martes, 24 de febrero de 2015

¿Quiere opinar del cambio de fiscal? ¿Para qué? Su opinión, téngalo claro, vale callampa

Para que no se malentienda, partiré recordando que la expresión “vale callampa” ―tomada del diccionario personal de Ena Von Baer― proviene del ochentero flipper y se refiere a los bumpers, esa especie de hongos o callampas en los cuales rebotaba la bola sin dar puntaje.  ¿Los recuerda? “Valer callampa”, entonces (o valer hongo, que es lo mismo), significa sumar cero. Algo que “vale callampa” es algo que no representa aporte alguno; que, lisa y llanamente, no vale nada.

Aclarado lo anterior, pasemos ahora al cambio de fiscales. Tal como el caso Penta (que ya lleva dos, pero que debe tener un buen número más), este caso también tiene varias aristas. Revisemos algunas de ellas.

Andresito y sus tíos

A fines de los ochenta y comienzos de los noventa, Andrés Montes era un estudiante universitario. En esa época, de seguro, participó en muchas de las reuniones sociales (asados, parrilladas, cócteles, comidas) que su padre, que ya era un político de fuste, sostuvo con sus camaradas de partido y de coalición. A varios de éstos los debe conocer muy bien, tanto como para tratarlos de “tíos” (por esa costumbre tan nuestra de brindarles a los amigos de los padres ese cariñoso trato). Y ellos, por su parte, lo habrán llamado sobrino o, más familiarmente, Andresito.

La decisión que tomó la Fiscal Nacional (s) Solange Huerta, entonces, obliga a Andresito a investigar a algunos de sus tíos. Al tío Fulvio, por ejemplo, y al tío Roberto. ¿Qué ocurrirá si los antecedentes del caso indican que alguno de ellos participó en un ilícito? ¿Si ameritan solicitar desafueros? ¿Llegará a hacerlo Andresito? ¿A solicitar el desafuero del tío Fulvio o del tío Roberto, por ejemplo? ¿Cuán objetiva puede ser una persona en esos casos? Y aunque pueda llegar a serlo, aunque posea esa rara capacidad de abstraerse de sus sentimientos e impedir que éstos afecten sus decisiones, ¿por qué someterlo a semejante prueba? ¿Por qué aplastarlo con semejante presión? Habiendo otros 14 fiscales y estando disponible Carlos Gajardo (que, hasta donde sabemos, no se había quejado por exceso de trabajo), ¿era ello imprescindible? ¿En qué estaba pensando doña Solange?

La legislación chilena, bastante limitada en materia de transparencia, reconoce sin embargo la figura del conflicto de intereses. El jefe de Carlos Gajardo, el fiscal Ayala, se había inhabilitado, de hecho, para llevar la arista Soquimich por dicho motivo. Ahora, en una causa en la cual el fiscal debe investigar eventuales delitos cometidos por amigos de su padre y, algunos de ellos, casi familiares suyos, ¿me va a decir Solange Huerta que no hay conflicto de intereses?

Parece demasiado evidente que ni siquiera fue una mala decisión la que tomó la Fiscal Nacional (s) al asignar a Andrés Montes a cargo de la investigación de la arista Soquimich del Pentagate, ¿verdad? Fue una pésima decisión, inaceptable para una profesional de su nivel. En un país serio, probablemente ya se le estaría pidiendo la renuncia como consecuencia de ella.

Ahora, si fue una pésima decisión y ello era claramente previsible ―convengamos que no es requisito pertenecer a Mensa (asociación formada por personas de CI elevado) para anticipar los conflictos, tanto públicos como personales, que enfrentará Andrés Montes si esta absurda medida no se modifica―, ¿por qué la tomó? Nos vamos entonces a la segunda arista.

¿Por qué Solange Huerta le asignó la arista Soquimich del Pentagate a Andrés Montes?

