lunes, 4 de noviembre de 2013

El papel del Estado

Los hechos concretos, puros, fríos, calatos, tienen una característica (virtud o defecto, según el cristal con que se los mire) que tiende a ser muy escasa en otros ámbitos: son irrefutables.

Usted no puede argüir contra un hecho. Está ahí, sólido, porfiado, inconmovible. Por mucho que usted haga en contrario, no se alterará. Permanecerá inmutable por los siglos de los siglos. Puede usted ocultarlo, disfrazarlo, tratar de disminuir su relevancia, intentar que se olvide, pero no cambiarlo. Fue así y punto.

Expongamos, pues, un hecho: ningún país del mundo ha alcanzado el desarrollo en andas del neoliberalismo.

¿Lo digirió? Expongamos, entonces, otro: todos los países que han alcanzado el desarrollo lo han hecho en andas del (mal llamado) Estado paternalista.

Puede comprobar su verosimilitud, si quiere (le doy un dato: los países desarrollados tienen US$ 30.000 o más de ingreso per cápita y coeficientes de Gini iguales o inferiores a 0,30), pero ahí están: inalterables; tercos, como una pared de roca.

¿Cuáles podrían ser las razones de semejante fenómeno? Saltan a la vista. Es cosa de comparar ambos modelos y constatar sus diferencias.

¿En qué difieren? En muchas cosas. Son concepciones distintas del ser humano. La del estado paternalista lo visualiza como parte de una sociedad inclusiva y solidaria, como un partner, como un colaborador…, como un socio. Es, podríamos decir, una concepción cristiana de la sociedad. La neoliberal, en cambio, lo visualiza como un mero individuo, un tipo que corre por su propio carril y que compite con el resto por quién llega más lejos. En la sociedad de bienestar crecemos juntos. De acuerdo con nuestros talentos y capacidades, cierto, pero juntos. Cuando hay un naufragio, procuramos salvarnos todos. En el neoliberalismo, el vecino no importa. Da lo mismo si se ahoga o se salva. Allí impera el “sálvese quien pueda”, la competencia salvaje, la “ley del gallinero”, como  dicen en el campo. En el estado paternalista, usted es un colaborador, un aliado, un compañero de ruta. En el esquema neoliberal, usted puede ser un insumo que hay que utilizar, un rival al que hay que vencer, o una carga y un estorbo al que hay que descartar, pero en ningún caso un camarada.

La manifestación más clara de sus disimilitudes, no obstante, la vemos en el papel del Estado. Y para comprobarlo, nada mejor que exponer las funciones que cumple esta institución en una sociedad de bienestar.

1°. Garantiza el bienestar de los ciudadanos:

En un estado paternalista, usted  no llega al mundo, como quien dice, “a poto pelado”. No es el frío suelo el que lo recibe. La sociedad le garantiza un colchón básico de excelente nivel: educación, salud y vivienda de alta calidad, seguridad, adecuada protección ante los abusos, buena previsión, atractivas condiciones laborales, e interesantes expectativas de ingreso. Allí, usted sabe de antemano que si debe ejercer la profesión de barrendero (nadie está libre), sus niveles de ingreso no serán excesivamente inferiores, por ejemplo, a los de un ingeniero (en Alemania, el décimo decil gana en promedio, con estadísticas más confiables que las nuestras, sólo siete veces más  que el primero; en Chile, gana 30). Las diferencias económicas entre las personas existen, desde luego ―no se puede ir contra la naturaleza― pero su magnitud es razonable. Más aún, hay una preocupación  expresa por evitar que se dispare.

2°. Protege la libertad de los ciudadanos:

Si usted no dispone de los medios para hacerlo, jamás podrá ejercer su libertad. Será libre sólo en el papel. En la práctica, sin embargo, será esclavo de sus limitaciones económicas, de sus carencias y de sus estrecheces, que es la forma actual en la que se ejerce la esclavitud. En las sociedades de bienestar, una de las tareas del Estado es contribuir para que ello no ocurra, y para ello lo protege a uno incluso de sí mismo.

3°. Se preocupa de formar ciudadanos respetuosos:

El respeto y la solidaridad son pautas de conducta que se desarrollan en los ciudadanos desde su más tierna infancia. Los sistemas de evaluación no incentivan la competencia, sino la colaboración y el trabajo en equipo. Además, se les entregan elevadas dosis de educación cívica a lo largo de toda su vida estudiantil.

4°. Controla el adecuado funcionamiento de las instituciones:

Dado que los aparatos estatales de los países desarrollados son muy superiores en tamaño al chileno, el control también es mucho más estricto que el que se ejerce en nuestra larga y angosta faja. Nadie está libre de pecado, pero si lo pillan allá, tenga la certeza de que lo pasará bastante más mal que acá. En Chile, usted puede meter las manos en el ejercicio de su cargo, y no pasará nada. Piense si no en todos los actos de corrupción que han ocurrido durante los últimos 40 años y averigüe cuántos de sus causantes han sido penalizados de manera efectiva por ellos. En los Estados paternalistas exitosos ello no ocurre. Si usted mete las manos y lo pillan, tenga la certeza de que será duramente sancionado.

Por cierto, tampoco se trata de llegar y llevar. Es difícil manejar adecuadamente un Estado benefactor. Vea no más lo que les ha ocurrido a países como España, Portugal y Grecia, que han tratado de implementar el modelo sin preocuparse de tomar todos los resguardos necesarios. Pero, qué quiere que le diga, pese a ello, es el tipo de modelo que quisiera ver implementado exitosamente en nuestro país. Un modelo donde el Estado se preocupe realmente de quienes somos sus mandantes, que no abandone a sus miembros más desvalidos (por ejemplo, a sus ancianos), y que nos garantice (¿qué mal hay en ello?) un elevado nivel mínimo de servicios por el solo hecho de nacer en esta tierra.


Estoy seguro que si lo tuviésemos, seríamos más felices todos. O casi todos. ¿No le parece?