martes, 24 de diciembre de 2013

Un cuento navideño

―¡Lo que usted hace conmigo es inhumano, don Alfredo! ―oyó gritar a Rosauro, mientras aceleraba desde la reja de su casa en dirección a la esquina. Esto es demasiado; la gente, definitivamente, carece de dignidad.
―¿Por qué él dice que eres inhumano, papá? ―lo interrogó su hija Consuelo, que viajaba junto con su hermano Daniel en el asiento trasero.
La molesta pregunta lo distrajo unos instantes, justo cuando comenzaba a doblar la esquina. Luego vino el impacto, brutal, el dolor breve pero intenso, la sensación de volar, y la oscuridad absoluta.
Se repuso tras lo que pareció ser sólo un par de segundos. Estaba mareado, pero no sentía molestias. El automóvil se había volcado, pero pudo salir por la ventana sin inconvenientes. La camioneta 4X4 que lo había chocado estaba atravesada a un costado de la calzada, y su conductora parecía estar en estado de shock.
¡Los niños! Se agachó y los vio. Ambos se hallaban inconscientes. Intentó coger la manilla de la puerta, pero su mano pasó a través de ella. ¿Qué demonios? La sensación fue realmente espeluznante. Volvió a repetir el intento, y ocurrió lo mismo.
―No podrás asirla ―le advirtió una voz aterciopelada a sus espaldas―. No sigas perdiendo tu tiempo.
―¿Qué está ocurriendo? ―se oyó gritar, mientras contemplaba aterrorizado cómo la pierna de un desconocido  atravesaba su pecho y le propinaba un feroz puntapié al vidrio de la puerta trasera.
―¿Aún no lo descubres? ―le preguntó la voz sedosa con un dejo de ironía.
Se levantó, sintiendo que la angustia lo devoraba y que su cuerpo temblaba como gelatina. No es cierto. No puede ser. Retrocedió un par de pasos y pudo observar el horrendo cuadro en toda su dimensión.
Su cuerpo estaba desmadejado en el asiento delantero, con su rostro girado de manera inverosímil y sus ojos muy abiertos. Todo el costado izquierdo de su cara estaba bañado en sangre. Rosauro y un par de personas que no conocía, estaban sacando a sus hijos del coche y los transportaban a un automóvil que se había detenido a prestar ayuda. La horrenda verdad se abrió paso en su mente como el agua por una compuerta recién abierta.
―¿Estoy… muerto?
―Eres muy perspicaz, te felicito.
Muerto… no fue capaz en un primer momento de dimensionar lo que eso significaba. La vida… era algo del pasado.
―¡Mis hijos! ¿Qué van a hacer con ellos? ¿Adónde se los llevan?
―No sé si es lo más apropiado, pero me parece que los están trasladando a algún centro asistencial. Imagino que querrás saber qué les ocurrirá, así que iremos con ellos. En el trayecto aprovecharemos de conversar. Tenemos varios asuntos que resolver.
Devastado, mientras las consecuencias de lo que acababa de comprender penetraban en su cerebro a raudales, Alfredo siguió a su interlocutor. Aprovechó de observarlo. Era etéreo, seguramente invisible a los ojos de los mortales, más alto que él y muy delgado. No pudo verle bien el rostro, pero tuvo la sensación de que no estaba bien definido, que parecía borroso, que, por absurdo que pareciera, cambiaba a cada momento.
Rosauro y los dos desconocidos estaban acomodando a los niños en el asiento trasero del automóvil. El acompañante de Alfredo extendió su brazo y le cogió uno de los suyos. Se extrañó al sentir la presión de sus dedos. Luego trepó al techo del auto y lo arrastró tras sí.
―Aquí viajaremos cómodos y podremos enterarnos de todo lo que ocurre ―le manifestó. Ahora podía verle mejor el rostro, pero aún así no fue capaz de distinguirle sus facciones.
―Recién intenté abrir la puerta del auto y mi mano pasó a través de la manilla ―planteó―. ¿Cómo es posible que ahora pueda apoyarme en el techo del auto y no pase de largo hacia abajo?
