domingo, 29 de diciembre de 2013

El FUT, ¿es individual o colectivo?

El hecho de que nuestro sistema tributario sea tan alambicado (quien lo diseñó se esmeró, al parecer, en violar con alevosía el principio de sencillez), trae aparejada una innegable dificultad para entenderlo. No es cosa de llegar y deambular por sus intrincados vericuetos. Para hacerlo con propiedad, es indispensable tener los conceptos muy claros y, por cierto, hacer también uso del sentido común (que, como dijo alguien por ahí, es el menos común de los sentidos).

Lo anterior es plenamente aplicable a la interrogante que origina este artículo: en una sociedad comercial cualquiera, ¿quién es el propietario del FUT? Y, por consiguiente, ¿quién posee el derecho de usarlo en su declaración individual de impuesto a la renta?

Las alternativas , como resulta evidente, son sólo dos: o pertenece a cada socio por separado, lo que significa que éstos pueden usarlo sólo en la proporción que les corresponde, o es un bien común, de propiedad colectiva, lo que faculta a cualquiera de ellos para acceder a él según sean sus necesidades.

Para dilucidarlo con total claridad, veamos primero qué es el FUT.

El Fondo de Utilidades Tributables, definido en el artículo 14 A 3°, del DL 824 (Ley de la Renta), es ni más ni menos que un libro contable, un sistema ordenado de registro donde uno debe anotar algunos hechos económicos derivados de la aplicación del absurdo sistema tributario imperante. Como todo registro, su alcance es limitado. Sirve para anotar y punto. No tiene otro uso. Y como es archisabido, la naturaleza del hecho registrado no cambia por la sola circunstancia de anotarlo. A modo de ejemplo, cuando el SII toma nota de que usted posee una vivienda o un automóvil, ello no afecta su calidad de propietario. Usted sigue siendo el dueño de ambos bienes, y lo único que ha variado es que el Fisco se ha dado por enterado de ello.

¿Por qué razón debe existir este registro llamado FUT? Ocurre que nuestro irracional sistema tributario establece que los impuestos de primera categoría pagados por las empresas, no son de beneficio fiscal, sino meros anticipos de los impuestos personales de sus propietarios. Y si son anticipos, es indispensable registrarlos, para irlos consumiendo en la medida que las condiciones que la misma normativa establece, se vayan cumpliendo. Para eso, entonces, sirve el FUT. Ahí se efectúa el mencionado registro.

¿Y qué se debe anotar en este libro contable llamado FUT? Principalmente dos datos: las utilidades que, habiendo tributado en primera categoría, no han sido retiradas de la empresa por sus dueños y, como consecuencia de ello, están pendientes de tributación individual; y los créditos tributarios a los que da derecho el impuesto de primera categoría pagado por la firma.

La principal anotación que usted efectúa en el registro FUT, entonces, es la utilidad de la empresa. ¿Y a quién pertenece dicha utilidad? A sus legítimos dueños, dirá usted, y tiene toda la razón. Veamos, pues, quiénes son éstos.

La respuesta, como usted ya lo tiene clarísimo (le pido excusas por el grado de detalle, pero ésta pretende ser una explicación que no deje espacio para la duda), está en la escritura de la sociedad. En efecto, es en el contrato social donde los socios establecen la forma en que se repartirán las futuras utilidades del emprendimiento que están iniciando en conjunto. En el 99,99% de los casos (habrá, desde luego, alguna excepción) dicho reparto se efectúa en la misma proporción que las participaciones sociales. Por consiguiente, si usted posee un 60% de una empresa, normalmente es dueño del 60% de sus utilidades; y si posee un 1%, es dueño sólo del 1% de éstas. ¿Capisci?

¿Se modifica la propiedad de las utilidades cuando se las anota en el registro FUT? A primera vista, no tendría por qué. Como ya señalé, la naturaleza de las cosas no cambia por el solo hecho de registrar su existencia en un libro. Ahondemos, sin embargo, en el tema, para dejarlo meridianamente claro.

Ocurre que el “derecho de propiedad” está expresamente protegido en nuestra Carta Fundamental (artículo 19, 24°), la que establece que “nadie puede, en caso alguno, ser privado de su propiedad, del bien sobre que recae o de alguno de los atributos o facultades esenciales del dominio, sino en virtud de ley general o especial que autorice la expropiación por causa de utilidad pública o interés nacional, calificada por el legislador”.

En palabras simples, si usted es dueño de su utilidad, nadie puede privarlo de la propiedad de ella en contra de su voluntad. Ello sólo podría hacerse, como señala taxativamente nuestra Constitución, en virtud de una ley.

Ahora bien, como no existe en nuestro ordenamiento jurídico una ley que señale que usted pierde la propiedad de SU porcentaje de utilidad al anotarlo en el registro FUT, necesariamente tenemos que concluir que el FUT no es colectivo; que pertenece a cada socio en la proporción que establece la escritura social. No hay ninguna otra interpretación posible, amigo lector. Y si alguien quiere convencerlo de lo contrario, tenga la plena seguridad de que, o no sabe del  tema o pretende pasarle sandías por nueces.

¿Y qué pasa con el crédito tributario al que da derecho el impuesto de primera categoría pagado por la empresa? Dado que lo accesorio sigue la suerte de lo principal, también pertenece a los socios en el mismo porcentaje establecido en la escritura de sociedad. Pero dígame, estimado lector, ¿cómo podría ser de otra manera? ¿Alguien podría, seriamente, sostener que, siendo las propiedades individuales, los derechos a los que ellas dan origen son colectivos?

Así, si un socio posee un 1% de una sociedad e igual porcentaje de su utilidad, es propietario de sólo un 1% del FUT y tiene derecho a usar sólo un 1% del crédito de primera categoría. Ni más ni menos. ¿Quedó claro?

Distinto es, por cierto, lo que ocurre en la práctica. Ya sea porque los demás socios lo autorizaron o porque el contador o el abogado se equivocaron (seguramente porque no tenían la película clara), puede darse el caso de que un socio haga uso de un porcentaje mayor del FUT del que le corresponde. ¿Qué ocurrirá en tal situación? Nada. Mientras el socio afectado no descubra lo ocurrido y no efectúe el correspondiente pataleo (Código Civil o Penal, según corresponda), tal circunstancia no tendrá ninguna consecuencia (salvo que el afectado necesite urgentemente el FUT y no pueda hacer uso de él porque alguien se lo ocupó).

Pero, ¿qué dice el SII al respecto?, preguntará usted. Como instancia especializada, alguna vela deberá tener en este entierro, ¿no? Al respecto, yo le pregunto, ¿por qué tendría que decir algo? El SII no es una instancia competente para pronunciarse respecto de problemas de particulares. Si usted hace mal uso de un FUT ajeno, al SII, mientras no haya un problema tributario de por medio, le da lo mismo. No está ni ahí. Y, por cierto, no tendría por qué estarlo. El SII no es árbitro de problemas internos de una sociedad. Está para proteger el interés del Fisco y no para resguardar los de particulares.

Así que, estimado lector, si usted es socio de una sociedad de personas o de una anónima cerrada, ojo con las declaraciones de renta. En una de ésas, guardan alguna sorpresita, de ésas desagradables.

Todo lo anterior lo traigo a colación producto de algunas dudas que se generaron en una de mis columnas anteriores. En ella me refería a un mecanismo de elusión tributaria (retiros en exceso por sobre el FUT disponible) que aprovechaba, precisamente, la situación que acabo de describir: que los socios pueden hacer uso del FUT sólo hasta el porcentaje de propiedad que les corresponde. Debo manifestar al respecto, que quienes descubren los métodos apropiados para eludir son, aunque hagan mal uso de ello, personas entendidas en la materia. No cualquiera crea mecanismos destinados a torcerle la nariz a la legislación vigente. Se necesita una mezcla de conocimiento y capacidad que tiende a ser escasa. Tal vez por eso cuesta tanto comprender, y aceptar, que las triquiñuelas que utilizan puedan ser posibles.

Pero, ¿se usan realmente esas triquiñuelas? ¿O son meras elucubraciones académicas en las que nos embarcamos los que escribimos acerca del tema?

En el link https://www.dropbox.com/s/w9vpcu2hldj6dr0/RAAE006W50005541.zip está, disponible para su descarga, un archivo zip elaborado por el SII, y al que accedí por medio de la Ley de Transparencia. Este archivo contiene los resúmenes de las declaraciones de renta (formulario 22) de los años 2008 a 2012, con las cantidades y montos acumulados a la fecha de entrega de la información (diciembre de 2013) en cada uno de los códigos del formulario. Si el mecanismo de elusión que he descrito se utilizara con cierta frecuencia, ello debería reflejarse en el Código 320 del Recuadro N° 6, Exceso de retiros para el período siguiente, ya que ahí los contribuyentes deben anotar dicha información cuando la circunstancia en cuestión se produce.

