martes, 24 de septiembre de 2013

El país de los huevones 2

En un artículo anterior me referí al País de los huevones. Describí en esa oportunidad una serie de circunstancias, creencias y conductas (sólo a modo de ejemplo; hay muchísimas más) que son allí de común ocurrencia y que parecen sacadas de un manual avanzado de “Cómo ser huevón y no morir en el intento”. En esa oportunidad no recordaba el gentilicio, pero los sufridos lectores se encargaron de hacérmelo presente (algunos, amablemente, incluso me atribuyeron tan noble condición): es “huevón”, con hache, uve y tilde en la o.

Comprenderá usted, apreciado lector, que no todos los habitantes de un país se comportan de igual manera. Sus características personales, sus valores, sus creencias, sus motivaciones, su ubicación específica en la sociedad, afectan su posición frente a la vida y, desde luego, su conducta. El País de los huevones no es una excepción en esta suerte de regla. Sus habitantes siguen siendo huevones, pero son huevones con matices. Hay factores que claramente los diferencian, y que permiten, para quien desea escudriñarlos con mayor detención, establecer una tipología.

En este segundo artículo me ha parecido conveniente indagar este tema: ¿cuáles son los distintos tipos de huevones que podemos hallar en el mencionado país? A continuación, mi visión al respecto.

En primer lugar, está el huevón sufrido. Es el huevón más numeroso, el más común, el más habitual (me agrada ese estilo de emplear tres calificativos para los sustantivos; como que le da un énfasis especial a la frase). Es, podríamos decir, el huevón típico: el que recibió una educación pública que lo dejó, con casi total certeza, fuera del sistema universitario sin fines de lucro; el que tuvo que endeudarse hasta más allá de sus posibilidades, soportando tasas expropiatorias, para que sus hijos sacaran títulos que no les sirven para nada; el que tuvo que atenderse en hospitales y consultorios públicos, soportando el pésimo servicio de las ambulancias, aceptando cabizbajo que le den hora para un mes más tarde por una simple consulta de medicina general, y sufriendo los efectos de la absoluta carencia de especialistas en el sistema público, porque éstos, pese a que estudiaron con becas estatales (pagadas por los mismos huevones sufridos), se las arreglan para destinar el mínimo de su tiempo a devolver dichos aportes y el máximo a obtener pingües beneficios en el sistema de salud privada; el que postuló a un subsidio de vivienda y fue “beneficiado” con una “vivienda social” de 48 m2 en 80 m2 de terreno, situada en un entorno siniestro y carente de servicios; el que vive sobre endeudado, a tasas expropiatorias, en las grandes tiendas de retail; el que empeña sus joyas en entidades usureras que operan a vista y paciencia de la autoridad (con la silenciosa complicidad de ésta, podríamos decir), porque la entidad gubernamental que se dedica a las prendas, y que cobra más barato, le pasa la mitad del monto que la primera por la misma joya (algunos dicen por ahí que es porque tiene montado un negocio con los joyeros, pero eso podrían ser sólo habladurías); que soporta uno de los sistemas tributarios más inmorales del mundo, que se lleva religiosamente más del 20% de su ingreso mensual, y que es causante directo de que el precio de la bencina sea uno de los más caros del planeta; en fin, que tolera un sistema de transporte ―un engendro público–privado donde el Estado se lleva las pérdidas y los privados (bancos, empresas informáticas y líneas de buses), todos los beneficios― casi inhumano, un Congreso que legisla de preferencia en beneficio propio y de los grandes grupos económicos que existen en el país, y un largo, larguísimo, etcétera. Usted, si le parece apropiado, podría intentar completar este desglose, aunque dudo que lo consiga: son demasiadas las aberraciones que debe soportar el pobre huevón sufrido.

Dependiendo de su posición frente a tan brutal escenario, podemos clasificar a los huevones sufridos en cuatro grupos: los huevones inocentes, que son aquéllos que deambulan por la vida con la cabeza gacha sin cuestionarse lo que les ocurre; los huevones resignados, que son los que entienden el asunto, saben que se están aprovechando de ellos, pero asumen que eso no tiene remedio, y que cualquier cosa que hagan no conseguirá mejorar su situación; los huevones masoquistas, que son huevones que se percatan perfectamente de lo que ocurre, que tienen plena conciencia del grado de explotación implícita en el sistema, pero aún así tienden a justificarlo; y los huevones indignados, que son huevones más ilustrados, más cultos y más combativos, que salen a marchar por las calles, paralizan actividades y procuran, cándidamente, ingenuamente, hacer escuchar su voz por medio de cartas al director, blogs que nadie visita o columnas de opinión que nadie lee.

