sábado, 10 de septiembre de 2011

Buenas personas.

La terrible tragedia que nos enlutó por parejo el viernes 2 de septiembre, impregnó de paso en cada rincón de nuestra larga y angosta faja una dolorosa certeza: quienes emprendieron su última caminata en tan penosas circunstancias, no eran individuos comunes y corrientes. Muy por el contrario, eran seres especiales: eran buenas personas.

¿Qué diferencia a la gente buena del resto del universo? ¿Qué es lo que los hace distintos, ejemplares, dignos de admiración y de respeto? En un país donde la gran mayoría transitamos por los senderos del egoísmo, del individualismo, del desmedido apetito por el poder y la riqueza, donde la brecha que separa a los más ricos de los más pobres es un verdadero abismo que crece día a día sin que, al parecer, a nadie le importe, no parece tan difícil encontrar la respuesta. La gente buena es, simplemente, aquélla que hace el bien.

Tan elemental definición puede llevarnos a engaño: hacer el bien no es, ni con mucho, una tarea sencilla. Hay que atreverse a mirar más allá del propio universo; hay que abrir la ventana sin miedo para contemplar el triste paisaje de pobreza y abandono provocado por nuestras ambiciones y miserias; y hay que actuar: entregar nuestra comodidad, parte de nuestros ingresos, de nuestro tiempo, de nuestras ambiciones, de nuestra propia vida, para tratar de mejorarlo. Y todo eso, sin esperar nada a cambio. ¿Cuántos de nosotros somos capaces de hacer algo semejante?

Por eso es tan dolorosa su partida: porque es mucho lo que perdemos; porque son muy pocos y no tenemos cómo reemplazarlos; porque esa llama de esperanza que ellos encendieron, corre el riesgo de apagarse para siempre con su ausencia; porque sabemos que la vida sigue y, más tarde o más temprano, el espeso velo del olvido terminará por difuminar su recuerdo hasta hacerlo desvanecerse.

La naturaleza es cíclica: las hojas amarillean y caen, para fundirse con el suelo y retornarle la vida que él les entregó; el agua se vuelve etérea, trepa hacia las alturas y luego se precipita desde allí para aliviar a los sedientos; el alerce gigante se desploma para que esa brizna, que apenas se empina sobre el piso del bosque, tenga asegurado su sustento.

Tal vez es la forma en que las cosas funcionan. Tiene que haber un fin para que haya un comienzo. Tiene que morir gente buena para que su ejemplo se desparrame por las añejas estructuras de nuestra sociedad y se multiplique. Como las esporas de una seta o, mejor, como las semillas de un árbol.

Claro que para que éstas germinen se necesita un suelo fértil. ¿Estará el de nuestro Chile querido preparado para recibirlas?

Roguemos.