viernes, 19 de diciembre de 2014

¿Por qué le va mal al Gobierno en las encuestas?

Es la pregunta de moda, la que todos tratan de responder por estos días: ¿cuál es la causa de que en tan sólo ocho meses la Presidenta haya perdido parte importante de su apoyo inicial y se encuentre, como dicen algunos con evidente complacencia, en caída libre?

Los analistas no se han puesto de acuerdo al respecto. Hay como una bruma que impide ver el escenario con la claridad que se requiere para efectuar un diagnóstico certero. Mientras unos hablan de malas ideas o cuestionan los proyectos derivados de éstas, otros apuntan directamente a los ejecutantes. Problemas de relato, poderes fácticos y campañas del terror también han saltado a la palestra como posibles culpables. Todos los opinantes, sin embargo, coinciden en que hay una caída. Pero, ¿es tan así?

Si usted hace sólo un poco de memoria, menos de un año hacia atrás, recordará las cifras del último censo político que se efectuó en nuestra larga y angosta faja (una elección presidencial es, en la práctica, un censo).  Según ellas, sólo un 25,6% de la población electoral apoyó a Michelle Bachelet y un 15,6%, a su contrincante (y actual crítica acérrima), Evelyn Matthei. El resto, ¡un 58%!, tomó palco, pasó (como en su minuto lo hizo la Presidenta) o, simplemente, no estaba ni ahí con lo que se estaba dirimiendo (acogiéndose a esa antigua máxima que dice: “sea cual sea el resultado, yo pierdo igual”).

De manera que Michelle Bachelet inició su mandato con ese precario apoyo (los “votos duros”, le llaman). Un 25,6% y nada más.

Las encuestas, sin embargo, mostraban porcentajes muy superiores hace algunos meses. ¿Por qué? Pueden existir variadas razones para explicarlo, desde problemas metodológicos, pasando por esa tendencia que tenemos de intentar confundirnos con los ganadores, hasta el apoyo poco comprometido, el “ojalá que le vaya bien”, que muchos manifiestan en los inicios de un mandato, en especial si el mandatario (o mandataria) tiene una personalidad y un discurso atractivos. Lo más seguro es que la diferencia observada se deba a una combinación de esos tres factores, y de algún otro no mencionado. Mi personal impresión, no obstante, es que se debe principalmente al tercero.

Por cierto, ese apoyo tibio, de la boca hacia afuera, tiende a desaparecer apenas el ambiente se caldea un poco. Es tan endeble como un castillo de arena. Y ocurre, como usted se habrá dado cuenta, que la marea está subiendo, y amenaza con mojarnos a todos.

Michelle Bachelet no ha perdido el apoyo de quienes la llevaron al sitial que ahora ocupa. Ése lo mantendrá hasta el final, incluso hasta que ya sea demasiado tarde. Lo que está perdiendo es ese espacio de tolerancia, esa observación paciente a la que sometemos a quienes deben realizar una actividad destinada a complacernos en los inicios de ésta. Tal como el cómico que sale al escenario y dispone de algunos minutos antes de que comiencen las primeras pifias. Todos queremos que triunfe, que nos haga reír a todos, pero si no lo logra, pobre de él. No dudamos en apabullarlo.

Es lo que está ocurriendo: Michelle Bachelet no ha estado a la altura, y ya comenzaron las primeras pifias. ¿Será capaz de revertirlas? Está por verse.

De todas formas, esto era algo previsible. De hecho, yo mismo lo anticipé en una columna publicada el 19 de diciembre del año pasado (le dejo el link para que lo compruebe:  http://goo.gl/y8AmJf). Es el sistema político completo el que está perdiendo ascendiente y legitimidad ante los ciudadanos, en un proceso que se inició allá por el 2011 y que está lejos de terminar. La ciudadanía se ha vuelto más exigente, y eso no terminan de comprenderlo los políticos, que aún actúan como en los tiempos de la impunidad total. Michelle Bachelet era uno de los últimos diques de contención que impedían el desbande del apoyo al sistema partidario. Si ella fracasa, ¿qué quedará? Le encargo lo que viene.

¿Tiene remedio la actual situación? ¿Es reversible el proceso que está viviendo la mandataria?

Desde luego, pero ello requiere de que comience a hacer las cosas bien. No como hasta ahora, donde cada proyecto que presenta parece haber sido confeccionado por su peor enemigo.

¿Dónde debe mejorar? ¿Son las ideas las que están fallando?

Por cierto que no. En términos generales, son las adecuadas. Salvo que usted pertenezca a la UDI (partido conformado por seres que habitan en una dimensión paralela, donde un Gini de 0,521 es un gran logro), convendrá en que nuestros sistemas tributario, educacional, de salud, previsional, laboral, de vivienda, judicial y financiero (sí… no se salva ninguno) deben modificarse. Incluso me atrevería a decir que deben cambiarse. También, desde luego, nuestro modelo de desarrollo y, por cierto, la Constitución, no sólo por su origen, sino porque no protege numerosos derechos civiles, porque limita al extremo la participación y la capacidad de control del ciudadano común, porque permite que existan leyes abiertamente inconstitucionales en nuestro ordenamiento (puedo mencionarle al menos dos), y porque da vida a un Tribunal Constitucional débil, carente de atribuciones y temeroso (entre varios otros puntos).

Entonces, ¿son los proyectos los malos?

Pero, ¿le cabe alguna duda? Ahí está el queso, como dicen en el campo. En la redacción de los proyectos. Allí hay un problema serio, un divorcio brutal entre la idea original y su formulación legal. Si Michelle Bachelet quiere revertir su baja en las encuestas, éste es uno de los ámbitos donde tiene que hincar el diente. En forma urgente.  Partiendo por las iniciativas que están en trámite.

¿Y qué ocurre con los ejecutantes?

Ahí no me pronuncio. Tengo, desde luego, mis dudas con Arenas y Jorrat (¿cómo es posible que hayan impulsado un proyecto de reforma tributaria tan malo, hasta con errores conceptuales?), pero en general no creo que sean el principal problema. Si se pretende aserrar una tabla con un cuchillo de mesa, el operario que se elija fracasará rotundamente.

¿Y el Gobierno en general?

Pues es el otro ámbito donde hay que centrarse. ¿No le parece a usted que, a la fecha, más de la mitad del equipo gubernamental parece estar de vacaciones? Aparte del de Educación, del de Hacienda y de la titular del Trabajo, que están permanentemente en el centro de la noticia, ¿qué ocurre con los restantes ministros? ¿Lo sabe usted? Somos un país con enormes carencias. Si ellos se aplicaran, podríamos tener noticias positivas todos los días. Hay tanto por hacer, en especial si se pretende reducir el flagelo de la desigualdad.

De manera que así están las cosas. Michelle Bachelet puede, sin renunciar a su idea matriz, a su concepto de sociedad, retornar a la senda de la aprobación ciudadana, siempre y cuando mejore sus proyectos y consiga que sus demás ministros, los que no están involucrados con éstos, avancen en mejorar el desempeño de los servicios que están a su cargo. Así, desempeñará su cargo hasta con gloria.

De lo contrario, si no introduce los cambios requeridos, la cosa se tornará muy negra, y a corto plazo. Para regocijo de unos pocos y pesar de muchos.


¿Quiere eso doña Michelle? Quedamos atentos a la respuesta.