―Las leyes físicas que nos rigen son diferentes a las que te afectaban cuando estabas vivo, amigo mío. En tu estado actual, tú no descansas sobre ninguna superficie. La ley de gravedad no ejerce su influjo sobre ti. Tú flotas. Sin embargo, con alguna práctica puedes reproducir la sensación de reposo. En este caso, yo la he introducido en tu mente por medio de la presión de mis dedos.
―¿Quién es usted?
―¡Aaaah! Por fin la pregunta atingente. Me preguntaba qué ocurría, que te demorabas tanto. Soy tu ángel de la muerte.
―¿Mi qué?
―Me escuchaste perfectamente. No te hagas ¿cómo dicen ustedes? el huevón. Me desagrada repetir por repetir.
―¿Qué es un ángel de la muerte?
―Volvemos al proceso normal. Ésa es la segunda pregunta atingente. Soy, podríamos decir, tu asesor, el que te dará a conocer las opciones de que dispones en esta lamentable circunstancia, para que tú escojas la que más te acomode.
―¿Opciones? ¿Qué opciones? ¿Se refiere a elegir entre el cielo y el infierno?
―El asunto es un poco más complejo que eso, amigo mío. Sólo un poco, pero más. Como lo has hecho a lo largo de tu vida, también ahora, en el momento de la muerte, debes hacer uso de tu libre albedrío. Mi papel en esta historia, es brindarte toda la información de que debes disponer para cuando llegue ese momento.
Alfredo miró a su interlocutor. Su rostro seguía siendo borroso, pero ahora podía distinguirlo un poco mejor. Tal vez era producto del reciente impacto, pero le parecía que su faz se modificaba constantemente; que en ella se sucedían distintos rostros, uno tras otro, como en ese viejo caleidoscopio que su padre guardaba como un tesoro. Cuando era niño le encantaba mirarlo. Siempre se lo disputaba con su hermano. Su hermano… tanto tiempo sin verlo. Pero, ¿qué le estaba pasando? No podía estar muerto. Los muertos no piensan, no tienen cerebro, ¿o sí? Esto tenía que ser una pesadilla. Pronto despertaría y dejaría atrás esa angustia atosigante que lo estaba carcomiendo como manzana trepanada por un gusano.
El automóvil había ya recorrido varias cuadras. Reconoció el vecindario. Se dirigían a una conocida clínica capitalina.
―¿A qué información se refiere? ―preguntó entonces.
―¿Decías? ―contrapreguntó su acompañante.
―Habló de que tenía que entregarme información. ¿A qué se refería?
―Excelente pregunta. Ése es el tercer paso del programa: la información. Ahora se puede afirmar que entramos de lleno en materia. Mírame ―exigió el ángel con voz perentoria― y dime, ¿a quién ves?
El caleidoscopio se había detenido, y una fisonomía familiar pero que ya casi había olvidado, lo contemplaba con expresión seria.
―¡Don Gregorio!
Don Gregorio era una espina que tenía clavada muy profunda en su conciencia, por lo que no le fue agradable verlo a escasos centímetros de su cara. La visión, sin embargo, duró sólo unos instantes. Repentinamente sintió que la presión que ejercía su acompañante en su brazo se acrecentaba, que sus ojos se le cerraban, y que todo se volvía oscuro. Cuando, tras batallar por lo que parecieron ser unos segundos, logró abrirlos nuevamente, ya no estaba en el techo del automóvil.
Se vio a sí mismo sentado en la antesala de una oficina. Era un lugar austero pero, pese a ello, cálido y luminoso. Vio cómo la puerta de la oficina se abría y don Gregorio en persona salía a recibirlo.
―Han pasado varios años ―susurró el ángel―. ¿Recuerdas este momento?
Asintió, avergonzado. No era un recuerdo feliz, más que nada por lo que había ocurrido después.
―Era víspera de Navidad ―prosiguió el ángel―. Estabas cesante, sin un peso y lleno de deudas.
―No necesita seguir. Lo recuerdo muy bien.
  No había podido ni siquiera comprar regalos para sus pequeños. Cenarían gracias a una canasta de alimentos que le habían enviado por bus sus padres y su hermano desde Concepción. A partir del día siguiente, no sabía lo que haría.
―Fuiste a hablar con él de parte de tu esposa.