Me limitaré a exponer sólo las cifras para el año 2012. Usted, apreciado lector, puede, si le interesa, revisar los años restantes. La información disponible señala que 70.905 contribuyentes (un 20% del total) declararon exceso de retiros para el ejercicio siguiente, y que el monto acumulado a dicha fecha por tal concepto ascendía a $ 155,3 billones (USD 293 mil millones app., al dólar actual).

La información disponible, reiterémoslo, no es una estadística filtrada y revisada por el SII. Corresponde, como ya dije, a la acumulación de las declaraciones de renta de los contribuyentes. Está, por consiguiente, afecta a todos los errores en que puedan haber incurrido éstos. Sin embargo, su enorme magnitud es una seria señal de alerta. Aunque esté inflada diez veces, igual estamos hablando de una cifra terrible, escandalosa, impresentable, de elusión. Un asunto de dimensiones colosales. Suficiente como para varias comisiones investigadoras (aunque, en la práctica, no sirven para nada, son una señal de que el país ha tomado nota de la existencia de un determinado problema).

Así las cosas, amigo lector, ¿cree usted que hay que seguir considerando el tema a la ligera? ¿O habrá que ponerse a trabajar en serio para reformar el inmoral sistema vigente hasta sus raíces? Usted tiene la palabra.

Que tenga unas felices fiestas.

jueves, 26 de diciembre de 2013

El coeficiente de Gini

Usted, estimado lector, está familiarizado con el ingreso per cápita y el porcentaje de cesantía. Escucha hablar de ellos con mucha frecuencia. A cada rato, en realidad. Majaderamente, las autoridades económicas, miembros de la Alianza y el mismo Presidente nos repiten, como machacadora industrial, que esos índices ―las omnipresentes “cifras macroeconómicas”― son la prueba fehaciente de que Chile transita por el camino correcto, y de que, incluso, lo hace muy cerca del pináculo: la ansiada condición de “país desarrollado”.

Los promedios, es algo archisabido, son muy engañosos. En verdad, pueden dar para cualquier cosa. La clásica cita de George Bernard Shaw, “la estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, ambos tenemos uno”, ilustra el punto con meridiana claridad. Un país de un millón de habitantes donde uno recibe 30 mil millones de dólares anuales y los demás cero, tiene un Ingreso per cápita de USD 30.000, cifra que, según el criterio de nuestra derecha (y también de algunos economistas de la Nueva Mayoría), lo dejaría de lleno inserto en el selecto club del desarrollo sin que medie consideración adicional alguna. En la vida real, países como Brunei Darussalam, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait son evidencias concretas de tal situación.

Algo parecido ocurre con el Índice de cesantía. En las sociedades que practicaban la esclavitud y el vasallaje, dicho indicador se aproximaría a cero, pues mide el porcentaje de la población que está inserto en el mundo laboral, pero omite olímpicamente pronunciarse acerca de las condiciones  en las que lo hace.

Cuando nuestras autoridades nos hablan de Ingreso per cápita e Índice de cesantía, entonces, nos están dando una información sesgada e incompleta. Nos están mostrando, como diría un vespertino comentarista pro-gobierno, sólo la parte llena del vaso. Y ocurre que para tener una visión integral de la situación de nuestro país, para saber realmente en qué pie estamos, es indispensable observar el  vaso completo.

¿Qué información es la que falta? La definición de “país desarrollado” lo señala con total claridad. Un país desarrollado (Kofi Annan) es aquél que provee a TODOS sus habitantes de una vida libre y saludable en un ambiente seguro. El término clave, y por eso está con mayúscula, es “todos”. No basta con crecer; para que nos acerquemos al desarrollo, todos tenemos que participar equitativamente del crecimiento.

Lo que nos lleva directo al factor ausente, al que ex profeso, intencionadamente, se omite: la distribución del ingreso.

Tal como ocurre con el ingreso per cápita y el desempleo, es posible medirla. El indicador más utilizado en el mundo para ello es el coeficiente de Gini. Éste es un número entre cero y uno, donde cero muestra la perfecta distribución (todos reciben el mismo ingreso) y uno, la perfecta desigualdad (sólo uno recibe todo el ingreso y los demás, nada). Internacionalmente, se acepta como buenas distribuciones las menores o iguales a 0,3; regulares, las que se hallan entre 0,3 y 0,4; malas, las que se ubican entre 0,4 y 0,5; pésimas, las situadas entre 0,5 y 0,6: y aberrantes, las mayores de 0,6. Coeficientes de Gini sobre 0,5 son muestras de situaciones intolerables, desigualdades excesivas, sociedades abusivas y explotadoras donde grupos privilegiados se benefician groseramente del esfuerzo de la gran mayoría de sus conciudadanos (Chile, según el Banco Mundial,  tiene un coeficiente de Gini de 0,52, aunque hay expertos que aseguran que la cifra correcta, ya que hay ingresos ocultos, es 0,57). Por cierto, el coeficiente de Gini califica absolutamente como una variable macroeconómica.

Analicemos ahora lo que ocurre: si usted tiene un problema y quiere solucionarlo (y en Chile, aunque se pretenda ocultarlo, hay una excesiva desigualdad), lo primero que debe hacer es ventilarlo. Hay que escarbar en la herida. Hay que exponer las llagas para que se curen. Si se mantienen ocultas, la infección crece, con consecuencias gravísimas. Lo segundo, es medirlo. La máxima atribuida a Lord Kelvin es perentoria: lo que no se mide, no se puede mejorar, y lo que no se puede mejorar, siempre se degrada. Es como las enfermedades: cuando usted se siente mal, lo primero que hace es medir (hay una batería de indicadores para ese efecto); después investiga más a fondo para determinar las causas. En el caso de la desigualdad es lo mismo. Si queremos combatirla, hay que sacarla a la luz, convertirla en un tema diario, como el ingreso per cápita; y HAY QUE MEDIRLA. No ocasionalmente, como por accidente u obligación, sino como parte de una política estable y permanente destinada a corregirla. Aunque sea incómodo.

De manera que el coeficiente de Gini  no debería ser un dato relegado al ámbito investigativo y defenestrado de la discusión pública, sino un indicador de la más alta importancia, de actualización y perfeccionamiento constante, expuesto a todas las miradas y ligado indisolublemente al Ingreso per cápita.

Dicho eso, vienen las consabidas preguntas: ¿cómo explicamos entonces que nuestras autoridades lo omitan cuando informan la evolución de las variables macroeconómicas? ¿Cuáles son las razones de que no sea un tema relevante en la discusión parlamentaria y que nuestros congresistas, de todas las tendencias, nunca se refieran a él? ¿Por qué no se registra NINGUNA mención al respecto en el programa de Michelle Bachelet? ¿A qué se debe que nuestros periodistas lo excluyan olímpicamente de sus artículos, entrevistas, consultas y debates? ¿Hay acaso un acuerdo generalizado de relegarlo al cuarto de los trastos viejos? ¿Es que nuestros apreciados integrantes del fenecido cuarto poder (facultad que no se ejerce, se pierde) no entienden, definitivamente, el tema? ¿O será que todos, políticos, economistas y periodistas, viven en una burbuja sin contacto con el país real?

Digámoslo con todas sus letras: así como un estadístico competente jamás considera aislado el dato de la media, sino que lo complementa con medidas de distribución tales como la varianza y la desviación estándar, ningún político o economista serio debería presentar el Ingreso per cápita sin su medida de distribución asociada: el coeficiente de Gini, y ningún periodista competente debería aceptar que ello ocurriera. Si lo hacen, si se omite tal información y ello es tolerado, es porque el difundirla no le conviene a nadie (el que calla, otorga). En tal caso, estaremos condenados a que el coeficiente de Gini, que se ha mantenido sobre 0,5 durante los últimos 40 años (porque, como es obvio, nadie ha hecho nada al respecto), siga así por otros 40 (o al menos, por los próximos cuatro).


