sábado, 1 de julio de 2017

Los paraísos fiscales: el bisturí de Piñera

Los paraísos fiscales, —aseguró Sebastián Piñera en Tolerancia Cero— son como los bisturís: pueden usarse para operar o para degollar.

Convengamos en que este singular planteamiento es un ejemplo remozado de una tesis muy antigua: que no son las herramientas las buenas o las malas, sino los usos que nosotros les damos. Como muestras, además de este novedoso bisturí, están las sogas, los martillos, los destornilladores, los automóviles y una increíble cantidad y variedad de obras humanas que pueden utilizarse tanto con fines lícitos y plausibles, como para propósitos reñidos con la moral o, derechamente, delictuales. Ese sería, según el ex presidente, el caso de los paraísos fiscales.

¿Es correcto el planteamiento del otrora presidente y ahora candidato? ¿Es, siquiera, razonable?

Pues, ni lo uno ni lo otro. Se trata de una monumental falacia ideada para intentar justificar lo injustificable.

Partamos señalando que existen herramientas creadas ex profeso para hacer daño; para perjudicar a los semejantes en beneficio de quienes las esgrimen. Hay numerosos ejemplos: los instrumentos de tortura (¿cuál sería el buen uso que podría dárseles a una “dama de hierro” o a un potro de tortura?), las armas de guerra (¿cómo podría usarse bien una bomba nuclear?), la drogas duras (¿a quién beneficia, aparte del traficante, el consumo de crack?), las mafias (sí, las organizaciones delictuales también son herramientas creadas por el ser humano; y no me venga a decir que tienen algún buen uso), las tarjetas clonadas, las colusiones (¿cuál sería el beneficio para Chile de la colusión del confort?), las comisiones anticipadas de las AFP (ideadas con el exclusivo propósito de favorecer a tales empresas a costa de perjudicar a sus afiliados), las facturas “ideológicamente falsas” (medios ilícitos creados para echar mano a platas ajenas a espaldas de todo el mundo, y que el candidato debiera conocer muy bien porque sus propias empresas los emplearon), el “goodwill” tributario (concebida e implementada por Piñera en su primer período, para favorecer a un pequeño grupo de empresas y empresarios en perjuicio de todos los chilenos), y muchos otros.

Es, también, el caso de los paraísos fiscales.

¿Cómo funcionan estos supuestos bisturís? En términos simples, no preguntando a quienes radican allí sus actividades por la procedencia de sus capitales, y cobrándoles tasas de impuestos muy inferiores a las que les cobran en sus países de origen por las utilidades que genera la gestión de estos. Esas son, como resulta obvio, las razones que llevan a los mafiosos, traficantes, lavadores de dinero e inversionistas aprovechadores e inescrupulosos, a radicar allí sus negocios: blanquear capitales cuyo origen es difícil de explicar y pagar menos impuestos. ¿Cuáles otras podrían ser?

En consecuencia, cualquier inversionista que utiliza tan perversa herramienta —sea quien sea, incluso si es una empresa estatal— debería ser sospechoso de alguna de esas conductas (o de ambas): o estaría lavando dinero proveniente de orígenes espurios o estaría evadiendo impuestos. No sirven para otra cosa los paraísos fiscales.

¿En cuál de los dos casos está Piñera? Sería altamente conveniente que, dado que pretende convertirse en presidente, lo aclarara. Y lo hiciese de una manera que no dejase dudas, por cierto; no sirven las simples declaraciones alegando inocencia ni el rasgarse las vestiduras, reclamando algún tipo de persecución política. Tampoco, el aclarar que hasta el momento de radicarse en las Islas Vírgenes sus empresas tenían todos sus impuestos al día —eso debería ser algo obvio (aunque, debo confesarlo, tengo mis dudas); la evasión se produce después que la empresa se radicó en el paraíso fiscal—. Se requiere evidencia documentaria que demuestre tanto el origen de los fondos cuya administración se trasladó al paraíso fiscal (solo en teoría, porque en la práctica se sigue efectuado en Chile), como la inexistencia de la evasión. Por ejemplo, sus declaraciones tributarias en las Islas Vírgenes y los balances de sus empresas offshore.