Cierto. Él había sido su jefe antes de que ella se casara, y la estimaba mucho.
―Fue muy atento. Te recibió, te escuchó y, aunque apenas te conocía, aceptó ayudarte.
Así no más había sido. Don Gregorio le había financiando su primer negocio, el que había sido el punto de partida de su actual prosperidad. Bueno… al menos de la que había tenido antes de morirse. La escena terminaba tal como la recordaba, con don Gregorio sonriendo francamente y estrechándole con fuerza la mano. Palabra de hombre.
Nuevamente el ángel le apretó el brazo y sus ojos se cerraron. Cuando logró abrirlos otra vez, el escenario había cambiado.
Mi oficina.
Se vio  llegando a su despacho y observando de soslayo a don Gregorio, que estaba sentado en la antesala. Exactamente igual que él, varios años antes. No lo reconoció de inmediato. Estaba muy cambiado: mucho más delgado y avejentado. Parecía acabado. Pasó por su lado sin saludarlo, desatendiendo su mirada ansiosa.
―No lo atendiste ―apenas le susurró el ángel; no había, sin embargo, reconvención en su tono―. Le mandaste decir con tu secretaria que estabas muy ocupado y que le dijera a ella qué era lo que necesitaba. Él se sintió herido, no fue capaz de resistirlo, dio las gracias y se retiró.
Vio a don Gregorio asentir con el rostro desencajado, para luego ponerse trabajosamente de pie, saludar a la secretaria y dirigirse hacia la salida. Caminaba algo gibado, con los hombros caídos. Parecía la imagen misma del desaliento.
Nunca más había sabido de él. Cuando, un par de semanas más tarde, agobiado por su conciencia, partió a buscarlo a su antigua empresa, no halló huella alguna. Los vecinos le dijeron que había quebrado y que hacía ya tiempo se había marchado. No había podido sacarse de su mente los remordimientos. Se negaban a morir con el paso de los años. ¿Por qué había actuado así? ¿Por qué lo había tratado de esa manera? ¿Por qué ni siquiera lo había recibido? ¿Por qué había dejado que se fuera sin hablar con él?
Volvió a sentir el apretón y a cerrar los ojos. Cuando su visión retornó, la imagen había cambiado. Ahora se hallaban en una concurrida avenida. La reconoció de inmediato. Estaba muy cerca de su oficina. Vio a don Gregorio cabizbajo al borde de una de las aceras.
―Está tratando de comerse el poco orgullo que le queda, para volver a tu oficina y hablar con tu secretaria ―le informó el ángel―. Ya le relató a su esposa la escena que vimos recién, y ella quedó muy afectada. No pudo soportar verla así, y decidió intentarlo nuevamente. Tú eras su última posibilidad y jamás pensó que fracasaría.
Tras permanecer un par de minutos con los ojos cerrados y sin moverse, don Gregorio golpeó la palma de una de sus manos con el puño de la otra y comenzó a cruzar la calzada.
―¡Noooo! ―gritó Alfredo, en un absurdo intento de advertirle.
El bus no alcanzó a frenar y lo impactó de lleno, lanzándolo como un pelele a varios metros de distancia, para terminar finalmente arrollándolo.
―No, Dios mío, no, no, no. Eso no puede haber ocurrido. Usted está tratando de engañarme. De castigarme.
El ángel se encogió de hombros. Su rostro había vuelto a ser difuso, cambiante.
―Son las consecuencias inesperadas de las opciones, amigo mío. De las tuyas, por cierto, pero también de las suyas.
―¿Está muerto?
―Muy muerto. Una lástima, porque fue un hombre bueno, que ayudó a todo aquel que se lo pidió. Eso, paradojalmente, le pasó la cuenta al final. La mayoría de los humanos no son muy agradecidos.
Otra vez vino el consabido apretón y sus ojos se cerraron. Cuando los abrió, la escena había vuelto a cambiar. Ahora estaba en un cementerio, en medio de un funeral, y un muchacho veinteañero lloraba a gritos sobre el ataúd.