El coeficiente de Gini, estimado lector, no es cualquier índice. Es el indicador más usado para medir la magnitud del principal problema que afecta a nuestro país: la enorme desigualdad. ¿Cuándo será el día que comencemos a usarlo como corresponde?

martes, 24 de diciembre de 2013

Un cuento navideño

―¡Lo que usted hace conmigo es inhumano, don Alfredo! ―oyó gritar a Rosauro, mientras aceleraba desde la reja de su casa en dirección a la esquina. Esto es demasiado; la gente, definitivamente, carece de dignidad.
―¿Por qué él dice que eres inhumano, papá? ―lo interrogó su hija Consuelo, que viajaba junto con su hermano Daniel en el asiento trasero.
La molesta pregunta lo distrajo unos instantes, justo cuando comenzaba a doblar la esquina. Luego vino el impacto, brutal, el dolor breve pero intenso, la sensación de volar, y la oscuridad absoluta.
Se repuso tras lo que pareció ser sólo un par de segundos. Estaba mareado, pero no sentía molestias. El automóvil se había volcado, pero pudo salir por la ventana sin inconvenientes. La camioneta 4X4 que lo había chocado estaba atravesada a un costado de la calzada, y su conductora parecía estar en estado de shock.
¡Los niños! Se agachó y los vio. Ambos se hallaban inconscientes. Intentó coger la manilla de la puerta, pero su mano pasó a través de ella. ¿Qué demonios? La sensación fue realmente espeluznante. Volvió a repetir el intento, y ocurrió lo mismo.
―No podrás asirla ―le advirtió una voz aterciopelada a sus espaldas―. No sigas perdiendo tu tiempo.
―¿Qué está ocurriendo? ―se oyó gritar, mientras contemplaba aterrorizado cómo la pierna de un desconocido  atravesaba su pecho y le propinaba un feroz puntapié al vidrio de la puerta trasera.
―¿Aún no lo descubres? ―le preguntó la voz sedosa con un dejo de ironía.
Se levantó, sintiendo que la angustia lo devoraba y que su cuerpo temblaba como gelatina. No es cierto. No puede ser. Retrocedió un par de pasos y pudo observar el horrendo cuadro en toda su dimensión.
Su cuerpo estaba desmadejado en el asiento delantero, con su rostro girado de manera inverosímil y sus ojos muy abiertos. Todo el costado izquierdo de su cara estaba bañado en sangre. Rosauro y un par de personas que no conocía, estaban sacando a sus hijos del coche y los transportaban a un automóvil que se había detenido a prestar ayuda. La horrenda verdad se abrió paso en su mente como el agua por una compuerta recién abierta.
―¿Estoy… muerto?
―Eres muy perspicaz, te felicito.
Muerto… no fue capaz en un primer momento de dimensionar lo que eso significaba. La vida… era algo del pasado.
―¡Mis hijos! ¿Qué van a hacer con ellos? ¿Adónde se los llevan?
―No sé si es lo más apropiado, pero me parece que los están trasladando a algún centro asistencial. Imagino que querrás saber qué les ocurrirá, así que iremos con ellos. En el trayecto aprovecharemos de conversar. Tenemos varios asuntos que resolver.
Devastado, mientras las consecuencias de lo que acababa de comprender penetraban en su cerebro a raudales, Alfredo siguió a su interlocutor. Aprovechó de observarlo. Era etéreo, seguramente invisible a los ojos de los mortales, más alto que él y muy delgado. No pudo verle bien el rostro, pero tuvo la sensación de que no estaba bien definido, que parecía borroso, que, por absurdo que pareciera, cambiaba a cada momento.
Rosauro y los dos desconocidos estaban acomodando a los niños en el asiento trasero del automóvil. El acompañante de Alfredo extendió su brazo y le cogió uno de los suyos. Se extrañó al sentir la presión de sus dedos. Luego trepó al techo del auto y lo arrastró tras sí.
―Aquí viajaremos cómodos y podremos enterarnos de todo lo que ocurre ―le manifestó. Ahora podía verle mejor el rostro, pero aún así no fue capaz de distinguirle sus facciones.
―Recién intenté abrir la puerta del auto y mi mano pasó a través de la manilla ―planteó―. ¿Cómo es posible que ahora pueda apoyarme en el techo del auto y no pase de largo hacia abajo?
―Las leyes físicas que nos rigen son diferentes a las que te afectaban cuando estabas vivo, amigo mío. En tu estado actual, tú no descansas sobre ninguna superficie. La ley de gravedad no ejerce su influjo sobre ti. Tú flotas. Sin embargo, con alguna práctica puedes reproducir la sensación de reposo. En este caso, yo la he introducido en tu mente por medio de la presión de mis dedos.
―¿Quién es usted?
―¡Aaaah! Por fin la pregunta atingente. Me preguntaba qué ocurría, que te demorabas tanto. Soy tu ángel de la muerte.
―¿Mi qué?
―Me escuchaste perfectamente. No te hagas ¿cómo dicen ustedes? el huevón. Me desagrada repetir por repetir.
―¿Qué es un ángel de la muerte?
―Volvemos al proceso normal. Ésa es la segunda pregunta atingente. Soy, podríamos decir, tu asesor, el que te dará a conocer las opciones de que dispones en esta lamentable circunstancia, para que tú escojas la que más te acomode.
―¿Opciones? ¿Qué opciones? ¿Se refiere a elegir entre el cielo y el infierno?
―El asunto es un poco más complejo que eso, amigo mío. Sólo un poco, pero más. Como lo has hecho a lo largo de tu vida, también ahora, en el momento de la muerte, debes hacer uso de tu libre albedrío. Mi papel en esta historia, es brindarte toda la información de que debes disponer para cuando llegue ese momento.
Alfredo miró a su interlocutor. Su rostro seguía siendo borroso, pero ahora podía distinguirlo un poco mejor. Tal vez era producto del reciente impacto, pero le parecía que su faz se modificaba constantemente; que en ella se sucedían distintos rostros, uno tras otro, como en ese viejo caleidoscopio que su padre guardaba como un tesoro. Cuando era niño le encantaba mirarlo. Siempre se lo disputaba con su hermano. Su hermano… tanto tiempo sin verlo. Pero, ¿qué le estaba pasando? No podía estar muerto. Los muertos no piensan, no tienen cerebro, ¿o sí? Esto tenía que ser una pesadilla. Pronto despertaría y dejaría atrás esa angustia atosigante que lo estaba carcomiendo como manzana trepanada por un gusano.
El automóvil había ya recorrido varias cuadras. Reconoció el vecindario. Se dirigían a una conocida clínica capitalina.
―¿A qué información se refiere? ―preguntó entonces.
―¿Decías? ―contrapreguntó su acompañante.
―Habló de que tenía que entregarme información. ¿A qué se refería?
―Excelente pregunta. Ése es el tercer paso del programa: la información. Ahora se puede afirmar que entramos de lleno en materia. Mírame ―exigió el ángel con voz perentoria― y dime, ¿a quién ves?
El caleidoscopio se había detenido, y una fisonomía familiar pero que ya casi había olvidado, lo contemplaba con expresión seria.
―¡Don Gregorio!
Don Gregorio era una espina que tenía clavada muy profunda en su conciencia, por lo que no le fue agradable verlo a escasos centímetros de su cara. La visión, sin embargo, duró sólo unos instantes. Repentinamente sintió que la presión que ejercía su acompañante en su brazo se acrecentaba, que sus ojos se le cerraban, y que todo se volvía oscuro. Cuando, tras batallar por lo que parecieron ser unos segundos, logró abrirlos nuevamente, ya no estaba en el techo del automóvil.
Se vio a sí mismo sentado en la antesala de una oficina. Era un lugar austero pero, pese a ello, cálido y luminoso. Vio cómo la puerta de la oficina se abría y don Gregorio en persona salía a recibirlo.
―Han pasado varios años ―susurró el ángel―. ¿Recuerdas este momento?
Asintió, avergonzado. No era un recuerdo feliz, más que nada por lo que había ocurrido después.
―Era víspera de Navidad ―prosiguió el ángel―. Estabas cesante, sin un peso y lleno de deudas.
―No necesita seguir. Lo recuerdo muy bien.
  No había podido ni siquiera comprar regalos para sus pequeños. Cenarían gracias a una canasta de alimentos que le habían enviado por bus sus padres y su hermano desde Concepción. A partir del día siguiente, no sabía lo que haría.
―Fuiste a hablar con él de parte de tu esposa.
Cierto. Él había sido su jefe antes de que ella se casara, y la estimaba mucho.
―Fue muy atento. Te recibió, te escuchó y, aunque apenas te conocía, aceptó ayudarte.
Así no más había sido. Don Gregorio le había financiando su primer negocio, el que había sido el punto de partida de su actual prosperidad. Bueno… al menos de la que había tenido antes de morirse. La escena terminaba tal como la recordaba, con don Gregorio sonriendo francamente y estrechándole con fuerza la mano. Palabra de hombre.
Nuevamente el ángel le apretó el brazo y sus ojos se cerraron. Cuando logró abrirlos otra vez, el escenario había cambiado.
Mi oficina.
Se vio  llegando a su despacho y observando de soslayo a don Gregorio, que estaba sentado en la antesala. Exactamente igual que él, varios años antes. No lo reconoció de inmediato. Estaba muy cambiado: mucho más delgado y avejentado. Parecía acabado. Pasó por su lado sin saludarlo, desatendiendo su mirada ansiosa.
―No lo atendiste ―apenas le susurró el ángel; no había, sin embargo, reconvención en su tono―. Le mandaste decir con tu secretaria que estabas muy ocupado y que le dijera a ella qué era lo que necesitaba. Él se sintió herido, no fue capaz de resistirlo, dio las gracias y se retiró.
Vio a don Gregorio asentir con el rostro desencajado, para luego ponerse trabajosamente de pie, saludar a la secretaria y dirigirse hacia la salida. Caminaba algo gibado, con los hombros caídos. Parecía la imagen misma del desaliento.
Nunca más había sabido de él. Cuando, un par de semanas más tarde, agobiado por su conciencia, partió a buscarlo a su antigua empresa, no halló huella alguna. Los vecinos le dijeron que había quebrado y que hacía ya tiempo se había marchado. No había podido sacarse de su mente los remordimientos. Se negaban a morir con el paso de los años. ¿Por qué había actuado así? ¿Por qué lo había tratado de esa manera? ¿Por qué ni siquiera lo había recibido? ¿Por qué había dejado que se fuera sin hablar con él?
Volvió a sentir el apretón y a cerrar los ojos. Cuando su visión retornó, la imagen había cambiado. Ahora se hallaban en una concurrida avenida. La reconoció de inmediato. Estaba muy cerca de su oficina. Vio a don Gregorio cabizbajo al borde de una de las aceras.
―Está tratando de comerse el poco orgullo que le queda, para volver a tu oficina y hablar con tu secretaria ―le informó el ángel―. Ya le relató a su esposa la escena que vimos recién, y ella quedó muy afectada. No pudo soportar verla así, y decidió intentarlo nuevamente. Tú eras su última posibilidad y jamás pensó que fracasaría.
Tras permanecer un par de minutos con los ojos cerrados y sin moverse, don Gregorio golpeó la palma de una de sus manos con el puño de la otra y comenzó a cruzar la calzada.
―¡Noooo! ―gritó Alfredo, en un absurdo intento de advertirle.
El bus no alcanzó a frenar y lo impactó de lleno, lanzándolo como un pelele a varios metros de distancia, para terminar finalmente arrollándolo.
―No, Dios mío, no, no, no. Eso no puede haber ocurrido. Usted está tratando de engañarme. De castigarme.
El ángel se encogió de hombros. Su rostro había vuelto a ser difuso, cambiante.
―Son las consecuencias inesperadas de las opciones, amigo mío. De las tuyas, por cierto, pero también de las suyas.
―¿Está muerto?
―Muy muerto. Una lástima, porque fue un hombre bueno, que ayudó a todo aquel que se lo pidió. Eso, paradojalmente, le pasó la cuenta al final. La mayoría de los humanos no son muy agradecidos.
