miércoles, 8 de enero de 2014

La desigualdad y la inequidad

Enviada a El Dínamo

Nuestra excesiva desigualdad comienza a conmover al país, lo cual es bueno. Más vale tarde que nunca, podríamos decir. Incluso, se han organizado potentes seminarios para escuchar a los distintos expertos en la materia dar a conocer sus particulares visiones. Esperemos que, ya que en ellos participan connotados personeros del comando de nuestra futura presidenta, las ponencias que allí se expongan tengan buen destino. Que no sean sólo meros ejercicios intelectuales y que logren (las que califiquen, desde luego) convertirse en medidas concretas para, de una vez por todas, abandonar la política del avestruz y enfrentar el problema como corresponde.

Aportémosles con una disquisición: ¿en qué se diferencian la desigualdad y la inequidad?

La cuestión, aunque lo parezca, no es meramente semántica. Como verá en los próximos párrafos, estimado lector, responderla correctamente marca una importante diferencia, a la hora de seleccionar la dirección correcta por donde deben encarrilarse las eventuales soluciones. Si es que se decide abordar el asunto, desde luego, lo cual sería una grandísima novedad, ya que en 40 años no se ha hecho casi nada al respecto. Revise la evolución del coeficiente de Gini, si no me cree. Los políticos pueden jurar en posición supina que han estado pendientes del tema, pero si las cifras no los acompañan, resulta difícil creerles. Por sus obras los conoceréis, decía don Jecho, y tenía demasiada razón.

Vamos al punto. Los seres humanos no somos iguales y, hagamos lo que hagamos, nunca lo seremos. La naturaleza (Dios, dirán algunos) nos ha dotado de diferentes talentos y la vida nos ha llevado por diferentes caminos, por lo que nuestras habilidades, intereses y motivaciones son, definitivamente, disímiles. Si a eso le agregamos que nuestras capacidades, producto de nuestros particulares procesos de aprendizaje, también difieren, tenemos el escenario completo. Pensar siquiera en la plena igualdad, es un ejercicio absurdo e inconducente.

Note usted que de estos dos grupos de factores que generan desigualdad, las diferencias individuales y las capacidades, sólo podemos, en el mediano plazo, influir en uno: las capacidades. ¿Cómo? Por medio de la educación. Éste es el vehículo que nos permitiría dotar a cada persona, dadas sus particulares restricciones personales, de las herramientas adecuadas para sacarles el mayor provecho posible en su tránsito por la vida.

Hasta aquí, todo bien, pero, ¿qué hay de la inequidad?

La inequidad no tiene mucho que ver ni con las habilidades ni con las capacidades, sino con la recompensa relativa que la sociedad le asigna a la labor que efectúan sus integrantes. Hay inequidad cuando, al repartir los beneficios de cualquier actividad, una de las partes exagera el valor de su aporte y es capaz de imponer su criterio a las restantes. No es, por ello, un problema que hay que solucionar interviniendo sobre las personas (la educación no permite solucionarlo, por ejemplo), sino sobre la mismísima estructura social.

Permítame explicárselo con un ejemplo. Suponga que un equipo de trabajo, compuesto por un gerente y tres operarios, aborda con éxito una sencilla tarea y recibe el pago correspondiente: $ 3 millones. La pregunta a responder es, ¿cómo los distribuyen entre ellos?

Asumamos que lo hacen según la relación de ingresos que existe entre el décimo y el primer decil (las últimas publicadas por el Banco Mundial). Así, si esto ocurriera en Angola (cuya relación es de 75), el gerente recibiría $ 2,88 millones y cada uno de los operarios, $40 mil. Si el contrato en cuestión se desarrollara en Sudáfrica (cuya relación es de 45), el gerente recibiría $ 2,81 millones y cada uno de los operarios, $ 63 mil. En Chile (con una relación de 28), al gerente le corresponderían $ 2,71 millones y a los operarios, poco menos de $ 97 mil por nuca. En Uruguay (cuya relación es 18), los montos serían $ 2,57 millones y $ 142 mil, respectivamente; en Australia (12,5), $ 2,42 millones y $ 193 mil; en Suiza (9), $ 2,25 millones y $ 250 mil; en Alemania (6,9), $ 2,09 millones y $ 303 mil; en Noruega (6,1), $ 2,01 millones y $ 330 mil. Nótese que estamos hablando de la misma obra, con el mismo grado de dificultad (por ejemplo, limpiar un basural).

Cuando hablamos de inequidad, amigo lector, hablamos de esto: de cómo se reparten los beneficios que genera la sociedad entre cada uno de los socios. ¿Se reparten como en Angola, como en Sudáfrica, o según los criterios imperantes en Alemania o en Noruega? ¿Y por qué se reparten distinto? ¿Por qué la relación entre los mayores y los menores ingresos es tan diferente según sea el país donde usted la mida?

Como usted puede apreciar, no se trata aquí de una desigualdad generada por diferencias individuales o educacionales. Simplemente, considerando las mismas diferencias, la distribución de los ingresos es distinta. Dicho de otra manera, la magnitud económica de las diferencias individuales o educacionales difiere según sea el país donde se la mida.