―Es el hijo de Gregorio. En esa época era un estudiante universitario. Se había disgustado con su padre por los errores que éste había cometido, y que lo habían arruinado, y hacía ya un tiempo que no le hablaba. Incluso se había ido a vivir con unos compañeros. No puede perdonarse por haberlo abandonado. No puede aceptar que nunca más va a poder hablarle. Triste, ¿verdad? Aaaah, las opciones...
Desolado, Alfredo contempló al muchacho, pensando en lo triste que debe ser perder a un padre al que, sin merecerlo, se ha dejado de hablar por largo tiempo.  Tal como él había hecho con el suyo, por lo demás. Él también era culpable de tan vil acción, y mucho más que ese muchacho. Y a propósito, ¿qué sería de él? ¿Qué sería de su padre? ¿Y de su madre? ¿Y qué sería de su hermano?
Sintió el consabido apretón y se vio obligado a cerrar los ojos. Cuando volvió a abrirlos, se vio en un lugar conocido, pero al que hacía muchos años no visitaba.
La habitación de mis padres.
Su padre estaba acostado en el lecho, y su aspecto era lastimoso. Parecía un cadáver: extremadamente delgado, con la faz verdosa, los ojos hundidos y opacos, los pómulos sobresalientes. Varias personas lo rodeaban.
Que viejita está mi madre. Y cómo han crecido los hijos de mi hermano. ¿Y qué hace ahí mi primera esposa? ¡Dios, qué delgada está! ¿Y dónde están mis hijos, que no los veo?
De improviso, la puerta de la habitación se abrió, y vio aparecer a su hijo. Lo sorprendió. Estaba muy cambiado, delgadísimo, con los hombros caídos y la expresión abatida. Era una imagen viva de la derrota.
―¿Pudiste averiguar algo? ―preguntó su primera esposa, con un susurro. Él denegó con un gesto.
―Nadie sabe dónde vive. Su empresa se cambió a uno de esos condominios empresariales, pero se desconoce a cuál. No hay cómo encontrarlo. Ni siquiera figura en las redes sociales.
―Están hablando de ti ―le dijo el ángel― por si no te diste cuenta.
Se había percatado. Cuando decidió alejarse de todo, no contempló esa posibilidad. No quería tener contacto con su pasado, pero no hasta ese punto. Muchas veces había pensado en visitar a sus padres, pero al final habían salido otras cosas y lo había postergado. No contaba con lo criminal que puede ser el paso del tiempo.
―¿Cuándo sucedió esto? ―preguntó, sin mirar al ángel.
―Un año atrás, aproximadamente.
―¿Qué sucedió con mi padre?
―Falleció, desde luego. Estaba muy enfermo. Todo lo ocurrido lo afectó en demasía.
Ahogó un sollozo. Su padre… había tenido una infancia estrecha, pero tan feliz…
―¿A qué se refiere con “todo lo ocurrido”? ―masculló, luchando contra el repentino ahogo que comenzaba a adueñarse de su pecho.
―Bueno… a tu separación. Al abandono al que los sometiste a todos. Y a ciertos sucesos que ocurrieron como consecuencia de él.
―¿Qué quiere decir? ―preguntó, mientras veía a su madre acercarse al enfermo y susurrarle algo al oído.
 ―Te lo mostraré ―le contestó con tono decidió el ángel, mientras le presionaba otra vez el brazo.
Cuando recuperó la vista, se sorprendió. Estaba en su antigua casa, contemplando a su primera esposa. Ella tenía en sus manos una gargantilla de oro y la miraba con rostro apenado.
―¿Reconoces esa gargantilla? ―le preguntó el ángel.
Asintió. Era otra de las espinas que tenía clavadas y que nunca había logrado sacarse.
―Fue un regalo de su madre ―respondió a desgano―. Ella la quería mucho.
―Cuando ustedes tocaron fondo, ella la prendó, y cuando llegó el momento de retirarla, le dijiste que no tenías dinero. ¿Lo recuerdas?
―Si se lo daba, no habría podido pagar los sueldos.
―Éste es el momento de la verdad, amigo mío. A mí no puedes engañarme. Tenías el dinero, pero le diste otro uso, ¿verdad?
Asintió nuevamente. Enfrentarse a esos recuerdos le provocaba casi un dolor físico.
―Se lo presté a mi secretaria.