Otra vez vino el consabido apretón y sus ojos se cerraron. Cuando los abrió, la escena había vuelto a cambiar. Ahora estaba en un cementerio, en medio de un funeral, y un muchacho veinteañero lloraba a gritos sobre el ataúd.
―Es el hijo de Gregorio. En esa época era un estudiante universitario. Se había disgustado con su padre por los errores que éste había cometido, y que lo habían arruinado, y hacía ya un tiempo que no le hablaba. Incluso se había ido a vivir con unos compañeros. No puede perdonarse por haberlo abandonado. No puede aceptar que nunca más va a poder hablarle. Triste, ¿verdad? Aaaah, las opciones...
Desolado, Alfredo contempló al muchacho, pensando en lo triste que debe ser perder a un padre al que, sin merecerlo, se ha dejado de hablar por largo tiempo.  Tal como él había hecho con el suyo, por lo demás. Él también era culpable de tan vil acción, y mucho más que ese muchacho. Y a propósito, ¿qué sería de él? ¿Qué sería de su padre? ¿Y de su madre? ¿Y qué sería de su hermano?
Sintió el consabido apretón y se vio obligado a cerrar los ojos. Cuando volvió a abrirlos, se vio en un lugar conocido, pero al que hacía muchos años no visitaba.
La habitación de mis padres.
Su padre estaba acostado en el lecho, y su aspecto era lastimoso. Parecía un cadáver: extremadamente delgado, con la faz verdosa, los ojos hundidos y opacos, los pómulos sobresalientes. Varias personas lo rodeaban.
Que viejita está mi madre. Y cómo han crecido los hijos de mi hermano. ¿Y qué hace ahí mi primera esposa? ¡Dios, qué delgada está! ¿Y dónde están mis hijos, que no los veo?
De improviso, la puerta de la habitación se abrió, y vio aparecer a su hijo. Lo sorprendió. Estaba muy cambiado, delgadísimo, con los hombros caídos y la expresión abatida. Era una imagen viva de la derrota.
―¿Pudiste averiguar algo? ―preguntó su primera esposa, con un susurro. Él denegó con un gesto.
―Nadie sabe dónde vive. Su empresa se cambió a uno de esos condominios empresariales, pero se desconoce a cuál. No hay cómo encontrarlo. Ni siquiera figura en las redes sociales.
―Están hablando de ti ―le dijo el ángel― por si no te diste cuenta.
Se había percatado. Cuando decidió alejarse de todo, no contempló esa posibilidad. No quería tener contacto con su pasado, pero no hasta ese punto. Muchas veces había pensado en visitar a sus padres, pero al final habían salido otras cosas y lo había postergado. No contaba con lo criminal que puede ser el paso del tiempo.
―¿Cuándo sucedió esto? ―preguntó, sin mirar al ángel.
―Un año atrás, aproximadamente.
―¿Qué sucedió con mi padre?
―Falleció, desde luego. Estaba muy enfermo. Todo lo ocurrido lo afectó en demasía.
Ahogó un sollozo. Su padre… había tenido una infancia estrecha, pero tan feliz…
―¿A qué se refiere con “todo lo ocurrido”? ―masculló, luchando contra el repentino ahogo que comenzaba a adueñarse de su pecho.
―Bueno… a tu separación. Al abandono al que los sometiste a todos. Y a ciertos sucesos que ocurrieron como consecuencia de él.
―¿Qué quiere decir? ―preguntó, mientras veía a su madre acercarse al enfermo y susurrarle algo al oído.
 ―Te lo mostraré ―le contestó con tono decidió el ángel, mientras le presionaba otra vez el brazo.
Cuando recuperó la vista, se sorprendió. Estaba en su antigua casa, contemplando a su primera esposa. Ella tenía en sus manos una gargantilla de oro y la miraba con rostro apenado.
―¿Reconoces esa gargantilla? ―le preguntó el ángel.
Asintió. Era otra de las espinas que tenía clavadas y que nunca había logrado sacarse.
―Fue un regalo de su madre ―respondió a desgano―. Ella la quería mucho.
―Cuando ustedes tocaron fondo, ella la prendó, y cuando llegó el momento de retirarla, le dijiste que no tenías dinero. ¿Lo recuerdas?
―Si se lo daba, no habría podido pagar los sueldos.
―Éste es el momento de la verdad, amigo mío. A mí no puedes engañarme. Tenías el dinero, pero le diste otro uso, ¿verdad?
Asintió nuevamente. Enfrentarse a esos recuerdos le provocaba casi un dolor físico.
―Se lo presté a mi secretaria.
―Así es. En esa época aún no iniciabas una relación amorosa con ella, pero ya te tenía revolucionado. Te pidió el dinero que tenías destinado para retirar la gargantilla del empeño, y no fuiste capaz de decirle que no.
―Me he arrepentido muchas veces de eso.
―Los arrepentimientos que valen, amigo mío, son los que se dan antes de que ocurran los sucesos que los ameritan. De todas formas, no es eso lo que te estoy mostrando. Si te fijas, tu entonces esposa tiene la joya en su mano.
―Esto ocurrió antes del empeño, entonces.
―No. Ocurrió después. Hay una parte de la historia que tú no conoces. Pese a que tú no le diste el dinero para ello, tu esposa logró rescatar la gargantilla del empeño.
―Pero, ¿cómo?
―Hizo lo mismo que tú: pidió dinero prestado. Tu hermano se lo facilitó.
―¿Mi hermano? Pero él no tenía dinero.
―Se lo consiguió para ayudar a su cuñada. Ella confiaba en devolvérselo de a poco, con recortes que iría haciendo a lo que tú le darías para los gastos diarios. Pero, como tú comenzaste a restringirla, nunca pudo hacerlo. Hasta que tu hermano, destrozado económicamente, llegó a preguntarle si podía devolverle el préstamo. Por cierto, para entonces tú ya la habías abandonado, casi no tenía dinero para comer, y menos para pagarle a su benefactor. Pero había que hacerlo.
―Vendió la gargantilla,
―Así es. Pagó su préstamo y pudo sobrevivir por un breve lapso. No tenía alternativa. Cuando tú te fuiste, dejaste de cumplir con tus compromisos económicos. La abandonaste a su suerte, a ella y a tus hijos.
―Fue un problema legal. Se demoraron mucho en fijar la mensualidad.
―Los problemas legales traen consecuencias, amigo mío.
De nuevo, sintió el apretón y perdió momentáneamente la visión. Cuando la recobró, se encontraba en un lugar desconocido.
Mi hija, mi chiquitita.
Vio a su hija mayor, a la que había sido su regalona, al ser vivo que más había querido en el mundo, conversando con un hombre maduro al que nunca había visto antes.
―Cuando te marchaste ―le dijo el ángel― tu familia, tu primera familia, vivió momentos muy duros. Se quedaron bruscamente sin ingresos, y sin poder ubicarte para exigírtelos. Tu esposa tuvo que trabajar lavando ropa y embolsando en los supermercados para conseguir algún dinero. Gracias a eso, y a una beca que se consiguió debido a sus excelentes notas, tu hijo pudo seguir estudiando, e incluso entró a la universidad. Tu hija también lo logró, pero su estadía se hacía imposible. No había cómo financiarla. Fue entonces cuando ella recibió una proposición deshonesta.
―¡Quéee! ¿A qué se refiere? ―gritó Alfredo.
El ángel no contestó. Se limitó a indicarle la escena, donde el hombre maduro extraía dinero de su billetera y se lo entregaba a la muchacha. Luego, ambos caminaron juntos y entraron a un hotel.
―¡Noooo! ¡Noooo! ¡Noooo! ―sintió que algo, una garra gigantesca y filosa, lo desgarraba por dentro y le apretaba el corazón hasta hacérselo explotar. Un llanto desgarrador escapó de su inexistente garganta. Su cuerpo ausente se convulsionó. Tuvo plena conciencia de que, si hubiera estado vivo, habría muerto de un infarto al miocardio.
―Así funcionan las opciones, amigo mío. Tú optaste. Ella optó. Ambos pudieron haber elegido otros caminos. No puedo dejar de señalarte, eso sí, que tus alternativas eran mucho más numerosas.
A las palabras del ángel siguió un nuevo apretón en el brazo y otro momento de oscuridad. Cuando recobró la visión, se hallaba otra vez en su antigua casa, y alguien, su hijo al parecer, gritaba indignado. Pese a dolor que se le había instalado en el pecho, se obligó a escuchar. No entendía bien lo que el muchacho decía, pero también había llantos y golpes en los muebles y, al parecer, puñetazos en las murallas. Su primera esposa lloraba, sentada junto a una mesa.
Mientras observaba como su hijo salía sollozando de la habitación de su hermana, el ángel habló.
―La vida puede ser muy cruel, a veces. Estás viendo el momento en que tu hijo se enteró de que su hermana practicaba la prostitución, y la encaró. Fue muy duro con ella. Tal vez demasiado.
De improviso, su hija salió corriendo de su habitación y se introdujo en la que había sido la pieza matrimonial, cerrando la puerta por dentro. Lloraba a gritos y se mesaba los cabellos. Tras cartón, vio a su primera esposa lanzarse desesperada tras ella, intentando sin éxito abrir la puerta. Vio entonces a su hijo reaccionar, pidiéndole perdón y tratando de derribar la puerta a golpes.
La pistola.
Su padre se la había heredado, y siempre la guardó en lo más alto del closet, debidamente cargada y asegurada, por si se producía una emergencia. El barrio en que vivían era muy inseguro. Cuando se marchó, fue una de sus pocas pertenencias que abandonó.
El tiro sonó seco, y el mundo se quebró en mil pedazos. Todo el mundo. El dolor fue tan grande, que perdió el conocimiento. Su chiquitita, muerta, por culpa suya.
Cuando recobró el conocimiento, la cruda imagen se había borrado. Estaban en la clínica, y varias personas de batas blancas transportaban a sus hijos en sendas camillas por unos pasillos.
―Hemos vuelto al presente y ya casi llega la hora de elegir ―le dijo el ángel―. Antes, sin embargo, debo darte un dato adicional: fíjate en los médicos.
¿Todavía más? ¿No era suficiente todo lo que había visto? ¿Qué ocurría ahora con los médicos? Los miró, y su inexistente corazón casi se detuvo.
Mi hijo. Y el hijo de Gregorio.
―Como te resultará fácil comprender ―en la voz del ángel había cierto dejo de conmiseración― ellos ya saben quiénes son los heridos. Tu hijo conoce a Rosauro. De hecho, están hablando en este momento. ¿Qué irá a ocurrir? ¿Qué opciones elegirán? Te imaginarás que tu imagen, y todo lo que esté relacionado contigo, no les es muy apreciada.
―¿Cuáles son mis opciones?
―Puedes dejar todo como está. En tal caso, irás a un lugar que no conozco donde, entiendo, te olvidarás de todo y hallarás la paz. Puedes quedarte aquí y convertirte, como otros muertos lo han hecho, en un alma en pena. En tal caso, vagarás por estas calles por los siglos de los siglos. ¿Hasta cuándo? Lo ignoro. Hasta que alguien decida que ya es suficiente. O puedes darte otra oportunidad, volviendo a algún punto de tu vida a tu elección, para intentarlo de nuevo. En tal caso tienes que tener presente que todo lo que ha ocurrido con posterioridad a ese punto, desaparecerá para siempre. Tus dos hijos menores, por ejemplo. Ésas son las opciones, amigo mío, y éste es el momento de elegir.
Alfredo miró al ángel y asintió. No tenía duda alguna. Su elección era muy clara. Ni siquiera necesitó hablar. Sólo se desvaneció en el aire de repente.
El ángel movió la cabeza. Aaah el egoísmo. Pretender arreglar la vida para no cargar con tanta culpa al momento del balance. Era, en todo caso, su opción, y estaba en su derecho al tomarla. En cuanto a él, tendría que seguir deambulando por el mundo encargándose de los muertos. Era la opción, y el castigo, que había elegido después de haber dilapidado todas las nuevas oportunidades. Su propio infierno: cargar con el sufrimiento ajeno y sentirlo como propio. Con un rictus de amargura en su rostro borroso, se desvaneció en el infinito.
Cuando Alfredo despertó, su esposa ya se desplazaba por la cocina preparando los desayunos.