Y, desde luego, si insiste en su ridículo planteamiento del bisturí, que nos diga cuál es el “buen uso” que el haber radicado algunas de sus empresas en paraísos fiscales, tiene en su caso. Un “buen uso” que, por cierto, no genere perjuicio fiscal para Chile.

El asunto de la posible evasión queda patente si se considera que las empresas offshore de Piñera, radicadas supuestamente en las Islas Vírgenes, desarrollan la totalidad sus operaciones en Chile. En efecto, sus estructuras administrativas no están en el paraíso fiscal, sino en el corazón financiero de nuestro país —Apoquindo 3600, según se sabe—. Ahí están sus oficinas, gerentes, ejecutivos y personal operativo. Desde allí, dichas empresas se gestionan, echando mano a recursos de origen nacional y recibiendo, de manera gratuita (esto es, siendo beneficiarias de un subsidio), servicios públicos financiados por todos los chilenos, incluso los más pobres (iluminación pública, urbanismo, red vial, aseo, tribunales, policía, sistema legal, económico y laboral, entre muchos otros). Desde dicho lugar, gracias a esa gestión, se generan todas sus utilidades.

Pese a ello, sin embargo, dichas utilidades no tributan en Chile, sino en las Islas Vírgenes Británicas. ¿Qué le parece? Eso, ¿no sería una evasión?

Y las mencionadas empresas offshore, que desarrollan nutridas actividades no declaradas en Chile, ¿no serían, acaso, empresas informales?; ¿Tan informales como esos carros de sopaipillas que circulan por las calles durante la noche? Y, ¿no deberían, en consecuencia, ser fiscalizadas como tales? ¿O su tamaño y los contactos de su propietario las eximen de tal fiscalización (cosa que no ocurre, por cierto, con los carros de sopaipillas)?

Lo anterior se agrava si se considera la situación de los empleados de Piñera. Todos ellos residen en Chile. Acá están sus familias, sus amigos y parientes, los colegios a los que concurren sus hijos, y los lugares donde desarrollan sus actividades sociales, deportivas, culturales y de entretención. Acá está su vida. Y también está acá, por supuesto, su fuente laboral.

Frente a ello, la pregunta que cabe hacerse es, ¿dónde se les pagan sus remuneraciones? ¿En Chile o en las Islas Vírgenes Británicas?

Si ocurre lo segundo, aunque solo sea de manera parcial, estaríamos en presencia de una posible evasión tributaria, puesto que dichos funcionarios estarían declarando menor renta de la que realmente perciben y, en consecuencia, estarían pagando menos impuesto del que les corresponde.

Si ocurre lo primero, estaríamos en una situación aún peor, puesto que ello significaría que en otras empresas de Piñera se estarían reconociendo gastos que no les corresponden a ellas sino a las empresas offshore, rebajando con ello indebidamente su RLI y disminuyendo de manera fraudulenta, en consecuencia, sus impuestos. De ocurrir algo así, sin dudas, estaríamos en presencia de una evasión tributaria.

Hay una tercera posibilidad: que Piñera haya ampliado el giro de alguna de sus firmas, agregándole el servicio de gestionar sus firmas offshore. En dicho caso, las remuneraciones del personal de estas les serían pagadas con cargo a dicha firma, la que los rebajaría de los ingresos que percibe por sus servicios. Estaríamos, entonces, en una situación donde una empresa soporta todos los gastos de la gestión de las empresas offshore, pero reconoce una parte ínfima de sus ingresos. Otra vez evasión por donde se la mire.

La verdad, estimado lector, es que este asunto de las empresas offshore de Piñera hiede. Necesitamos explicaciones urgentes, no solo para clarificar de manera definitiva por qué el candidato las creó, sino también para entender cómo alguien así, con esos principios, con esas compulsiones, con esa conducta brutal de aprovecharse del resto en beneficio propio, puede no solo estar postulando a la presidencia, sino además tener posibilidades concretas de acceder a ella.


¿En qué clase de país vivimos? ¿Me lo pueden explicar?