El señor X

¿Cómo funciona en Chile el sistema de impuesto a la renta de las empresas? ¿El tan cacareado FUT?

Permítame mostrárselo con un ejemplo.

Suponga que usted tiene una fábrica de hamburguesas y que le compra la carne a un proveedor monopólico, el señor X. Suponga, además, que también le compra, por separado, la carne que destina al consumo familiar.

El contrato de abastecimiento que usted firmó con el señor X, establece que su empresa pagará durante el año anticipos a cuenta de sus adquisiciones (PPM, les llamó el señor X), los que liquidará en abril del año siguiente (y así en cada año sucesivo). Establece, además, que usted como empresario no pagará durante el año por la carne que adquiera, sino que lo hará también, previa liquidación, en abril del año siguiente.

Durante el año, el señor X abastece regularmente carne a su empresa y ella le retribuye con los PPM acordados. Éstos, por instrucciones del señor X, son anotados por su contador en un registro especial denominado FUT. Usted, por su parte, según lo convenido, recibe la carne sin pagar un peso por ella.

Cuando llega el momento de la liquidación (abril, ya dijimos, no hay plazo que no se cumpla), la situación es la siguiente: valor de la carne comprada, $ 120 millones; PPM pagados, $ 130 millones; carne adquirida para consumo familiar, $ 10 millones (qué bueno, piensa usted; con los $ 10 millones de excedente de anticipos, pago mi deuda personal y asunto saldado).

No obstante, el señor X le tiene una grata sorpresa: no sólo le devolverá los $ 10 millones de excedente de anticipo, sino que usted podrá embolsárselos tranquilamente y gastarlos en lo que quiera, ya que no tendrá que pagar su deuda personal. Ésta, le dice sonriente el señor X, quedará saldada.

Hay un error ―replica usted (las cuentas claras conservan la amistad)―; yo no he pagado mi consumo familiar.

Desde hace un tiempo ―le informa con voz firme el señor X, haciendo más amplia aún su amistosa sonrisa― estamos operando con un sistema de pago integrado entre las empresas y los empresarios. Las empresas no usan los pagos que efectúan para saldar sus propios consumos, sino los de sus propietarios. En consecuencia, con los $ 120 millones que canceló su empresa cubriremos los $ 10 millones que usted nos debe, y el saldo quedará como anticipo, reflejado en su cuenta FUT, para financiar sus consumos futuros. ¡Ah! Y no se preocupe, pues en cuanto a su empresa, no me debe nada.

Pero, ¿cómo? ―dice usted, estupefacto―. Con ese sistema su empresa se desfinanciará.

Descuide ―retruca el señor X, haciéndole un guiño y un gesto de complicidad―. Yo compenso eso, cobrándoles la carne más cara a mis compradores “no-empresa”.

Pero ―arguye usted, siempre preocupado por el bienestar del prójimo― eso es injusto. La gente se dará cuenta y reclamará.

Usted quédese tranquilo y déjeme eso a mí ―responde el señor X con semblante beatífico―. No son muy avispados, así que no se darán cuenta. Le garantizo que podemos estar 30 años así. Y si alguien reclama, sacaremos un discurso de que está en contra de las empresas, de que es comunista, de que la riqueza no existe y hay que crearla, y bla bla bla, y todo arreglado. Tengo asesores especialistas en generar cortinas de humo. Vaya y disfrute de sus excedentes, que yo me encargo del resto.

Y mientras usted se retira, el señor X se le acerca, le palmotea la espalda, y le dice con voz convincente: despreocúpese, está todo controlado.

¿Le quedó claro el ejemplo? Ahora cambie al señor X por el Estado chileno y la carne por los servicios que éste otorga a todos los habitantes de Chile (incluyendo, por cierto, a las empresas), y tendrá el escenario donde se desarrolla nuestra vida diaria: en Chile, amigo lector, las empresas no pagan por los servicios que reciben del Estado y de la sociedad (seguridad, vialidad, justicia, normativas varias, fomento, orden, tranquilidad, convenios bilaterales y un largo etcétera), sino que financian los impuestos de sus propietarios. Gracias a eso, éstos no pagan impuestos (revise los datos del SII si no me cree: el impuesto global complementario representa no más del 1% de la recaudación total y se cubre en su totalidad con los tributos de las empresas). Y el Estado, desde luego, nos recarga la mata a todo el resto en compensación. Es un sistema injusto e inmoral, creado específicamente para que los grandes y medianos empresarios acumulen riqueza.

Desde luego, cuando saltan al tapete las demandas populares pidiendo que este vergonzoso mecanismo se modifique, salen los especialistas en generar cortinas de humo a distraer la atención. Los argumentos los conocemos: hay que evitar la doble tributación (¿dónde habrán aprendido que empresas y empresarios son lo mismo?), fomentar la reinversión (¿de dónde habrán sacado que un sistema de impuestos equitativo perjudica la inversión?), proteger a quienes generan riqueza (¿en qué mente puede caber que un sistema de impuestos equitativo es una agresión contra los empresarios?). Todas, consideraciones falaces, que no apuntan al problema específico sino que se van por las ramas. Son distractores; voladores de luces; argumentos madurados por años para proteger este verdadero despojo.

Pero, dirá usted, afortunadamente queda poco. El nuevo gobierno se encargará de efectuar todos los cambios que sean necesarios.

Tengo que decirle, estimado lector, que su ingenuidad me enternece. ¿Cree usted realmente que Michelle Bachelet (porque ya sabemos que Evelyn Matthei, aparte de tener muy pocas probabilidades de ganar, no modificará el actual sistema) efectuará los cambios que se requieren? Lea, por favor, su programa: mantiene el FUT (aunque diga que lo elimina), baja las tasas y les aumenta granjerías a quienes perciben más ingresos, incorpora la depreciación instantánea… ¿qué cree usted que saldrá de semejante potpurrí?


No se ilusione, amigo lector. Retorne a nuestra terrenal realidad. Recuerde, mejor, las últimas palabras del señor X y despreocúpese. Está todo controlado.