―Por favor, no te olvides de que debo retirar la gargantilla del empeño ―le recordó. Qué problema. Su secretaria también le había pedido dinero, y no le alcanzaba para las dos. ¿Qué hacer? Decidió dejar la decisión para más tarde. Tenía que reflexionar. Este tipo de decisiones no pueden tomarse a la ligera. Era algo que había aprendido en su vida. ¿Dónde? No lo recordaba.

domingo, 22 de diciembre de 2013

¿Elusión o evasión?

Como todo el mundo sabe (en la totalidad de los programas presidenciales de los candidatos a la primera vuelta el punto es mencionado) en Chile se elude, y también se evade, el pago de impuestos.

Quienes pontifican en la materia en nuestro país, señalan que hay una diferencia fundamental, al menos teóricamente, entre ambas prácticas: mientras al eludir se actúa dentro de la legalidad (generalmente al límite de ella), aprovechando los numerosos vericuetos que, en legislaciones tan intrincadas como la nuestra, existen para tal efecto, al evadir se incurre derechamente en actos dolosos, sancionados como tales (no sé si suficientemente) en nuestro código tributario.

Evadir es, según esa premisa, un delito, y quien evade es un delincuente. Eludir sería, en cambio, una práctica astuta, ladina, sagaz, y quien incurre en ella es un tipo listo y avispado, una especie de lince que es capaz de defenderse ventajosamente de la rapiña del Estado. Mientras el primero debería recibir el repudio social (en la práctica recibe más bien la pública conmiseración, por haber tenido la mala suerte de que lo descubrieran), el segundo puede desplazarse sin inconvenientes por los círculos más exclusivos y prestigiados, con su conciencia tranquila, con su prestigio íntegro, y seguro de que nadie tiene cosa alguna que echarle en cara.

En los países más desarrollados, sin embargo, el enfoque es diametralmente distinto. Allí todas las prácticas que pretenden eludir o evadir el pago de impuestos, son calificadas de ilícitas por los expertos, y la distinción entre elusión y evasión tiene más que ver con si existe o no sanción explícita en la normativa vigente. Si la hay, es evasión. Si no, es elusión, pero sólo por un breve lapso, pues debe legislarse con la mayor premura posible para que se le dé el carácter que corresponde ―evasión― y proceda a sancionarse.

En dichas sociedades, entonces, se toma el asunto en serio. Quien evade es, con todas sus letras, un delincuente, que recibe una drástica sanción penal sin miramiento alguno; y quien elude es, al contrario que en nuestro permisivo Chile, un sinvergüenza de marca mayor, un inescrupuloso que se aprovecha en beneficio propio de las debilidades del sistema, mediante prácticas que ninguna persona decente debería siquiera intentar. Allí, quien elude es sancionado socialmente con el repudio, pues aunque transitoriamente no comete delito, su actuar es indigno, y revela un desprecio por sus semejantes y una intención manifiesta de aprovecharse de ellos.

Este tratamiento tan diferente entre el mundo desarrollado y nuestra criolla realidad, es digno de ser mirado con mayor detenimiento. ¿Quién tiene la razón? ¿Es la elusión una práctica que debe ser aceptada porque es un signo de ingenio y habilidad (nuestra famosa y  nunca bien ponderada “viveza criolla”)? ¿O es una acción inescrupulosa, propia de bribones tramposos, que debe ser repudiada y combatida in extremis por la sociedad?