Es imprescindible saber, a ciencia cierta, por qué Solange Huerta hizo lo que hizo. Por un asunto de mínima transparencia y de respeto a la función pública. Y como ella no ha salido a explicar las razones de su determinación (¿cuánto se demorará en entregarlas?; ¿se negará a hacerlo, pese a las repercusiones que ello tendría?), debemos entrar en el terreno de las elucubraciones. Y en ese campo, cuatro posibles explicaciones se me ocurren:

1.                  Solange Huerta carece de las capacidades necesarias para desempeñar el cargo que detenta.

Parece claro, ¿verdad? Si no es capaz de prever los evidentes efectos negativos de sus decisiones ―entre ellos el hecho de que tendrá que modificarlas antes, incluso, de que sean implementadas―, ello significa que la mencionada profesional no dispone de las capacidades requeridas por el alto cargo que ocupa. Porque si Andrés Montes es un hombre inteligente (por lo que se sabe, sí), lo primero que hará cuando retome sus funciones es declararse incompetente o renunciar a desempeñar la función encomendada por evidentes conflictos de interés. ¿Y cómo quedará ahí doña Solange? ¿O acaso no es un requisito para ser Fiscal Nacional (aunque sea suplente) analizar los posibles escenarios generados por las decisiones que se toman?

2.                  Solange Huerta quería proteger a eventuales involucrados, y eligió a la persona más funcional para ello.

Podría ser una posibilidad también. Según se sabe, el corazón de Solange Huerta está comprometido, en lo político, con la Nueva Mayoría. Es natural, entonces, que sienta el deseo de protegerla, y puede haber pensado que ello se lograría poniendo a cargo de la investigación a una persona cercana a los posibles infractores. Por cierto, tal posibilidad hablaría muy mal de ella. No puede ser fiscal una persona que toma decisiones tan relevantes, por tan indignas motivaciones.

3.                  Solange Huerta quiere perjudicar a Andrés Montes (o a su padre, en una de ésas), y le asignó este caso porque sabe que no saldrá indemne de él.

Como las eventuales repercusiones de la decisión que tomó Solange Huerta, son tan evidentes, ésta parece ser una hipótesis razonable. Andrés Montes no sería santo de la devoción de la Fiscal Nacional (s) y su designación habría tenido como objetivo ponerlo en una situación inconfortable: o asumía, con todo el peso de la opinión pública encima, o no asumía, con su consiguiente menoscabo dentro de la institución. Un perjuicio por donde lo miremos.

4.                  Solange Huerta es una estratega brillante y tomó esta maquiavélica decisión precisamente para atraer los focos de la opinión pública a la arista Soquimich.

Hay dos vertientes aquí: o lo hizo para impedir que los involucrados en esta arista salgan libres de polvo y paja (el criterio aquí, bastante discutible, es que concentrar la opinión pública en un caso mejora su resultado), o lo hizo para distraer la atención del Pentagate. De ser cierta tan maquiavélica hipótesis (el fin justifica los medios), sea cual fuere su interés, nuevamente hablaría mal de ella.

Usted, estimado lector, seguramente dispondrá de otras hipótesis. Es un hecho sabido que cuando las decisiones son inentendibles, aquéllas se multiplican (como las callampas después de la lluvia, habría que decir, para estar a tono con el título de esta columna).

¿Por qué le asignaron el caso Pentagate a Alberto Ayala?

Ésta es la segunda decisión inentendible que tomó la Fiscal Nacional (s), y lo es por tres razones:

1.                  Porque Alberto Ayala emitió comentarios en relación con el Pentagate que revelan una predisposición negativa a seguir investigando a fondo dicho caso, lo que debería inhabilitarlo para hacerse cargo de él. En tal sentido, la decisión de Solange Huerta se justifica sólo si el propósito de la misma es enterrar el Pentagate.

2.                  Porque Alberto Ayala, según se dice, está en campaña para ocupar el cargo de Fiscal Nacional, por lo que la decisión de Solange Huerta necesariamente será vista desde esa perspectiva por todos los involucrados. En tal caso, por ejemplo, los afectados podrían negociar sus votos a cambio de una mayor lenidad de parte del fiscal.