Pero, argumentará usted, si uno tiene su remuneración (ya sea como sueldo o como utilidad por su desempeño empresarial), ¿por qué tendría que relacionarla con las de sus vecinos? Mal que mal, es el resultado del propio esfuerzo, en primer lugar, de la propia productividad, en segundo, y de la escasez relativa que exista de las propias capacidades, en tercero.  Eso, estimado lector, es una falacia de las grandes. Una megafalacia, podríamos decir. Parte de la absurda premisa de que un individuo es autosuficiente, que no depende del desempeño de los demás y que, en consecuencia, nada les debe.

Yo le pregunto, ¿cómo podría usted obtener sus actuales ingresos si no formara parte, tal como hoy lo hace, de esta sociedad? ¿Si se fuera, por ejemplo, a vivir en la isla Mornington o en las vecindades del volcán Pular? Los ingresos que usted recibe, quiéralo o no, sólo son posibles porque usted ocupa un determinado espacio en la sociedad, y porque recibe innumerables aportes de parte de quienes lo rodean. Si no fuese así, no podría obtenerlos. Eso es definitivo. El punto es, entonces, ¿cómo se remuneran, en comparación suya, esos aportes? O, puesto de otra manera, ¿cuál es la dimensión económica de la desigualdad?

No existe una respuesta exacta a esa pregunta, porque dicha dimensión no es el resultado de un cálculo. No hay ninguna receta que permita obtener la cifra exacta. Y ello es así porque, si bien es cierto que la desigualdad es fruto de las condiciones naturales y de las capacidades adquiridas, SU DIMENSIÓN ECONÓMICA ES UNA DECISIÓN SOCIAL.

Se lo traduzco. El coeficiente de Gini y la relación interdecil no son consecuencias insoslayables del devenir económico de una sociedad, sino que obedecen a decisiones, conscientes o inconscientes, que toman quienes la dirigen. Usted no llega a obtener los indicadores de los países desarrollados (coeficiente de Gini de 0,30 o inferior: relación interdecil de sólo un dígito) por acción del azar o de alguna mano invisible. Lograr estos objetivos es el fruto de estrategias muy bien definidas, con medidas explícitamente orientadas a combatir la causa que origina la inequidad.

¿Y cuál es ésta? Resulta evidente. Es la concentración del poder el factor fundamental que explica la inequidad. Posiblemente por alguna ancestral condición instintiva, cuando uno tiene poder, inevitablemente tiende a usarlo en beneficio propio. Ha sido así desde siempre, y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos. Usted puede tener la seguridad de que una sociedad con altos niveles de desigualdad, el poder, tanto económico como político, estará concentrado en unas pocas manos; el Estado estará reducido a su mínima expresión (y, además, será coto de caza de quienes lo administren); los controles serán exiguos; habrá muy poca transparencia; las organizaciones de consumidores y trabajadores serán débiles o inexistentes; no habrá educación cívica; y los impuestos serán irrisorios. Por el contrario, en una sociedad equitativa las estructuras políticas estarán diseñadas para desconcentrar al máximo el poder; los impuestos serán altos; habrá un Estado poderoso, que asegurará derechos mínimos elevados a todos sus ciudadanos; los controles serán fuertes; las sanciones también; la transparencia, máxima; las organizaciones de ciudadanos y trabajadores estarán muy empoderadas; y la educación cívica será un ramo de importancia crucial en el currículo escolar.

Ésa es la fotografía, estimado lector. Ésos son los elementos de la ecuación. Ahora sólo se requiere ordenarlos. Si queremos combatir la inequidad en nuestro país, están claros los objetivos (coeficiente de Gini de 0,30 y relación interdecil de sólo un dígito), está definida la situación actual (coeficiente de Gini de 0,526 y relación interdecil de 28) y, en consecuencia, disponemos del diagnóstico (que, como usted sabe, es una comparación entre la situación-objetivo y la realidad vigente, con su correspondiente medición de la brecha existente). Se sabe, además, cuál es la causa principal del problema (la concentración del poder) y, como consecuencia de ello, se conoce la estrategia que debe seguirse para atacarla (desconcentrar el poder, tanto político como económico, y repartir más equitativamente la torta). ¿Qué falta? Solo la decisión de hacerlo. No se necesitan tantos estudios, tantos análisis estadísticos complejos, tantas regresiones econométricas. Hay que poner, de una vez por todas, manos a la obra.

Las preguntas del millón: ¿Estará el nuevo gobierno a la altura de las circunstancias? ¿O terminaremos el próximo cuatrienio celebrando otra vez mejorías centesimales del coeficiente de Gini? ¿Y haciéndolo como si fuesen grandes logros? No sé a usted, pero a mí eso me parece una burla. Una autoridad que se vanagloria de haber reducido el coeficiente de Gini de 0,55 a 0,526, de haber bajado de 30 a 28 la relación entre el décimo y el primer decil es, definitivamente, un caradura. No merece otro calificativo. Esperamos más de nuestros políticos. Mucho más. Y no queremos que se sigan riendo de nosotros en nuestra propia cara, ¿verdad?

Habrá que estar atentos al desempeño que en la materia tenga el gobierno de la Nueva Mayoría. En una de ésas, nos sorprenden.