Para tratar de dilucidarlo, analicemos desde esa perspectiva uno de los mecanismos más habituales de elusión: el giro en exceso sobre el FUT disponible.

¿Cómo funciona? Suponga una sociedad de personas XY con dos socios, A con un 99% y B con un 1%, cuya utilidad antes de impuesto es de $ 3.000 millones. El impuesto de primera categoría es de $ 600 millones (20%), el cual da créditos de $ 594 millones a A y de $ 6 millones a B (99% y 1% del impuesto de primera categoría, respectivamente). Si los socios quieren retirar $ 2.000 millones, hacerlo a través de A les significaría tener que pagar adicionalmente al Estado 386,3 millones por concepto de global complementario (impuesto según tabla de sii.cl, menos crédito proporcional de 20% del retiro). En cambio, hacerlo a través de B no sólo los deja exentos de global complementario, sino que además les permite acceder a una devolución de $ 4 millones. Lo reitero, para que quede claro: retiran $ 2.000 millones, no pagan un peso de global complementario y reciben una devolución de $ 4 millones (la disposición que permite esta barbaridad se encuentra en el artículo 14 letra A inciso 1° letra b de la Ley de la Renta).

¿Qué le parece? ¿Una expresión de viveza criolla o una muestra de sinvergüenzura extrema?

Por este mecanismo se pueden retirar (y no cabe duda que se retiran) miles de millones de dólares de las sociedades de personas sin pagar ni un peso por concepto de impuesto global complementario (¿se ha percatado de que las sociedades matrices en los grandes grupos económicos, por extraña coincidencia, son sociedades de personas?).

Las preguntas caen de cajón:

A todos los Gobiernos y Parlamentos desde que volvió la democracia, ¿por qué no se ha modificado la absurda disposición que permite esta elusión? ¿Porque la desconocían o porque hicieron vista gorda durante estos 24 años?

Al SII, ¿ha informado a las autoridades de turno de la existencia de este mecanismo de elusión? ¿A qué autoridades? ¿Cuántas veces? ¿Cuáles son los montos que se han girado anualmente en exceso al FUT disponible? ¿Quiénes son los que lo han hecho? ¿Están los grandes contribuyentes involucrados? ¿Cuáles grandes contribuyentes? ¿En qué montos?

Al Ministerio Público, lo descrito, ¿es elusión o evasión? Tal vez en los giros propiamente tales no hay dolo (están amparados por la legislación), pero como para que éstos se produzcan se debe contar con la autorización del socio mayoritario (que es el propietario de las utilidades que se retiran), me parece que podría configurarse algún tipo de conducta dolosa o. al menos, alguna presunción (¿por qué un socio mayoritario autoriza a uno minoritario para retirar, en volúmenes considerables, utilidades que no le pertenecen?). Además, ¿se ha efectuado alguna investigación en relación al tema? ¿Cuándo? ¿Con qué resultado?

A usted, estimado lector, lo expuesto, ¿es elusión o evasión? ¿Hay o no ánimo de dolo? ¿Las personas que incurren en esta práctica, ¿son dignas de elogio o deberían ser sujetos de repudio?

En todo caso, éste es un ejemplo (habrán varios más seguramente) de conducta, si no dolosa, al menos reñida con la moral, que en ningún caso sería tolerada en una sociedad desarrollada, y es una prueba fehaciente de que para alcanzar el desarrollo aún nos queda mucho camino por recorrer, tanto en términos de transparencia de la gestión pública como de desconcentración del poder.


El punto es que para recorrer un camino, es requisito primordial dar los primeros pasos. ¿Será en el gobierno de Michelle Bachelet donde se producirá tan magno acontecimiento? Hay que estar atentos y, aunque la vida nos haya dado portazo tras portazo, esperanzados. En una de ésas, cuando menos se espera, salta la liebre.

La paradoja de la derecha

Chile habló, y lo hizo de manera tajante. Con poco más de un 41% de participación (la altísima abstención es un fenómeno que habrá, qué duda cabe, que analizar en serio en los próximos meses), decidió por una amplia mayoría que Michelle Bachelet  tome el timón de este enorme buque llamado Chile, y lo guíe hacia un futuro mejor.

Las cifras son conocidas y categóricas: en cuatro años, la Alianza pasó de la gloria a la debacle. Piñera obtuvo 3.563.050 sufragios, con un 51,6% de la votación. Matthei, sólo 2.109.360, con un 37,8%. En cuatro años, la Alianza perdió 1.450.000 votos y un 13,8% del favor ciudadano. Si a eso agregamos el resultado de la elección parlamentaria, el escenario es desolador para la derecha.

La pregunta, entonces, se instala con la fuerza de un bloque de concreto que cae desde las alturas: ¿por qué, pese a la buena gestión de Piñera (reconocida hasta por sus adversarios), la ciudadanía le mostró la tarjeta roja a la coalición que lo secundó y la envió, inapelablemente, a las duchas de manera temprana?

Es paradojal, dicen los miembros de la Alianza: los gobernantes exitosos tiene el legítimo derecho de esperar que alguien de su propio sector, recoja el testimonio y continúe la carrera. ¿Por qué no fue así en esta oportunidad? ¿Cuáles son las causas de la paradoja?

Como en muchas otras materias, no hay consenso al respecto en el oficialismo (en el actual,  no en el que se instalará a contar de marzo). Los más acérrimos partidarios del gobierno, por ejemplo, la atribuyen a un severo déficit comunicacional: que la ausencia de “relato” y la falta de sintonía con la opinión pública que adolece el gobierno impidieron que ésta conociera, y por ende reconociera, su notable gestión; que aquélla es, en un alto porcentaje, consecuencia de la particular personalidad de nuestro presidente, que apabulla todo intento de trasmitir el exitoso desempeño del gobierno y genera, con su omnipresencia, el rechazo ciudadano; que la ciudadanía ha reaccionado en forma muy negativa al comprobar que el gobierno ha sido incapaz de cumplir las enormes expectativas que generó en sus inicios (lo que se ha logrado, que es mucho, empalidece, dicen,  frente a lo que se prometió, que era demasiado); que tanto autogol innecesario tiene que, obligadamente, generar efectos nocivos. En fin, en una de ésas, todas las anteriores.

Los no tan acérrimos (e incluso algunos no tan partidarios) plantean que el electorado sancionó al gobierno por el pecado de haberse apartado de los sabios y estrictos principios neoliberales que conforman el sustento filosófico de la centroderecha y que constituían la base de su programa (la tesis Novoa, por ejemplo). Alguno por ahí lo acusa de “falta de calle”, vale decir, de lejanía con la ciudadanía, de no estar “donde las papas queman” y, por lógica consecuencia, de no conocer los reales problemas que aquejan a la gran mayoría de los chilenos. Incluso hay quien opina que el electorado no es racional al momento de emitir su opinión o su sufragio; que son sus emociones las que prevalecen, perjudicando a un presidente y a una candidata que, como resulta evidente, no se caracterizan precisamente por generar cercanía con el electorado.

Sorprende la miopía de estos análisis, porque ninguno de esos argumentos explica las masivas protestas, la efervescencia social que se ha producido en los últimos meses, y ese sordo malestar que se palpa en las redes sociales. Ninguno se hace cargo de esa sensación de desesperanza, de desvalimiento, de desamparo, que se esparce abrumadoramente por los sectores populares, y que se refleja en la falta de interés por la política que ya habían pronosticado algunas encuestas, y que ha quedado patente en esta elección. Podríamos decir que el Chile de hoy es demasiado distinto al de cuatro años atrás, que sufrió un cambio muy profundo, y que éste no fue captado, y menos dimensionado, por los expertos de la coalición gobernante.

Un antecedente que contribuye a hacer algo de luz en este enigma, es que el punto de inflexión parece haberse producido cuando se iniciaron, el año 2011, las protestas  estudiantiles. Ellas ventilaron algo que era archisabido a nivel cupular, pero que no estaba internalizado en el consciente colectivo: que el sistema educacional chileno —implementado por miembros de la coalición gobernante en la época de Pinochet y profundizado por la Concertación (que en teoría discrepaba de él) durante sus cuatro gobiernos— es un completo desastre y que, tras casi 30 años de aplicación, ha fracasado de la manera más rotunda en conseguir calidad y equidad en la educación. Peor que eso, que parece que hubiera sido diseñado para perpetuar las atroces desigualdades socioeconómicas de que adolece nuestra sociedad.