3.                  Porque Alberto Ayala, según se comenta, carece de la experiencia necesaria para abordar un caso de dicha naturaleza. ¿Necesito enfatizar que los casos más complejos deben ser abordados por los investigadores más experimentados? Es como una ley no escrita. Usted no lleva a la Fórmula 1 a una persona que apenas aprobó el curso de manejo. Tiene que haberse probado antes en muchas carreras. Aquí ocurre exactamente lo mismo. El Pentagate es la fórmula 1; Carlos Gajardo, nuestro criollo Schumacher (o Eliseo Salazar, si lo anterior le parece exagerado); Alberto Ayala, el conductor novato que nunca ha participado en una carrera, ni siquiera en monopatín, ya que siempre ha estado a cargo del área administrativa del autódromo.

En dicho escenario, dado lo anterior, ¿por qué Solange Huerta lo puso a cargo del Pentagate? Vamos otra vez al terreno de las hipótesis. Se me ocurren cuatro:

1.                  Solange Huerta quiere enterrar el Pentagate, lo que se lograría al asignar a Ayala, permitiendo que éste materializara las opiniones que, en forma tan liviana, emitió hace algún tiempo.

2.                  Solange Huerta quiere hacerle campaña a Alberto Ayala, y por ello lo estaría dejando a cargo del caso, para que pueda negociar personalmente los votos con los votantes.

3.                  Solange Huerta conoce profundamente a Alberto Ayala y ha captado el innato instinto investigativo que, aunque todavía no lo ha exteriorizado, lleva el hombre consigo. ¿Sabemos los puntos que calza realmente Alberto Ayala en materia investigativa? Solange Huerta lo conoce mejor que nosotros y, en una de ésas, resulta todo un hallazgo. El punto aquí es que darse ese gustito, abrirle la puerta a su protegido para que demuestre toda su valía, en modo alguno justifica ni el escándalo generado ni los atropellos cometidos.

4.                  Solange Huerta quiere sacar a Carlos Gajardo de la investigación del Pentagate sí o sí, y ésta es la única forma más o menos defendible que tiene de hacerlo.

Hipótesis esta última que nos lleva a otra de las aristas de este caso, la que atañe al que hasta antes de este terremoto político-judicial, llevaba las riendas del Pentagate.

¿Por qué castigaron a Carlos Gajardo relevándolo del Pentagate?

Hasta el momento, nadie ha dado a conocer las razones específicas por las que castigaron a Carlos Gajardo. Porque, digamos las cosas como son, el hasta hace pocos días fiscal del Pentagate fue castigado. Recibió una sanción, y ésta fue bastante dura. ¿O me va usted a decir que debe interpretarse de otra manera el hecho de que un fiscal esté abocado a full a un determinado caso y, de la noche a la mañana, se lo quiten? ¿Lo releven de seguirlo viendo? ¿Qué otra interpretación tiene una decisión como la mencionada? Lo penalizaron, sí señor; no me vengan con leseras. Le aplicaron un correctivo. Lo que falta es saber por qué.

Aventuremos algunas posibles razones:

1.                  Por mal desempeño

Descartémosla de inmediato, ya que todas las referencias conocidas establecen que ocurría justamente lo contrario: que Gajardo estaba haciendo un muy buen trabajo. Era ésa, además, la percepción que se había instalado en la opinión pública. Había sacado a la luz varios hechos brutales, como la constatación de que la estructura completa de un partido político descansaba, según parece, en financiamiento ilegal; la eventual participación de parlamentarios en delitos tributarios; nuevos mecanismos de ingeniería financiera creados para defraudar al Fisco; y algún otro por ahí; y existía la casi certeza de que, en la medida de que fuese levantando la intrincada alfombra tejida para ocultarla, aparecería más y más basura. Era cuestión de tiempo. Ahora, gracias a esta sanción, todo se fue a fojas cero.

2.                  Para alivianarle la sobrecarga de trabajo

Descartada también, ya que cuando usted quiere alivianarle la carga laboral a uno de sus subordinados, lo releva de parte de ella, pero no se la quita toda. Nadie es castigado por tener exceso de trabajo. Lo que se hace normalmente, es otorgarle al afectado mayor apoyo. Y no me va a decir que fue eso lo que hicieron con Carlos Gajardo.

3.                  Por envidia

Puede ser. En una de ésas, su supervisor estaba celoso.