En segundo lugar, está el huevón egoísta. Éste es un tipo de huevón muy competitivo, que tiene un buen pasar ―educación y salud privada, una casa en un sector de alta plusvalía,  sus buenas lucas en el banco y en fondos mutuos―, y que jura que todo ello es producto exclusivo de su esfuerzo (es una suerte de huevón autosuficiente). Este tipo de huevón está convencido que todos los demás huevones, que desempeñan actividades básicas para que él pueda hallarse en el sitial en donde se encuentra, son unos flojos de remate, y que si son pobres, sólo están cosechando lo que sembraron; que la vida es una competencia, y que sólo los más capaces pueden sobresalir y conseguir sus metas; que el otorgar subsidios y beneficios por el estilo, es una pérdida de recursos públicos, pues sólo incentiva la flojera y el aprovechamiento del esfuerzo de los demás; y que los impuestos deberían reducirse al mínimo necesario y el Estado a su mínima expresión, para que todos pudieran disfrutar libremente el fruto de sus capacidades y de su productividad, nunca más que eso. Son los típicos huevones que comulgan a ojos cerrados con el inmoral sistema de desarrollo vigente, que encuentran natural que el país se encuentre entre las quince peores distribuciones del ingreso del mundo, y que tildan por parejo a los críticos del sistema de comunistas o marxistas.

Un subgrupo especial del anterior, es el huevón negligente (o huevón cómodo, como también se le conoce). Éste es un caso particular de huevón que sabe que las cosas no funcionan como deberían, que la desigualdad excesiva que afecta al país no es tolerable, que son demasiados los cambios por efectuar, y que si él quisiera, podría hacer algo para modificar esa situación. Sin embargo, como está satisfecho con su vida y no tiene intención alguna de llenarse de problemas ajenos, no hace nada. Este caso se da en especial en algunos líderes de opinión y en ciertos congresistas del país de los huevones.

Por último, en tercer lugar, están los huevones aprovechadores. Éstos son los que obtienen contundentes beneficios con la situación actual del país de los huevones, y que, por ello, no están dispuestos a tolerar que se introduzcan cambios que puedan alterarla en demasía. Al igual que en los casos anteriores, también aquí podemos identificar algunos subgrupos, como los siguientes:

Los huevones ambiciosos (o huevones codiciosos, como también se les conoce) son los que concentran la mayor parte del poder político y económico en el país de los huevones. Favorecidos por el modelo “de desarrollo” imperante ―que les permite pagar mínimos impuestos, obtener anormales rentabilidades y utilizar, sin control alguno, equipos de lobby que convierten sus intereses prácticamente en inexpugnables―, lo defienden a ultranza. Sin ningún de cargo de conciencia, se embarcan en un permanente proceso de acumulación de poder sin propósito conocido ni lógica que lo respalde. Tal vez los mueve, primero, el figurar en los listados de Forbes, y segundo, hacerlo cada vez más arriba; tal vez, la sensación de poder hacer lo que se les dé la gana sin que nadie pueda oponérseles; tal vez, todas las anteriores. Son huevones inescrupulosos. Ninguna barrera moral los contiene. Les da lo mismo que la gran mayoría de los huevones vivan en condiciones deplorables. Dios, seguramente piensan, tiene sus favoritos. En un país de esclavos, con toda certeza  ellos habrían sido los esclavistas.

Un segundo subgrupo, son los huevones pillos (o huevones cínicos, como también se les denomina). Ubicados en alguno de los escaños de la escala de poder político en el país de los huevones, buscan proyectar una imagen de benevolencia y de interés por sus semejantes pero, apenas pueden, se aprovechan del sistema de la forma más descarada. Son los que se promueven como defensores de la educación pública de alta calidad, mientras lucran con colegios y universidades; los que se erigen como defensores de los bienes públicos, pero no trepidan en entregar la pesca del país a los grupos económicos por veinte años en forma gratuita; los que, pese a reconocer públicamente que los conflictos de interés son inaceptables, cuando llega el momento no trepidan en hacer uso de su voto ante iniciativas que les favorecen; los que se niegan a legislar en materia de lobbies; los que predican la igualdad ante la ley, pero se asignan pensiones sustancialmente más favorables que el resto de los ciudadanos. En fin, hay tantos ejemplos en este ámbito. Para qué seguir.

Y hay todavía un tercer subgrupo: el de los huevones sinvergüenzas. Éstos son los que aprovechan su posición dominante para abusar del resto de los huevones. A modo de ejemplo, podemos mencionar: los que acomodan sus balances para estafar a los pequeños inversionistas; los representantes y ejecutivos de las cadenas de farmacias, que se coluden para exprimir a los huevones comunes y corrientes; los médicos y representantes de laboratorios, que establecen acuerdos de mutuo beneficio para que los primeros receten remedios más caros a cambio de interesantes incentivos; los médicos que se aprovechan del sistema público en su propio beneficio; los usureros, que prestan dinero a vista y paciencia de las autoridades a tasas del 10% mensual; los inversionistas que instalan, aprovechando los vacíos de la legislación vigente, universidades que estafan a sus alumnos con educación cara y de pésimo nivel; los empresarios que se adueñan de bienes públicos (pesca, litio, minerales, bosques nativos, agua) a viles precios; etc.

Estos son los tipos que se me vienen a la cabeza en este momento. Habrá, seguramente, más. Le dejo como tarea, estimado lector, intentar completar la lista, como también ampliar el detalle de cada tipo de huevón. La principal tarea que le dejo, sin embargo, es tomar conciencia. Si las situaciones que planteo llegaran a darse, en un supuestísimo caso, en nuestro país, deberíamos concientizarnos en que podemos ponerles atajo. Tenemos las herramientas para eso: nuestro voto. En cambio si, en el supuesto planteado, no hacemos nada, es porque somos muy huevones.