A partir de esa dramática constatación, era cuestión de tiempo que comenzaran a surgir, como un chorro de agua desde un grifo recién abierto, nuevas interrogantes: ¿Qué ocurre en salud? ¿Y en vivienda? ¿En medioambiente? ¿En justicia? ¿En el acceso al financiamiento? ¿En el ámbito laboral? ¿En el tributario? ¿En el nivel de ingreso personal y familiar? ¿En el consumo diario? ¿En seguridad? ¿En esparcimiento? ¿En previsión? ¿Concurren en cada uno de estos ámbitos los conceptos de calidad y equidad que tenemos (¿o resulta que, en realidad, no tenemos?) derecho a exigir, o estamos igual de mal (o peor) que en educación? Como usted concordará conmigo, estimado lector, basta un somero análisis en cualquiera de estas áreas para concluir que, con la brutal inequidad que se aprecia a simple vista, se genera material de respaldo más que suficiente para explicar el malestar social existente.

Pero, como si lo anterior no bastara, hay que agregar que también por esas fechas —un poco antes, incluso— comenzaron a destaparse escándalos surtidos que tenían un denominador común: eran abusos cometidos por entes privados, aprovechando su posición dominante, en contra de ciudadanos comunes y corrientes, sin que el Estado hubiese hecho nada por evitarlos y menos por prevenirlos. La lista es larga: farmacias coludidas, laboratorios que entregan incentivos a los médicos para que receten medicamentos fabricados por ellos mismos (casualmente, sólo casualmente, los más caros), el caso La Polar, el caso Cencosud (que significó, de paso, la tumba de las aspiraciones presidenciales de uno de los candidatos de la centroderecha), bancos abusadores (con el Bancoestado y el Santander como partes visibles del iceberg), universidades que estafan a sus estudiantes con carreras, profesores y acreditaciones truchos, el crédito con aval del Estado otorgado por los bancos a los estudiantes a tasas expropiatorias, los desastres medioambientales de Huasco, Freirina y Tocopilla, el gigantesco negocio financiero (¿o usurero?) del retail, la vergonzosa usura que campea en las casas de empeño, Eurolatina (que, al parecer, sigue funcionando con otro nombre), entre los más conocidos.

Y, como si todavía eso fuera poco, también salieron —y siguen saliendo— a la luz pública casos de decisiones de la autoridad abiertamente sospechosas de favorecer a poderosos grupos empresariales en desmedro del resto de los chilenos: la última modificación del plano regulador metropolitano de Santiago, la escandalosa mega condonación tributaria a Johnson’s, las rentas presuntas que pagan algunas grandes empresas, las irrisorias contribuciones de bienes raíces a las que están afectos algunos inmuebles de la zona habitacional más exclusiva del país, las exiguas patentes que pagan muchas grandes empresas por funcionar en determinadas comunas, la aprobación de Hidroaysén, la fallida licitación del litio, el también fallido proyecto Bicentenario en los terrenos del aeropuerto de Cerrillos, el negocio financiero del Transantiago, la vergonzosa nueva ley de pesca (aquí se comprueba, además de lo poderoso que puede llegar a ser un lobby, que gobierno y oposición unidos jamás serán vencidos), y la aprobación de la central Punta Alcalde por parte de un comité de ministros —con el expediente de comprar contaminación— tras haber sido rechazada por las instancias técnicas.

Y todavía más: agréguele a lo anterior todos los escándalos denunciados (y en muy pocos casos sancionados) de fraude fiscal, de intentos surtidos de llevarse el Estado para la casa (contratos de honorarios truchos, sobreprecios de variada índole, sobresueldos ilegales, subsidios improcedentes, pensiones fraudulentas, etc.), en extremo comunes en los gobiernos concertacionistas, pero en ningún caso ausentes en el actual.

Y la guinda de la torta: el vergonzoso proceder del Congreso al fijar sus remuneraciones y  al establecerse beneficios laborales muy superiores a aquéllos que están garantizados en la legislación aplicable en la materia al resto de los chilenos.

Si sumamos todo, reconozcámoslo, el agua de la piscina se vuelve más que turbia. Algo huele muy mal en Pantanal. Si debajo de cada piedra que levantamos hallamos inequidades a destajo, si los más poderosos abusan de los más débiles sin que nadie los controle, si las autoridades dejan, por la razón que sea, de perseguir el bien común para preferir el interés de unos pocos, y si además se dedican a ordeñar al Estado como si fuese su propia vaca lechera, dígame usted, estimado lector ¿de qué paradoja estamos hablando? Si confrontados así los hechos, parecen una burla los cuestionamientos que se efectúan en la derecha. ¿Buena gestión? Tal vez, pero ¿para quién? ¿Quiénes se han beneficiado más con ella? No la mayoría de Chile, desde luego.


Hay una paradoja, no cabe duda, pero no es la que plantean los partidarios del actual gobierno. La paradoja es cómo, con un sistema tan injusto y abusivo para un 80% de la población, existe tanta conformidad en la ciudadanía; por qué, a pesar de la penosa situación de nuestros sectores más desposeídos, hay tantas personas convencidas de que vivimos en el mejor de los mundos (recuerde la que, sin duda, es la frase del 2013: “bienvenido a un mundo mejor”); por qué, aunque somos tantos los perjudicados, sólo los estudiantes y los pobladores se han atrevido a salir a la calle, a riesgo de sus propios futuros, mientras el resto de los chilenos permanecemos impávidos mirando como otros hacen y deshacen con nuestras existencias; por qué quienes han desarrollado este sistema y lo mantienen en el tiempo, nuestros políticos de ambos bandos, deambulan con toda tranquilidad por la vida sabiendo que, no importando su desempeño, tienen asegurada su porción de poder (y muchos de ellos sus jugosos escaños en el Congreso) sea cual fuere el resultado de la próxima elección; por qué, si tenemos la sartén por el mango (nuestros votos) no somos capaces de cambiar un sistema que, a todas luces, nos perjudica. Ésa es la paradoja. Y vaya que es enorme ¿verdad?

miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿Por qué fue masacrada la derecha chilena?

Digámoslo con todas sus letras: fue una masacre. Las cifras son implacables: Michelle Bachelet obtuvo 24 puntos porcentuales y 1,35 millones de votos más que Evelyn Matthei en esta segunda vuelta. Si a eso le sumamos el resultado de la elección parlamentaria, la situación es deplorable para la derecha; casi, diría yo, pavorosa.

Los analistas de uno y otro sector, y también algunos que se precian de ser independientes, se han esmerado en lanzar al ruedo nutridas teorías acerca de las causas de tan “morrocotudo” suceso político. Sin embargo, hay un paso previo que la mayoría ha descuidado: ¿qué fue lo que ocurrió realmente? ¿Fue Michelle Bachelet quien, como luminosa adalid y magnífica estratega, condujo a sus huestes hacia la victoria? ¿O fue Evelyn Matthei quien, a causa de sus desaciertos, condujo a las suyas a la derrota? Hay, incluso, una tercera alternativa: que ninguna de las dos opciones anteriores sea la correcta, y que sean factores que podríamos llamar “ambientales” los que originaron el descalabro.

Las cifras duras, como casi siempre, permiten saber hacia dónde va la micro. La siguiente tabla nos muestra todas las votaciones presidenciales desde la recuperación de la democracia a la fecha:

Elección
Concertación
Derecha
PC
Otros
Total
Conc + PC
1989
3.850.571
3.129.288


6.979.859
3.850.571
1993
4.040.497
2.132.274
327.402
468.777
6.968.950
4.367.899
1999 1a v
3.383.339
3.352.199
225.224
94.366
7.055.128
3.608.563
1999 2da v
3.683.158
3.495.569


7.178.727
3.683.158
2005 1a v
3.190.691
3.376.302
375.048

6.942.041
3.565.739
3005 2da v
3.723.019
3.236.394


6.959.413
3.723.019
2009 1a v
2.065.061
3.074.164
433.105
1.405.123
6.977.453
2.498.166
2009 2da v
3.367.790
3.591.182


6.958.972
3.367.790
2013 1a v
3.075.839
1.648.481

1.861.488
6.585.808
3.075.839
2013 2da v
3.470.055
2.111.830


5.581.885
3.470.055

¿Qué nos dicen los datos? Veamos:

Primero, que la votación de Michelle Bachelet en la segunda vuelta no sólo no superó la, podríamos llamarla así, votación tradicional de la Concertación, sino que representó el segundo peor resultado electoral de la centroizquierda en la elección presidencial desde el retorno de la democracia. Sólo sobrepasó, y por muy escaso margen, la votación de Eduardo Frei el 2009. De hecho, con ella nuestra futura presidenta habría perdido no sólo con Piñera (sacó 120.000 votos menos), sino también con Lavín (que la aventajó por 25.000 sufragios).

Michelle Bachelet era la mejor candidata de su coalición. De eso no hay duda alguna. Es cosa de remitirse a los resultados de las elecciones primarias para comprobarlo. Entonces, ¿qué nos dice el hecho fehaciente de que ella, la gran figura de la centroizquierda, su líder indiscutible, su estrella más radiante, apenas haya sido capaz de sacar un 3% más de votación que el peor candidato histórico del conglomerado?

