jueves, 12 de diciembre de 2013

El apartheid

Tras leer, con algo de sorpresa, un pretendidamente irónico artículo de un joven extremista ideológico, me pareció conveniente desempolvar un antiguo documento que transcribo en forma textual. Corresponde a una reunión de cierto jerarca, Don Pino, con dos de sus asesores. Por la seguridad de éstos, se han protegido sus identidades. El original de la grabación está a buen recaudo en la Biblioteca de la Infamia.

Don Pino: Debemos hacer algo definitivo con estos comunistas. Matarlos a todos, como plantea el Mamo, no es una alternativa, porque se nos vienen encima esos imbéciles de los derechos humanos.

Asesor 1: La solución es simple, Adorado Líder. Copiemos lo que se hace en Sudáfrica.

Don Pino: ¿Efectuar safaris, dices? Sería entretenido, pero ahí sí que nos masacrarían.

Asesor 1: No, Adalid Supremo; me refiero a instaurar el apartheid.

Asesor 2: Compartiendo la idea, me permitiré hacer de abogado del diablo: hay una persecución masiva en contra de la heroica nación sudafricana debido a su incomprendido sistema político. Si los imitamos, nos ocurrirá lo mismo.

Asesor 1: Hay que implementarlo con inteligencia. Con medidas que, sin ser demasiado explícitas, nos conduzcan al mismo objetivo.

Don Pino: Tienes toda mi atención. Explícate.

Asesor 1: Lo primero, Supremo Guía, es acabar con la oferta pública de servicios básicos. Eso generará un abismo insalvable entre los que pueden pagar la oferta privada y los que no pueden hacerlo.

Asesor 2: Déjame interpretarte. Sugieres que efectuemos una segregación social. Me parece una excelente idea, pero si la ponemos en práctica, inevitablemente se darán cuenta. Todos los países desarrollados actúan en sentido contrario: suben el nivel de la oferta pública de servicios, para que el punto de comparación sea elevado. No prohíben la competencia privada, pero la obligan, si quiere subsistir, a preocuparse prioritariamente de su calidad.

Asesor 1: No tendremos inconvenientes, ya lo verás. Paralelamente, pondremos en marcha una campaña propagandística que aplastará a quienes se opongan. Diremos que son comunistas, que desean volver al marxismo, que buscan reeditar la UP, que tratan de destruir la oferta privada, que pretenden conculcar la libertad de elección de los padres, que quieren igualar a todos en la miseria tal como se hace en Cuba y en Corea del norte. Mencionaremos la posibilidad de que vuelva la ENU y todos se aterrarán.

Don Pino: Entiendo tu punto. Eso permitirá que la gente exitosa y capaz acceda a la educación y a la salud que se merecen.

Asesor 1: No sólo eso, Primero entre los Primeros. También a la vivienda, a la previsión, a la justicia, a la seguridad y al esparcimiento que les corresponden por su condición de nacimiento.

Don Pino: Y esa manga de comunistas inservibles tendrá que acostumbrarse, obligadamente, a su precaria realidad. Incluso podríamos acelerar el proceso, si efectuamos una municipalización de algunos servicios.

Asesor 1: Exacto, Excelso Óptimo. Con qué rapidez capta usted mis planteamientos. Su capacidad perceptiva es, definitivamente, admirable. Así nos aseguraríamos de que, definitivamente, se produzca la segregación social.

Asesor 2: ¿Y cómo provocarías la segregación económica?

Asesor 1: Muy simple. Promoveremos un Estado ausente, lo que nos dará la excusa para bajar los impuestos. Al respecto, tengo una muy buena idea: modificar la ley de renta para que las empresas dejen de pagar sus propios tributos y comiencen a pagar sólo los de sus dueños. En pocos años, el abismo económico que se generará será insalvable.

Asesor 2: Ésa sí que no te la aguantarán. Nadie en el mundo desarrollado hace eso.

Asesor 1: Tengo la excusa perfecta. Evitar la doble tributación.

Asesor 2: Pero si no hay doble tributación. Cualquier estudiante de primer año de administración sabe que las empresas y sus dueños son personas distintas.

Asesor 1: Amigo mío, qué ingenuo eres. Se la tragarán enterita. Plantearemos que la utilidad antes de impuesto en su totalidad es renta del capital, y pondremos a los expertos a defender el punto y a recalcar las ventajas del sistema, el fomento a la reinversión y bla bla bla. Nadie, te lo firmo, lo cuestionará.

Don Pino: Brillante idea. ¿Cómo no se me ocurrió a mí? Hay que echarla a correr de inmediato.

Asesor 1: Como ordene, Ilustre Paladín. Debo aclararle, en todo caso, que la idea le pertenece. Yo sólo me di el trabajo de extraerla de sus discursos y reordenarla.

Don Pino: Ya veo. Por eso me resultaba tan conocida.

Asesor 1: Es toda suya, Encarnación Viva de  Alejandro Magno. Así lo reconocerá la historia.

Asesor 2: Pero, ¿qué haremos si ellos recuperan el gobierno, Dios no lo permita, y quieren deshacer nuestro sistema?

Asesor 1: Te aseguro que en nuestro bando habrá más de alguien que entregue sólidos argumentos acerca de los perjuicios económicos y la caída de la inversión que eso provocará. En una de ésas, hasta puede aparecer alguien que, tratando de recurrir a la ironía, los acuse de pretender igualar hacia abajo, y ahí se terminará todo.

Asesor 2: Veo que lo tienes todo pensado.

Asesor 1: Nada de eso. Es la brillantez de nuestro Capitán General la que me inspira. Yo sólo interpreto lo que él trasmite.

Don Pino: Basta ya de cháchara y manos a la obra. La Historia, ésa que se escribe con letras de oro, nos aguarda.

Asesor 1 y Asesor 2, al unísono: Que así sea.


Hasta ahí la transcripción. Ignoro si la segregación social y económica se habrá perpetrado. Parece difícil, en todo caso. Nadie es tan obtuso como para tragarse tantas bellaquerías juntas sin reaccionar. ¿Impuestos integrados? ¿Doble tributación? ¿Municipalización? ¿Fomento a la reinversión? ¿Se imaginan si en Chile hubiéramos comprado ese discurso? No soy religioso, pero gracias a Dios que aquí estamos atentos.