―Así es. En esa época aún no iniciabas una relación amorosa con ella, pero ya te tenía revolucionado. Te pidió el dinero que tenías destinado para retirar la gargantilla del empeño, y no fuiste capaz de decirle que no.
―Me he arrepentido muchas veces de eso.
―Los arrepentimientos que valen, amigo mío, son los que se dan antes de que ocurran los sucesos que los ameritan. De todas formas, no es eso lo que te estoy mostrando. Si te fijas, tu entonces esposa tiene la joya en su mano.
―Esto ocurrió antes del empeño, entonces.
―No. Ocurrió después. Hay una parte de la historia que tú no conoces. Pese a que tú no le diste el dinero para ello, tu esposa logró rescatar la gargantilla del empeño.
―Pero, ¿cómo?
―Hizo lo mismo que tú: pidió dinero prestado. Tu hermano se lo facilitó.
―¿Mi hermano? Pero él no tenía dinero.
―Se lo consiguió para ayudar a su cuñada. Ella confiaba en devolvérselo de a poco, con recortes que iría haciendo a lo que tú le darías para los gastos diarios. Pero, como tú comenzaste a restringirla, nunca pudo hacerlo. Hasta que tu hermano, destrozado económicamente, llegó a preguntarle si podía devolverle el préstamo. Por cierto, para entonces tú ya la habías abandonado, casi no tenía dinero para comer, y menos para pagarle a su benefactor. Pero había que hacerlo.
―Vendió la gargantilla,
―Así es. Pagó su préstamo y pudo sobrevivir por un breve lapso. No tenía alternativa. Cuando tú te fuiste, dejaste de cumplir con tus compromisos económicos. La abandonaste a su suerte, a ella y a tus hijos.
―Fue un problema legal. Se demoraron mucho en fijar la mensualidad.
―Los problemas legales traen consecuencias, amigo mío.
De nuevo, sintió el apretón y perdió momentáneamente la visión. Cuando la recobró, se encontraba en un lugar desconocido.
Mi hija, mi chiquitita.
Vio a su hija mayor, a la que había sido su regalona, al ser vivo que más había querido en el mundo, conversando con un hombre maduro al que nunca había visto antes.
―Cuando te marchaste ―le dijo el ángel― tu familia, tu primera familia, vivió momentos muy duros. Se quedaron bruscamente sin ingresos, y sin poder ubicarte para exigírtelos. Tu esposa tuvo que trabajar lavando ropa y embolsando en los supermercados para conseguir algún dinero. Gracias a eso, y a una beca que se consiguió debido a sus excelentes notas, tu hijo pudo seguir estudiando, e incluso entró a la universidad. Tu hija también lo logró, pero su estadía se hacía imposible. No había cómo financiarla. Fue entonces cuando ella recibió una proposición deshonesta.
―¡Quéee! ¿A qué se refiere? ―gritó Alfredo.
El ángel no contestó. Se limitó a indicarle la escena, donde el hombre maduro extraía dinero de su billetera y se lo entregaba a la muchacha. Luego, ambos caminaron juntos y entraron a un hotel.
―¡Noooo! ¡Noooo! ¡Noooo! ―sintió que algo, una garra gigantesca y filosa, lo desgarraba por dentro y le apretaba el corazón hasta hacérselo explotar. Un llanto desgarrador escapó de su inexistente garganta. Su cuerpo ausente se convulsionó. Tuvo plena conciencia de que, si hubiera estado vivo, habría muerto de un infarto al miocardio.
―Así funcionan las opciones, amigo mío. Tú optaste. Ella optó. Ambos pudieron haber elegido otros caminos. No puedo dejar de señalarte, eso sí, que tus alternativas eran mucho más numerosas.
A las palabras del ángel siguió un nuevo apretón en el brazo y otro momento de oscuridad. Cuando recobró la visión, se hallaba otra vez en su antigua casa, y alguien, su hijo al parecer, gritaba indignado. Pese a dolor que se le había instalado en el pecho, se obligó a escuchar. No entendía bien lo que el muchacho decía, pero también había llantos y golpes en los muebles y, al parecer, puñetazos en las murallas. Su primera esposa lloraba, sentada junto a una mesa.
