lunes, 13 de enero de 2014

¿A qué sitio quieres llegar, Michelle?

Minino de Cheshire, ¿podrías decirme qué camino debo seguir para salir de aquí? —preguntó Alicia.
—Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar —dijo el gato.
—No me importa mucho el sitio… —dijo Alicia.
—Entonces tampoco importa mucho el camino —dijo el gato.
—…siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia como explicación.
—¡Oh, siempre llegarás a alguna parte —aseguró el gato— si caminas lo suficiente!

Lewis Carroll, 1865, Alicia en el país de las maravillas

Hace casi 150 años, el genial gato ya tenía la película muy clara: no es posible elegir la senda correcta, si no se tiene claro el destino que se pretende alcanzar. No se puede seleccionar el medio, si no está definido el fin. No sirve de nada una estrategia (o un programa), si previamente no se establece el objetivo que se pretende lograr por su intermedio. Salvo que éste no interese, desde luego, en cuyo caso usted puede optar por cualquier ruta y, de seguro, a algún lugar arribará.

Fue, más o menos, lo que ocurrió cuarenta años atrás: un pequeño grupo de “elegidos”, sin molestarse en preguntarle a nadie, seleccionó un camino y comenzó a recorrerlo con este gran vehículo llamado Chile. No importó que el punto de llegada se desconociera, que nunca se hubiera definido, que ni siquiera se hubiese explicitado (¿ha leído usted en alguna página gubernamental, estimado lector, cuál es nuestra definición oficial de “país desarrollado”?). Había que caminar, y así se hizo. Los sucesivos conductores tampoco se dieron el trabajo de especificarlo (no es, desde luego, un trabajo fácil). Ya sea porque estaban convencidos de que iban bien encaminados, o porque se sentían cómodos con el rumbo que llevaban, o porque no estaban ni ahí con andar definiendo objetivos, lo concreto es que se pusieron las anteojeras y siguieron cascando. Hasta ahora.

Le describo el lugar al que hemos llegado después de cuatro décadas (¡casi medio siglo!) de caminata: un país con vergonzosos niveles de desigualdad, donde conviven (es un eufemismo, la convivencia es mínima) dos naciones, una que habita en una burbuja de la cual procura salir lo menos posible, y cuyos estándares de vida —educación, salud, vivienda, urbanismo, seguridad, financiamiento, previsión, transporte, esparcimiento, alimentación, vestuario, etc.— no tienen nada que envidiarle a los de un país desarrollado; y otra que vive en el país real, el de la grandísima mayoría, que está situado a un abismo de distancia en cada uno de esos ámbitos.

Ahora bien, si usted viviera, con su perdón y permiso, en el país de los huevones, todo eso le parecería natural. Lo tendrían convencido de que lo que ocurre es normal; que el que unos pocos tengan mucho y unos muchos tengan tan poco, es porque esos pocos son esforzados, trabajadores, educados, llenos de ideas, emprendedores y, por último, se lo merecen; y esos muchos, una manga de flojos sin remedio, ociosos, incultos, un cero a la izquierda cuando hay que echar a andar la sesera, nada más que un grupo de pelafustanes mediocres que sólo están cosechando lo que han sembrado. Si usted habitase en esa sufrida nación, no le llamaría la atención que en un país con un PIB per cápita de más de USD 20.000 existan bolsones de pobreza, campamentos y personas que viven con $ 80 mil mensuales de pensión “solidaria”; se encogería de hombros con la noticia de que el Estado subsidia a las empresas, regalándoles los servicios públicos que consumen, para que éstas le paguen los impuestos personales a sus propietarios; aceptaría sin poner resistencia que le metieran el dedo en la boca hasta el codo con la falacia de que las empresas y empresarios son lo mismo, y que si usted les cobra impuestos por separado, hay doble tributación.

Pero, afortunadamente, estamos en Chile, y aquí no comulgamos con ruedas de carreta. Al menos no todo el tiempo. Somos serios, como dijo un ex mandatario. Por eso, estoy seguro que usted se desvela pensando en este mundo tan injusto, en cómo pueden ser posibles todas las barbaridades que he mencionado, en cuáles son las razones por las que nuestras autoridades no hacen nada para corregirlas. Y también estoy convencido de que usted revisa periódicamente el programa de gobierno de la Nueva Mayoría, buscando los objetivos que este inédito conglomerado, que se hará cargo del gobierno a partir de marzo, pretende alcanzar por su intermedio.

Sé, por ello, que usted se interroga día a día a cuánto pretende disminuir Michelle Bachelet nuestro coeficiente de Gini (0,526 a la fecha) y nuestra relación interdecil (28, según los últimos datos del Banco Mundial) al cabo de sus cuatro años de gobierno, y cuáles son las medidas que tomará para lograrlo; que explora hasta por los bordes el mencionado programa en búsqueda de objetivos medibles para cada una de las áreas consideradas en él (y para las no consideradas también), y de pautas para conseguirlos;  y que piensa, con su gran corazón,  que el hecho de que nada de ello aparezca en el programa, es sólo una omisión, un pequeño olvido. Que no es que no lo tengan considerado, o que lo hayan omitido ex profeso, sino que, en el fragor de la campaña, se les quedó en el tintero.

Por eso sé también que usted me acompañará cuando, parafraseando al sabio minino, como ciudadano me permita, con todo respeto, dirigirme a nuestra presidenta electa para pedirle que me entregue su respuesta a todas esas interrogantes, que me informe cuáles son sus objetivos respecto de los temas señalados, y cómo pretende lograrlos; que me dé a conocer, exactamente, con cifras en la mano, hacia dónde pretende conducir a nuestro país.


Eso es, ni más ni menos, lo que, como ciudadano preocupado, necesito saber. Imagino que usted también, así que repita conmigo, ¿a qué sitio quieres llegar, Michelle?