domingo, 6 de julio de 2014

Reforma tributaria: la última oportunidad

La reforma tributaria entró a tierra derecha y nos preparamos a ver los resultados de la intervención del Senado. Como corresponde en un sistema democrático habrá, al parecer, debate; no como ocurrió en la Cámara, donde la gran mayoría de sus integrantes, como los loros, se limitaron a repetir, sin saltarse una coma, el planteamiento original del Gobierno.

Dos opciones se abren respecto de esa curiosa actuación de los honorables diputados: o no entendieron el contenido del proyecto (y son, en consecuencia, incapaces de cuestionarlo) o lo entendieron y lo hallaron perfecto (lo que implica, necesariamente, un problema de juicio, ya que se trataría de la primera obra humana perfecta de la historia, cosa muy poco probable a la luz de la montaña de cuestionamientos que ha recibido desde todo el resto de los sectores). Una tercera ―que el proyecto pasó colado porque había un compromiso político de los integrantes de la Cámara con el Gobierno para aprobarlo, a como diera lugar, tal como fue presentado―, no quiero ni planteármela, porque representa exactamente la antítesis de lo que debe ser la Cámara de Diputados: un organismo DELIBERATIVO que, poniendo el bienestar del país por delante de cualquier otra consideración, reciba los proyectos emanados del ejecutivo y los someta a un exhaustivo análisis para mejorarlos.

Dicho eso, estimado lector, lo invito a que revisemos en conjunto el cuadro siguiente, que compara el proyecto del gobierno con el sistema vigente y con un sistema no integrado, donde empresas y empresarios pagan sus propios impuestos:

ESPECIFICACIÓN
SISTEMA
ACTUAL
PROYECTO DEL GOBIERNO
SISTEMA
 NO INTEGRADO

Pago de empresas por los servicios públicos recibidos
No pagan
No pagan
25% sobre la utilidad neta
Subsidios estatales otorgados por parejo a todas las empresas (grandes, medianas y pequeñas) vía sistema tributario
100% de los servicios públicos que consumen
100% de los servicios púbicos que consumen
No hay ese tipo de subsidios
Base de cálculo impuestos personales de empresarios
Retiros
Utilidades totales de las empresas
Retiros
Quién paga los impuestos personales de los empresarios
Las empresas
Las empresas
Los empresarios
Recaudación incremental estimada por aumento impuesto de primera categoría
0
Imposible de estimar
USD 2.100 millones anuales
Recaudación incremental estimada por global complementario y adicional (1)
                             0            
Imposible de estimar
USD 5.000 millones anuales
Registros requeridos

FUT y FUNT
FUT, FUNT  y RUA , entre otros
No se requieren
¿Elimina el FUT?
No
No
Principio del beneficio
No lo cumple
No lo cumple
Lo cumple
Principio de equidad
No lo cumple
No lo cumple
Lo cumple
Principio de simplicidad
No lo cumple
No lo cumple
Lo cumple
¿Se basa en una falacia?
No
(1)    Corresponde a USD 2.400 millones de créditos de primera categoría y adicional, USD 1.600 millones de impuesto sobre utilidades reinvertidas y USD 1.000 de impuesto sobre retiros en exceso del FUT disponible.

La estricta verdad, estimado lector, es que por donde quiera usted hacer la comparación ―en relación al cumplimiento de los principios tributarios, a la recaudación esperada y su grado de certeza, a la justicia, a la equidad, al rol redistributivo que debe cumplir un buen sistema tributario, a la facilidad de entenderlo, de implementarlo, de ponerlo en práctica y, no faltaba más, de controlarlo―, el sistema no integrado es muy superior tanto al vigente como al propuesto por el gobierno. Cualquier comparación objetiva que quienquiera pretenda realizar, sólo puede desembocar en esa conclusión. Tiene todas las ventajas y ninguna, pero ninguna, desventaja respecto de ellos (las ventajas y desventajas, como usted muy bien sabe, son relativas).

Tomemos la recaudación esperada. Coincidirá usted conmigo en que mientras más complejo sea un sistema tributario, mayor es el campo para la elusión y la evasión. Pues bien, ¿qué le parece un sistema que descansa sobre declaraciones juradas y que es altamente vulnerable a traspasos transitorios de propiedad y a todo tipo de triquiñuelas que los expertos tributarios ya están creando y desarrollando? ¿Cómo puede usted tener alguna certeza al proyectar los flujos en un escenario así? Agréguele usted la mantención del Fut (hay cierto rango de utilidades donde éste permanece hasta la eternidad) y la depreciación instantánea, en especial la del primer año, y tendrá el escenario completo: cualquier cifra que usted tire a la mesa es imposible de respaldar. La estricta verdad es que nadie sabe, de ponerse en práctica el proyecto de reforma tributaria tal como está, qué es lo que va a ocurrir.

