domingo, 13 de octubre de 2013

El bacheletismo - neoliberalismo

En el principio, por allá por el 2007, fue el turno del bacheletismo – aliancismo, vertiente filosófica desarrollada por un distinguido pensador de la derecha chilena, a partir (según se cree) del “cosismo” (¿?), y muy incomprendida en su momento (y hoy también; debo confesar que aún no conozco a nadie que tenga claro, exactamente, en qué consiste).

Hoy, seis años más tarde (no en vano, seis es un número cabalístico), es el momento del bacheletismo – neoliberalismo.

No podemos hablar de “vertiente” en este caso, porque el asunto se asemeja más a un caudaloso río. Son demasiados los asesores, colaboradores y simpatizantes de la candidata de la Nueva Mayoría que disfrutan de un cómodo pasar, de un holgado estándar de vida, de un elevado nivel de bienestar (usar tres acepciones o, como en este caso, conceptos equivalentes, se me ha vuelto casi una obsesión) en el mundo de las grandes empresas, ya sea por la vía de asesorías, cargos dirigenciales, asientos en directorios o cátedras universitarias (en universidades privadas sin fines de lucro, desde luego). Y son demasiados, por ello, quienes están interesados en que todo, social y económicamente, siga como está.

La tarea que enfrentan no es sencilla, no obstante. Las protestas estudiantiles del 2011 tuvieron la gran virtud de poner sobre la mesa, junto con los gravísimos problemas que arrastra nuestro sistema educacional, el gran tema de la desigualdad. No es tolerable que soportemos tanta. Es inaceptable que estemos, en esa materia (según las estadísticas del Banco Mundial, amigo Larraín) entre los 20 peores países del mundo.

El escenario ha cambiado, sin duda. Nuestra sociedad ha tomado conciencia de la gravedad de la situación y ha comenzado a exigir cambios. En forma tenue, sí, pero persistente y creciente. De manera que no hay espacio para oponerse a los urgentes cambios que se requieren en educación, salud y protección social, entre otras materias.

Sin embargo, hay un sector donde estos neoliberales (ignoro si por convicción o por conveniencia) disfrazados pueden actuar sin sentirse demasiado controlados; donde pueden atrincherarse y defender con fuerza las bases del sistema: el ámbito tributario. Como es un tema tan técnico, nadie lo entiende mucho, por lo que resulta más fácil pasar allí gatos por liebres.

Pruebas al canto. Una de las piedras angulares del modelo neoliberal vigente (que, no olvidemos, se mantuvo casi sin variaciones durante los cuatro gobiernos concertacionistas, incluido el de Bachelet) es nuestro sistema de impuesto a la renta. Éste tiene la particularidad, única en el mundo, de que las empresas no pagan por los servicios que reciben de parte del Estado (seguridad pública, sistema judicial, entre otros muchos), sino que entregan anticipos al Fisco a cuenta de de los impuestos personales de sus propietarios. Ello permite a los empresarios, en especial a los grandes, pagar muy pocos impuestos, favoreciendo la concentración de riqueza.

Uno esperaría, entonces, que la propuesta de reforma tributaria de Bachelet considerara su corrección inmediata (tal como lo hace la de MEO). Sin embargo, no sólo no la corrige, sino que la profundiza aún más, creando un campo ideal para el desarrollo de la elusión. Es, qué duda cabe, una medida neoliberal.

Otro de los postulados del modelo neoliberal vigente es que las tasas de impuestos individuales deben ser lo más bajas y parejas posibles. Los modelos socialdemócratas de los países desarrollados gravan con tasas altas a los ingresos más elevados, ya que se asume que quienes los obtienen, lo hacen debido a sus posiciones de poder, perjudicando con ello al resto de la sociedad. Este “abuso” se corrige mediante los impuestos. Sin embargo, la propuesta de Bachelet propone disminuir aún más las tasas que gravan en Chile a los ingresos altos, premiándolos en lugar de castigarlos. Al igual que en el caso anterior, estamos en presencia, claramente, de una medida neoliberal.

En general, casi toda la propuesta tributaria de Bachelet está empapada de neoliberalismo. Consideren, no más, ese verdadero chiche que significa para la rebaja de impuestos la depreciación instantánea. Es como si la candidata intentara favorecer aún más al grupo de mayores ingresos. Y, por favor, no me vengan a decir que ése no es un predicamento neoliberal.

De manera que es allí, en el mundo de los economistas, donde se halla su refugio. Allí se encuentran, muy bien acomodados, todos esos profesionales que, siendo partidarios de Bachelet, comulgan en su fuero interno con los extremistas postulados del neoliberalismo: los bacheletistas – neoliberalistas.

Y no le quepa duda, estimado lector, que intentarán aprovechar sus posiciones de privilegio para mantener lo más que se pueda el statu quo. Ya lo hicieron con la propuesta de reforma tributaria y, seguramente, lo harán también con las restantes.

Mal que mal, se trata de quienes no quieren perder ni pan ni pedazo; de aquéllos que piensan en sus carreras futuras en las grandes empresas, antes que en la equidad y en el bien común.

La pregunta pertinente, entonces, es ¿por qué Bachelet les pone tanto oído? ¿Por qué les hace tanto caso? ¿La habrán sorprendido, acaso? ¿La estarán engañando? ¿O es que se convirtió también ella, mire lo que son las cosas, en una bacheletista – neoliberalista?

Si así fuera, no sería la primera vez que ocurre una cosa semejante. Permítame recordarle que Hernán Büchi fue en su juventud, según dicen, militante del MIR. Tal vez este tipo de cambios son contagiosos. En una de ésas, no puede hacerse nada para evitarlos.

Algo sobrenatural debe tener, en todo caso, el neoliberalismo para haber durado tantos años, pese a ser tan injusto. ¿Será cosa de brujos?