4.                  Para proteger a los eventuales involucrados

Como ya lo vimos más arriba, también es posible. De hecho, cuando uno camina cera de la Fiscalía, se siente un fuerte hedor a arreglín.

5.                  Para favorecer a los otros fiscales asignándoles casos de mucha exposición pública

Razón descartada en al caso de Andrés Montes. Y habría que decir que si ése fue el motivo por el que le asignaron el caso a Alberto Ayala, la situación se parece mucho a cuando los piratas liberaban a un cautivo lanzándolo al agua con una bola de cañón engrillada a uno de sus tobillos.

6.                  Para entregar un mensaje al resto de los fiscales.

Esta última es la que más me cuadra, fíjese. Y es la que nos lleva a la penúltima de las aristas que analizaré en este artículo.

¿Existe en el cambio efectuado un mensaje implícito para el resto de los fiscales?

Si pensáramos mal, podríamos elucubrar que ésta fue la principal motivación de las decisiones tomadas por Solange Huerta: enviar un mensaje interno. Darles a conocer a todos los fiscales las consecuencias a las que se verán expuestos si: (a) se destacan en demasía en el desempeño de su función; o (b) son excesivamente acuciosos en sus investigaciones de temas relacionados con la política. Ambos pecados los cometió el fiscal Gajardo, y eso explica la sanción que recibió.

Ésta es una arista en extremo relevante, porque deja varias interrogantes de peso. ¿Cómo queda el clima interno de la Fiscalía Nacional después de este verdadero terremoto? ¿Qué ocurrirá con el desempeño de los fiscales ahora que se sabe que si éste tiende a la excelencia, ello ameritará una penalización? ¿Qué sucederá con los nuevos casos vinculados al mundo político que deban asumir los fiscales? ¿Serán abordados con dedicación y acuciosidad cuando se sabe que tal actitud será, en su momento, castigada? ¿Para qué esforzarse en investigar, si no va a servir de nada? ¿Para qué quemarse las pestañas, si después uno se verá perjudicado?

¿Lo convence esta hipótesis? Ahora, si resulta ser la correcta, no me va a decir que, pese a su malignidad, no es brillante. No sé a usted, pero a mí me queda claro que el objetivo mencionado está plenamente logrado; que los fiscales recibieron el mensaje. Desde esta perspectiva, amigo lector, lo que acaba de ocurrir en estos casos, lo que acaba de hacer doña Solange Huerta, es gravísimo.

Finalmente, ¿por qué no se tomó en cuenta el impacto que estas decisiones tendrían en la opinión pública?

Convengamos que no era necesario poseer poderes paranormales o ser una reencarnación del Oráculo de Delfos para avizorar la polémica que se iba a armar. Cualquier persona medianamente informada podía prever que si le quitaban un caso tan emblemático como el Pentagate a Carlos Gajardo y le asignaban una parte de él, justamente la que está relacionada con gente de la Nueva Mayoría, al hijo del senador Carlos Montes, y la otra a un fiscal sin experiencia investigativa, para el cual los delitos en materia de financiamiento político no existen y que además se está candidateando para la Fiscalía Nacional, se iba a armar un megaescándalo.

¿Podía preverlo Solange Huerta? A menos de que sea muy limitada, está claro que sí. Y si lo previó, ¿por qué entonces tomó las decisiones? ¿Por qué siguió adelante con tan aberrantes medidas?

Pues, está muy claro. La respuesta es demasiado evidente. A Solange Huerta lo que usted, yo y todos los demás chilenos pensemos y digamos le da lo mismo. Le resbala. No está ni ahí, como se dice ahora. Para ella, su opinión, la mía y la de todos quienes somos sus mandantes y le pagamos el sueldo, no es relevante; se sienta arriba de ella; es un cero a la izquierda. Para Solange Huerta, la opinión pública vale callampa.


De manera que en ésas estamos, estimado lector. Todo el sistema político se siente con el pleno derecho de faltarnos el respeto, de basurearnos olímpicamente, de ningunearnos. ¿No cree usted que lo que hizo Solange Huerta sobrepasó el límite; que está más allá de todo lo tolerable; que es inaceptable? Porque si no lo cree, entonces ella tiene toda la razón. Valemos callampa.