En cambio, disponiendo de la información adecuada, con el sistema no integrado (y sin la barbaridad de la depreciación instantánea) usted puede proyectar con enorme certeza los futuros ingresos: son los USD 7.100 millones mencionados en el cuadro anterior, más USD 280 millones por concepto de eliminación del 57bis y USD 1.750 millones a obtener vía reducción de la evasión y la elusión, lo que da un total de USD 9.130 millones. Agréguele USD 690 millones que se obtendrían si se suprime el crédito especial a las empresas constructoras (otra granjería sin pies ni cabeza), USD 200 millones si se elimina el 55bis (espero publicar un muy interesante artículo al respecto en los próximos días), USD 750 millones si se prescinde del no pago de impuestos de primera categoría por parte de las empresas con pérdida acumulada (esto es, si se establece que las empresas paguen el impuesto de primera categoría sobre sus utilidades del año, tengan o no pérdida acumulada), y USD 540 millones si se obliga a las empresas a pagar el impuesto específico a los combustibles, y tendrá una recaudación total adicional superior a los USD  11.000 millones, bastante mejor que la que, sobre bases más que inciertas, proyecta el Gobierno.

El punto más relevante que se debe tener presente al evaluar el sistema tributario vigente y el propuesto por el Gobierno, sin embargo, es que ambos están basados en una enorme falacia, en un error conceptual gigantesco, morrocotudo (como diría el sapito Livingstone). Su única justificación es una premisa que no resiste análisis serio alguno: que las empresas y los empresarios son lo mismo, que no hay distinción entre ellos, por lo que el sistema tributario puede tratarlos como un solo ente y darles un trato “integrado”.

Que las empresas y los empresarios no son lo mismo, es un principio básico de la administración y del derecho.  Se enseña, por ello, en el primer año de cualquier carrera universitaria relacionada con dichos ámbitos. Está expuesto, con todas sus letras, en cada uno de los textos que se usan como bibliografía en todas las facultades de administración del país y del mundo. Cometa usted el sacrilegio de plantear que son lo mismo, y el espíritu de Henri Fayol tomará alguna represalia en su contra. Usted puede corroborar lo que estoy planteando de una manera muy sencilla: leyendo algún tratado prestigiado de administración básica, el mejor que encuentre; o leyéndolos todos, si quiere.

Pero no sólo los textos de administración registran este verdadero axioma administrativo. Toda la estructura legal del país ―Constitución, códigos, leyes― lo reconoce. Absolutamente toda, con sólo una excepción: la ley de la renta.

¿Por qué ocurre tal anomalía? ¿Qué es lo que generó tal excepción? Mi teoría es que no se trató de un error ―ya que quienes diseñaron el sistema tributario vigente, allá por los inicios de los 80, conocían muy bien el tema― sino de un mecanismo creado en conciencia, a propósito, para alcanzar un objetivo muy específico y definido: minimizar el pago de impuestos de los empresarios. Dos pruebas: compare usted el sistema vigente hasta 1983 con el que se implementó a partir de 1984, y constatará que la diferencia fundamental entre ambos son los impuestos que pagan los empresarios. Todo lo demás se mantiene constante, pero ésos, el global complementario y el adicional, se reducen de manera brutal. Es el único cambio relevante. La otra prueba es más reciente: revise la recaudación tributaria de los últimos ocho años (está en la página del SII) y podrá comprobar, imagino que con horror, que la recaudación por concepto de global complementario ha sido negativa en todos ellos. Esto, es, no sólo los empresarios chilenos no han pagado impuestos de su bolsillo, sino que además, el Fisco les ha devuelto parte de lo que pagaron sus empresas.  Es, desde luego, un negocio redondo.

Las consecuencias de este sistema están a la vista: una brutal concentración de la riqueza y una desigualdad galopante. Pero por favor, estimado lector, no me diga que usted cree que tan pesados lastres no están relacionados con el sistema tributario imperante, con el dichoso “sistema integrado de impuesto a la renta”. Está bien ser ingenuo, pero nunca tanto.

Lo extraño de lo que ocurre hoy, no obstante, es lo que está haciendo la Nueva Mayoría. Uno esperaría que quienes defienden los intereses de los grandes empresarios ―las colectividades de derecha, los centros de estudios de esa tendencia, la Universidad Católica (pobre Jesucristo, qué clase de cosas se hacen y se enseñan en tu nombre)― defendieran el sistema. Mal que mal, es el que les permite comer (y muy bien, dicho sea de paso). Sin embargo, que el conglomerado de gobierno, que viene a cambiar las bases del injusto sistema en el que vivimos para combatir la desigualdad (se lo escuchó usted a la Presidenta, ¿verdad?) persista en lo mismo, es inentendible. ¿Qué es lo que los motiva? ¿Por qué no aprovecharon y cambiaron el sistema vigente por uno que es mucho mejor que el que propusieron al país, y que además se usa con gran éxito en todos los países desarrollados? Algo hay ahí que desconocemos, no cabe duda.

Ésta es, en todo caso, la última oportunidad. Le sugiero, amigo lector, que tome nota, para que en cuatro años más, cuando se estén viendo los desastrosos resultados del mal diseñado experimento que pretenden implementar, podamos pasarles la cuenta a los Arenas, a los Jorrats, a los Pizarros, Montes y demases, que se han jugado, sin base sólida alguna, por poner en marcha este mamotreto.


No soy creyente, pero que Dios nos pille confesados si se salen con la suya.