lunes, 7 de octubre de 2013

La desigualdad: ese doloroso flagelo que a nadie le importa

El combate contra la desigualdad ―esa anomalía que se produce en una sociedad cuando sólo una parte de los socios se beneficia, en forma abusiva, de los frutos que entre todos generan― es de larga data. Ya el mismísimo Jesús, a comienzos de nuestra Era, arremetía en su contra con ese potente mensaje, tan anti-neoliberal y tan pro-equidad, de “ama a tu prójimo como a ti mismo” (a propósito, ¿se imagina usted a Jesús en la UDI?).

Dos milenios más tarde, sin embargo, el asunto no ha variado en demasía. El mundo entero ha progresado, es cierto, pero ese progreso ha distado mucho de alcanzarnos a todos por igual. En la mayoría de los países, de hecho, existen pequeños grupos que lo acaparan en su mayor parte, apoyados por poderosas organizaciones (partidos políticos, centros de estudios, sectas “religiosas”,  gremios empresariales, etc.) cuyo fin último es, por más que se intente disfrazarlo, proporcionarle sustento político e ideológico a semejante despojo.

Chile, qué duda cabe, es uno de esos países. Aquí, unas pocas familias concentran más de un tercio de la riqueza, y los ingresos del 10% más acomodado de la población son 30 veces superiores a los del 10% menos favorecido. Las cifras son lapidarias: estamos entre los veinte países con mayor desigualdad del mundo.

Un estigma como ése no debería ser tolerado por las sociedades. Quienes se interesan en el tema (no muchos, lamentablemente) saben que en otras latitudes el combate contra la desigualdad forma parte explícita de las políticas de gobierno. Se discute en los parlamentos y se incluye en los programas de gobierno. Mantener niveles de desigualdad razonables es allí no sólo un anhelo, sino una obligación de quienes ocupan cargos gubernamentales.

En Chile, sin embargo, a nadie parece importarle.

Como futuro elector informado, seguramente usted se habrá dado el trabajo de leer en detalle las propuestas de los candidatos (las que existen, desde luego). Dígame, ¿en alguna de ellas aparece el combate contra la desigualdad como el eje central de las propuestas? ¿Ubicó aunque sea una donde se mencione la desigualdad como un problema serio, se haga un análisis profundo de sus causas, se definan indicadores que permitan medirla, y se propongan medidas concretas para disminuirla? ¿Hay algún candidato que plantee “reducir la desigualdad” como un objetivo concreto, medible, de su eventual gobierno?

¿Me entiende cuando señalo que a nadie parece importarle? Porque además no se ve una masa vociferante recorriendo las calles en pro de una mayor igualdad. Es un tema del que se habla en columnas, blogs, artículos de prensa, pero que al momento de “quiubos”, se oculta debajo de la alfombra como si fuera algo vergonzoso. Ni a los que la sufren, ni a los que podrían remediarla, parece quitarles el sueño.

¿Por qué?, se preguntará usted.

La respuesta parece sencilla. Es cosa de mencionar las principales causas de la desigualdad, y se cae de madura.

¿Y cuáles son éstas? Primero, condiciones naturales distintas (irremediablemente, cargamos con los talentos que la naturaleza nos brindó hasta el día de nuestra muerte); segundo, diferentes capacidades (mejorables, en gran medida, por medio de una educación de excelencia); y tercero, la asimetría del poder.

Esta última es la madre de todas las causales. En cualquier sociedad que adolezca de ingentes niveles de desigualdad (piense, por ejemplo, en las sociedades esclavistas), usted encontrará concentraciones brutales del poder político y económico. Ergo, si usted quiere combatir la desigualdad, necesariamente debe desconcentrar el poder. Entonces, ¿se entiende mejor por qué el combate frontal contra este flagelo está ausente de los programas de los candidatos?

Así que, según parece, tendremos desigualdad para rato.

Seguiremos escuchando a los defensores del modelo de desarrollo vigente ―gente tan ajena a la filosofía cristiana como la UDI casi completa, parte importante de RN, algunos sectores de la Nueva Mayoría, el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, la Universidad Católica, El Mercurio, Libertad y Desarrollo, la SOFOFA y algunas otras entidades que se me escapan―, plantear su absurda tesis de que tan brutal inequidad es natural; que forma parte de la esencia del ser humano; que Dios, en definitiva, lo quiso así; y que, por eso hay que acostumbrarse a vivir con ella, ya que no tiene arreglo. Seguiremos oyendo a estos ejemplos de amor cristiano plantear que hay que disminuir aún más el tamaño del Estado; que hay que reducir los impuestos; que la desigualdad no es un problema; que el modelo neoliberal vigente es un ejemplo, un verdadero paradigma, para el mundo entero. Si Jesús viniera a darse una vuelta por estos lares y contemplara la conducta de estos próceres, se lo firmo, vomitaría.

Y seguiremos también observando cómo quienes podrían cambiar esto, porque tienen el apoyo y el mandato popular para hacerlo, ni siquiera lo intentan. Ya no lo hicieron en los 20 años en que dispusieron del poder, y tampoco, probablemente, lo harán en los 20 años próximos. ¿Será porque hay que preocuparse de asegurar buenas pegas para el momento en que salgan del gobierno?

Las sociedades enfermas son así: pese a estar carcomidas hasta lo más profundo por el gusano del egoísmo exacerbado, no se percatan de ello y siguen caminando como si nada pasara.


Hasta que se desploman, desde luego. Y allí, Dios nos pille confesados.