Mientras observaba como su hijo salía sollozando de la habitación de su hermana, el ángel habló.
―La vida puede ser muy cruel, a veces. Estás viendo el momento en que tu hijo se enteró de que su hermana practicaba la prostitución, y la encaró. Fue muy duro con ella. Tal vez demasiado.
De improviso, su hija salió corriendo de su habitación y se introdujo en la que había sido la pieza matrimonial, cerrando la puerta por dentro. Lloraba a gritos y se mesaba los cabellos. Tras cartón, vio a su primera esposa lanzarse desesperada tras ella, intentando sin éxito abrir la puerta. Vio entonces a su hijo reaccionar, pidiéndole perdón y tratando de derribar la puerta a golpes.
La pistola.
Su padre se la había heredado, y siempre la guardó en lo más alto del closet, debidamente cargada y asegurada, por si se producía una emergencia. El barrio en que vivían era muy inseguro. Cuando se marchó, fue una de sus pocas pertenencias que abandonó.
El tiro sonó seco, y el mundo se quebró en mil pedazos. Todo el mundo. El dolor fue tan grande, que perdió el conocimiento. Su chiquitita, muerta, por culpa suya.
Cuando recobró el conocimiento, la cruda imagen se había borrado. Estaban en la clínica, y varias personas de batas blancas transportaban a sus hijos en sendas camillas por unos pasillos.
―Hemos vuelto al presente y ya casi llega la hora de elegir ―le dijo el ángel―. Antes, sin embargo, debo darte un dato adicional: fíjate en los médicos.
¿Todavía más? ¿No era suficiente todo lo que había visto? ¿Qué ocurría ahora con los médicos? Los miró, y su inexistente corazón casi se detuvo.
Mi hijo. Y el hijo de Gregorio.
―Como te resultará fácil comprender ―en la voz del ángel había cierto dejo de conmiseración― ellos ya saben quiénes son los heridos. Tu hijo conoce a Rosauro. De hecho, están hablando en este momento. ¿Qué irá a ocurrir? ¿Qué opciones elegirán? Te imaginarás que tu imagen, y todo lo que esté relacionado contigo, no les es muy apreciada.
―¿Cuáles son mis opciones?
―Puedes dejar todo como está. En tal caso, irás a un lugar que no conozco donde, entiendo, te olvidarás de todo y hallarás la paz. Puedes quedarte aquí y convertirte, como otros muertos lo han hecho, en un alma en pena. En tal caso, vagarás por estas calles por los siglos de los siglos. ¿Hasta cuándo? Lo ignoro. Hasta que alguien decida que ya es suficiente. O puedes darte otra oportunidad, volviendo a algún punto de tu vida a tu elección, para intentarlo de nuevo. En tal caso tienes que tener presente que todo lo que ha ocurrido con posterioridad a ese punto, desaparecerá para siempre. Tus dos hijos menores, por ejemplo. Ésas son las opciones, amigo mío, y éste es el momento de elegir.
Alfredo miró al ángel y asintió. No tenía duda alguna. Su elección era muy clara. Ni siquiera necesitó hablar. Sólo se desvaneció en el aire de repente.
El ángel movió la cabeza. Aaah el egoísmo. Pretender arreglar la vida para no cargar con tanta culpa al momento del balance. Era, en todo caso, su opción, y estaba en su derecho al tomarla. En cuanto a él, tendría que seguir deambulando por el mundo encargándose de los muertos. Era la opción, y el castigo, que había elegido después de haber dilapidado todas las nuevas oportunidades. Su propio infierno: cargar con el sufrimiento ajeno y sentirlo como propio. Con un rictus de amargura en su rostro borroso, se desvaneció en el infinito.
Cuando Alfredo despertó, su esposa ya se desplazaba por la cocina preparando los desayunos.

―Por favor, no te olvides de que debo retirar la gargantilla del empeño ―le recordó. Qué problema. Su secretaria también le había pedido dinero, y no le alcanzaba para las dos. ¿Qué hacer? Decidió dejar la decisión para más tarde. Tenía que reflexionar. Este tipo de decisiones no pueden tomarse a la ligera. Era algo que había aprendido en su vida. ¿Dónde? No lo recordaba.