Parece evidente: el papel que jugó nuestra futura presidenta no fue el de conmover al electorado hasta lo más profundo (al estilo Obama, primera versión), motivándolo para acudir a las urnas a brindarle su apoyo. Su verdadero rol fue uno mucho más prosaico. Ella fue… un dique, una compuerta, que impidió que la resaca que se viene incubando desde el 2011, arrasara con la votación concertacionista tal como lo hizo con la de la derecha (por favor, amigo lector, revise las encuestas del 2012 y del 2013, y vea el grado de arrastre que la Concertación conserva en la ciudadanía; y, de paso, aproveche de echarle un vistazo a la evaluación de los políticos). Su presencia, con todo lo que significa, evitó que la centroizquierda chilena viviera su propia debacle. Uno podría aventurar, incluso, que de no haber sido por ella, quizás habría sido la hora de MEO (hace bien el líder del PRO en prepararse para la próxima elección; así como vamos, de no mediar un milagro, la Nueva Mayoría pasará irremediablemente a ser la Nueva Minoría).

En segundo lugar (tuve la tentación aquí de hacer un comentario deportivo), las cifras nos señalan que el resultado de Evelyn Matthei, como ya se ha destacado suficientemente, es un mínimo histórico. Fue, por lejos, el más débil de todos los de la derecha en la historia post dictadura. Inferior incluso al de Arturo Alessandri, en 1993, que tenía hasta la fecha ese poco halagador récord. La Alianza perdió en esta pasada 1.450.000 votos y un 13,8% del apoyo ciudadano, en relación a la votación de Piñera el 2009. Sin embargo, ¿es a la candidata a quien debe atribuirse esta debacle?

Convengamos en que alguna responsabilidad tiene. Y, quizás, más de alguna. No logró desempeñar el papel de dique, que representó tan bien su adversaria. No pudo contener la fuga. No fue capaz de convencer a su electorado tradicional de que su opción era digna de recibir su preferencia, ni de que la Alianza merecía una segunda oportunidad. La votación histórica de la derecha se le escurrió como harina en un tamiz. No leyó bien lo que estaba ocurriendo, e insistió en dirigir su discurso a un electorado que era, virtualmente, cautivo. Se empeñó en dichos y actitudes que, sin duda, le restaron votación.

Sin embargo, las condiciones casi criminales en que debió desarrollar su candidatura le generan atenuantes más que suficientes como para exculparla. ¿Hay alguna duda de que su peregrinar, y el de su grupo más cercano, fue como estar viviendo una pesadilla? Nadie puede competir así, con los propios partidarios torpedeándolo, apuñalándolo de frente y por la espalda, con el propio Presidente haciéndole zancadillas a cada paso. Fue hasta penoso. Ninguna persona se merece semejante trato.

Una parte de la baja votación de Evelyn Matthei se explica por su propia actuación, es cierto, para qué negarlo. Otra, no cabe duda, por el concierto de agresiones recibidas desde su propio sector. No obstante, si uno mira los restantes resultados de la Alianza, debe necesariamente concluir que ninguna de las dos causas explica la debacle. En efecto, la votación total de los candidatos a diputado de la derecha fue sólo 145.000 sufragios superior que la de la malograda candidata. La de los candidatos al Senado la superó (en las regiones donde coincidieron) por sólo 175.000 votos. Es posible que otro candidato hubiese podido obtener algunas preferencias adicionales, pero pocas. Ninguno de los demás “posibles” posee el carisma de Bachelet. No andan ni cerca. Golborne, que podría haber desempeñado ese papel, tenía los píes de barro apenas endurecido, aparte de conceptos del servicio público bastante parecidos a los de algunos próceres concertacionistas (todos lo escuchamos tratando de justificar el inadmisible aprovechamiento efectuado por sus hijas de los subsidios estatales). Sin un competidor de la dimensión de nuestra actual presidenta, sin una figura “bacheletiana”, la tarea era demasiado cuesta arriba. Para cualquiera, no sólo para Evelyn Matthei.

Hay un tercer punto que se destaca nítidamente en la tabla anterior, y que nos permite completar el escenario: como nunca antes, la votación de la segunda vuelta se desplomó respecto de la primera. ¡Un millón de sufragios menos! Podríamos decir, dejando de lado los más y los menos que seguramente existieron, que sólo un 84,8% de los votantes de la primera vuelta votó en la segunda. O, desde otra perspectiva, que un 54% de quienes no votaron por alguna de las candidatas finalistas en primera vuelta, se abstuvieron de participar en el balotaje. ¿Cómo interpretamos este dato?

También parece evidente: casi el 60% del electorado no está ni ahí con las candidaturas que disputaron el balotaje. No se siente interpretado por ellas. No lo motivan. No lo conmueven. No lo interpretan. Ni siquiera le generan esperanza.

Tenemos la película un poco más clara entonces. No fue el huracán Bachelet el que arrasó con la derecha chilena.Tampoco fue la generala Matthei la que con sus desaciertos hundió a su sector. ¿Cuál fue entonces la causa de tamaña debacle? ¿Por qué la derecha chilena recibió tan tremenda paliza?

Como explicación posible, sólo nos queda la tercera alternativa que mencionamos al comienzo: que lo ocurrido sea consecuencia de la circunstancia, del momento de la historia en que estamos viviendo, de la forma en cómo está soplando el viento por estos días. Imagine usted una vieja pared de adobe que ya cumplió, hace mucho, su vida útil. Usted sabe que cuando venga el próximo temblor, se caerá inexorablemente. Si usted es avispado, tomará algunas medidas: apuntalará por aquí y por allá, pondrá refuerzos, algunas mallas de contención, y evitará que, al momento de los quiubos, cuando la tierra comience a moverse, la destartalada obra de albañilería se desplome. Será, desde luego, una solución de parche. Soportará uno, dos, tres temblores menores, pero cuando venga el terremoto en serio, el sismo de frentón, el movimiento telúrico en toda su dimensión, se desmoronará sin apelación alguna. Ocurre, estimado lector, que según todas las señales, ésa es exactamente la causa que andamos buscando.

El punto es que ninguno de nuestros políticos y analistas parece haber dimensionado como corresponde lo que ocurrió en Chile el 2011. No fue sólo la reaparición, en gloria y majestad, de la protesta social masiva como herramienta para obligar a las autoridades a enfrentar los problemas reales de la gente. Tampoco, que éstos se ventilaran en toda su amarga y sucia dimensión. El principal cambio, ése del cual no han querido enterarse, fue que esas movilizaciones lograron que la gente comenzara a tomar conciencia del mundo en que vive. La venda que cegaba nuestros ojos se corrió, y comenzamos a ver a esta sociedad, tan cercana al desarrollo según nos dicen, tal cual es. Y lo que vimos, nos espantó.

La debacle, estimadas Michelle y Evelyn, no tuvo demasiado que ver con ustedes. Ella ocurrió porque Chile está cambiando. La ciudadanía se percató que vivimos en uno de los países más desiguales del mundo, y que ello no tiene por qué ser así. Se dio cuenta de que la legislación, tal como está, favorece sin tapujos a quienes tienen el poder económico. Está internalizando que en nuestra larga y delgada faja, conviven dos Chiles: uno con cifras de país desarrollado, y el otro con guarismos del tercer mundo. Advirtió que cuando las autoridades se refieren a las cifras macroeconómicas, generalmente mencionan sólo la tasa de crecimiento del PIB y la de desempleo, pero que siempre omiten otro indicador que es igual de importante y que también califica como variable macroeconómica: el coeficiente de Gini. Está despertando, y está reaccionando. Y una de sus primeras respuestas, es abandonar a los principales causantes de esta situación: la derecha chilena. Por eso, el millón de votos menos. Por eso, la masacre.

A los otros responsables, a los que durante veinte años han sido cómplices de los autores, por esta vez les perdonó la vida. Porque le creyó a su líder, que prometió cambiar tan injusto panorama. Pero fue sólo un armisticio, una última oportunidad, una convivencia a prueba. Si doña Michelle y su séquito no están a la altura, Dios nos pille confesados.

Hay que saber leer las señales. Quienes ocupan los cargos más relevantes de nuestro tinglado democrático, tienen la obligación de hacerlo. El sistema vigente, ése que nos ha regido por cuarenta años, el modelo egoísta y manipulador que nos tiene condenados a una de las mayores desigualdades del planeta, está llegando a su fin. Son los primeros temblores. Hay que construir una nueva muralla, mucho más sólida, para que cuando venga el terremoto ―que va a venir, no les quepa duda―, sea capaz de resistir sin derrumbarse.

La debacle de la derecha recién comienza. Irá, en los próximos años, in crescendo. Michelle Bachelet es la última defensa de la de la izquierda. Si no satisface las expectativas que generó, si no implementa los cambios que se requieren, si no cambia el modelo vigente, le encargo los tiempos que vienen. Ojalá esté a la altura. Sería lo mejor para todos. Aunque, en una de ésas, estoy equivocado.